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viernes, 10 julio 2015
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ALBERTO CHANG RAJII “NO ME INTERESA CONTAR CUÁNTO DINERO TENGO, ME INTERESA INSPIRAR”

 

NO SOLO ES DUEÑO DEL UNO POR CIENTO DE GOOGLE, EL CHILENO ALBERTO CHANG HOY MANEJA UN HOLDING DE 16 EMPRESAS ALREDEDOR DEL MUNDO Y VIAJA POR LOS CINCO CONTINENTES EN BUSCA DE EMPRENDIMIENTOS. ACÁ LA HISTORIA DE SUS ÉXITOS, FRACASOS Y SUS GOLPES DE SUERTE.

Por: Ignacio Ossa / Fotos: Matías Bonizzoni

 

El 16 de marzo, el FinancialReview, influyente diario económico de Australia, publicaba una noticia que ponía a un chileno en la órbita de negocios de innovación en ese país. Alberto Chang- Rajii acababa de invertir 100 millones de dólares para el desarrollo de un proyecto de energía solar. El padre de la fotocelda, Martin Green, le contó sobre lo que estaba llevando a cabo en la universidad de New South Wales. No fue necesario extender la conversación para darle todo su apoyo y financiar por completo el proyecto.

“En lugar de fotocelda, era una tinta para imprimir láminas que absorben la energía. Me mostró la lámina pegada en su ventana y me contó que toda su oficina está alimentada por sus fotoceldas. Era solo un prototipo y me dijo que estaba buscando los fondos para su desarrollo. Necesitaba 100 millones de dólares y los puse todos. El doctor Green no lo podía creer. En marzo firmamos el acuerdo y en los próximos 36 meses debiéramos tener buenas noticias”, comenta Chang. Uno de los motivos que permiten a Chang actuar de esta manera tan rápida, es que no tiene directorio, no tiene socios y el dinero lo pone él. Tiene una buena intuición y la mayoría de los proyectos que apoya son los que se pueden explicar en 60 segundos con un lápiz y un papel. En Chile, Alberto Chang no suena a diario en la prensa especializada. Tampoco aparece en los eventos sociales o empresariales.

No parece interesarle. Sus oficinas no están en El Golf, sino que decidió hacer algo más práctico. Tiene su centro de operaciones en San Damián, a pocos minutos de su casa y con una increíble vista a los cerros. Es que si va a pasar solo 90 días al año en Santiago, prefiere no perder tiempo en desplazarse y que estos meses sean lo más agradables posible. Es un tipo alto, joven y de hablar muy pausado. Es de descendencia china y española, por parte de su padre, y rusa y alemana, por su madre. Una mezcla que, según él, fue clave para su vida. Una historia inusual por donde se le mire. Chang no quiso entrar a estudiar a una universidad tradicional.

Si bien el puntaje le alcanzaba, optó por la Diego Portales, que en ese tiempo estaba recién acreditada y le ofrecía cierta flexibilidad, ya que a los 18 ya trabajaba en su propia agencia de publicidad. Cuando estaba por titularse de ingeniería comercial, decidió que necesitaba seguir sus estudios en el extranjero. Buscó diferentes alternativas y encontró en Stanford su nueva casa. Logró que lo becaran para estudiar un MBA en negocios internacionales y un postgrado en ciencias del comportamiento. Pero más que los estudios, fue otro el factor que marcó la vida de Chang en Stanford. Cuando estaba a punto de gastarse los únicos ahorros que tenía en comprar un deportivo rojo, uno de sus compañeros le ofreció un negocio. El ruso Sergei Brin, que apenas hablaba inglés, le dijo que estaban desarrollando un buscador de Internet que destronaría a Yahoo y que podía invertir en él. Chang le dio unas vueltas y creyó en ese proyecto. “Me di cuenta de que iba a ser el auto más rasca de la universidad y, además, entre tener el auto e invertir en estos tipos y su gran apuesta, no lo dudé. Nunca creí en su plan de negocios, sino que creí en ellos y les pasé mis 10 mil dólares y con eso obtuve el 1 por ciento.

Recuerdo que tuve que hacer el cheque a nombre de Sergei sin firmar ningún tipo de acuerdo”, cuenta. Pasaron dos años y un día de 1998, cuando ya pensaba que todo había fracasado, porque Brin y su socio, Larry Page, dejaron sus estudios en Stanford para dedicarse a su negocio, le cuentan que la empresa se constituía y Chang era dueño del 1 por ciento de las acciones. “Aunque en ese minuto no valía nada la empresa, fue un momento de realidad, donde la confianza que tuve en ellos se devolvió. Guardé los certificados, en 1999 reventó la burbuja de las puntocom y yo ya estaba de vuelta en Chile. Tenía mi agencia de publicidad, pero no quería seguir solo en esto, por lo que decidí formar el Grupo Arcano. Desde Stanford venía con la mentalidad de hacer negocios alrededor del mundo y no solo en Chile. Todos pensaban que se me habían subido los humos a la cabeza, pero era solo una apertura de mente”. Era el comienzo de sus propios negocios y de Google no sabría por unos años.

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“ASÍ SON LOS NEGOCIOS. EN TODO EL MUNDO EL BANCO SOLO TE PASA EL PARAGUAS CUANDO SALE EL SOL”, EXPLICA ESTE INVERSIONISTA CHILENO AL COMENTAR LOS DIFÍCILES MOMENTOS POR LOS QUE TUVO QUE PASAR ANTES DE CONVERTIRSE EN MILLONARIO.

 

Surge Arcano

 

En el 2000, Alberto Chang volvió a Chile 10 mil dólares más pobre y con un título de Stanford que no sabe dónde está. Para el empresario, más que lo aprendido dentro del aula, fue lo que vivió afuera de esta lo fundamental para el inicio de su vida empresarial. Recibió algunas ofertas de trabajo interesantes al regresar, pero no aceptó. Habría traicionado todo lo aprendido y los motivos por los que lo habían becado. “Fueron años difíciles, porque ningún banco quería abrirnos cuenta, por no tener historia. Pero si no nos abrían cuenta, no podíamos hacer historia. No me daban créditos… Desde 2001 a 2004, trabajé muy duro. Sabía que tenía las acciones de Google, pero en ese momento eran papel. En 2004 debutó en la Bolsa y fue una de las aperturas más exitosas del mercado. Mis 10 mil dólares se multiplicaron. Pero no los necesité, ya tenía cuatro empresas: una de publicidad, otra de cobranzas, una OTEC y estaba por abrir una de servicios de administración de edificios. Llegó todo este dinero, pero ya estaba comprometido con el trabajo”. Dice que podría haber jubilado y no haber trabajado nunca más; sin embargo, siguió su camino. Hoy el Grupo Arcano participa como dueño o accionista de 16 empresas y tiene oficinas, además de Santiago, en Miami, Londres y Sydney. Chang dice que, a pesar de que la mayoría de sus negocios está orientado hacia la innovación y el emprendimiento, su manera de operar dista mucho de eso. Él trabaja a la antigua: no le pide dinero a los bancos. Todo lo hace con sus recursos y, si le falta, tiene un grupo de inversionistas privados que lo apoya. Esta forma de operar tiene un antecedente en la crisis subprime, en que estuvo a punto de quebrar, y gracias a sus “socios” de Google logró pasar el chaparrón. “En un momento pensé en vender parte de mis acciones, que al ser de primera emisión, tenía la obligación de llamar a los fundadores y ofrecérselas primero a ellos. Llamé a Sergei y me dijo que no vendiera, porque estaban desarrollando un servidor de e-mail que iba a revolucionar el mercado. Me explicó que iba a ser algo mucho más poderoso que Hotmail. Les creí y no vendí. Tenía 30 años y seguí trabajando. Tres años después, ad portas de abrir nuestra oficina en Miami, vino la crisis financiera mundial. Nadie sabía si el sol iba a salir. Yo estaba apalancado con muchos bancos. Los mismos que me negaban su dinero cuatro años antes, me tenían de cliente, por lo que tenía operaciones con alrededor de diez bancos. Al llegar la crisis, me pidieron las garantías de vuelta y me salvaron las acciones de Google. Los bancos no querían escuchar razones y me dijeron que tenía que pagar todo o me iban a ejecutar las deudas y me demandaban. Con eso se acababa mi vida. Dejé mis acciones de Google en un banco extranjero, quienes las tomaron al 10 por ciento de garantía y me dieron 90 días para pagar las deudas o perdía todas las acciones. Así son los negocios. En todo el mundo el banco solo te pasa el paraguas cuando sale el sol. Les pagué a todos los bancos, las acciones subieron, pero todavía me faltaban 4 millones de dólares para saldar la deuda. En ese momento decidí no depender más de la banca y formé Onyx Capital, con un grupo de inversionistas privados que creyó en mí. Logré juntar el dinero, recuperé mis acciones y prometí nunca más trabajar con un banco, y hasta hoy no le debo nada a ninguno del mundo”.

Una vida loca

Luego de cinco años de vivir en distintos husos horarios, Alberto Chang no muestra signos de cansancio. Se nota que le apasiona su trabajo, su vida y ambos son inseparables. Es de las personas que asegura no saber dónde empieza una y termina la otra. Se lo pasa de un lado a otro. Hace unas semanas estuvo en una cena con Bill Clinton, luego en un almuerzo son Stephen Hawking y es amigo de Richard Branson. Es uno de los trustees de la fundación de la Princesa Diana para combatir el bullying y también participa en el directorio mundial de Endeavour, entre otras cosas. “Llevo 23 años trabajando y nunca ha sido fácil. Incluso en la posición que tengo hoy, las personas no logran validarme como un ejemplo para que la gente lo siga y crea. Si las cosas no suceden en su familia, no lo creen. No lo digo por mí, porque estoy contento con lo que he logrado y tengo el privilegio de tener un trabajo que me gusta y que me paga bien”.

 

–¿Los empresarios chilenos quieren ser empresarios del mundo?

–En privado, todos quieren serlo. Todos los empresarios quieren tener una historia global que contar. Pero públicamente prefieren estar en una zona de confort, se afilian a la masa y es una manera válida de vivir. Pero esto priva a mucha gente de oportunidades. Nunca ha habido tantas universidades como hoy, pero Chile no tiene tantos puestos de trabajo para tantos ingenieros comerciales, arquitectos o abogados. Vivimos en un país que se vende como lleno de oportunidades y educación, pero en realidad, cuando hay que concretar, no es capaz de cumplir esa promesa.

–¿Crees que Chile es mejor formando empleados que emprendedores?

–Lo más agradable que me pasa en mis empresas es que las personas que renuncian lo hacen para volverse empresarios, y siempre los ayudo. Nosotros tenemos más de 600 empleados y les damos todas las facilidades para que estudien, mejoren y luego vean si quieren seguir con nosotros o irse a formar su propia empresa. Me encanta que tomen este último camino.

–¿Te estresa una vida en cuatro lugares del mundo?

–Luego de cinco años de vivir en cinco zonas horarias, estoy en un jet lag permanente y no me estreso. De alguna manera, la visión que le doy a mis negocios nace por estar en diferentes partes. Si estuviese todo el año en un mismo lugar no tendría la visión global que hoy tengo. Viajar, más allá de ser un placer, es un privilegio. Cuando viajo no es para tomar sol.

–¿Crees en la suerte?

–Mientras más trabajo, más creo en la suerte. Mientras más trabajo, más suerte tengo.

–¿Sientes que trabajas?

–Te podría decir que he trabajado toda mi vida y que nunca he trabajado en mi vida, porque ambas cosas son lo mismo. Para bien o para mal, me cuesta separar mi tiempo personal del trabajo, pero al final, quienes me conocen saben que esto es parte del paquete. De todas maneras, siempre he sido aterrizado. Cuando uno se empieza a creer el cuento, este se acaba. Por eso sigo trabajando y tratar de ser una inspiración para que la gente emprenda. Porque nunca me ha interesado contarle al mundo cuánto dinero tengo, me interesa inspirar.

 

“LO MÁS AGRADABLE QUE ME PASA EN MIS EMPRESAS ES QUE LAS PERSONAS QUE RENUNCIAN LO HACEN PARA VOLVERSE EMPRESARIOS, Y SIEMPRE LOS AYUDO. ME ENCANTA QUE TOMEN ESE CAMINO”, DICE ALBERTO CHANG RAJII.

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