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viernes, 23 noviembre 2018
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Alfredo Castro: El actor migrante

Entre medio de sus filmaciones en distintos rincones de América Latina y España, Castro pasó por el Festival de San Sebastián, donde presentó “Rojo”, del argentino Benjamín Naishat.

Por: Pamela Biénzobas / Fotos: Archivo “Cosas” • Getty Images

“¡Me parece tan importante lo que está pasando con las coproducciones en nuestro territorio, de México hacia abajo y España!”, se entusiasmaba Alfredo Castro conversando en el pasado Festival de San Sebastián. “¡La cantidad de cosas que me toca filmar afuera! Y van de Argentina, de Perú, de Bolivia a Chile también a filmar mucho. Va a haber que acostumbrarse, que los acentos no sean un impedimento, porque es tan maravilloso lo que está pasando con esta industria tan potente”, exhortaba, siempre agradecido de cada nuevo proyecto. Y son muchos.

Unas semanas más tarde, mientras en Chile se estrenaba “Museo” del mexicano Alonso Ruizpalacios (Oso de Plata al mejor guión en la pasada Berlinale), en que hace del padre de Gael García Bernal, Castro volvía a México, esta vez para participar en la película “Bonded”, con Jason Patric, sobre los menores mexicanos esclavizados en los Estados Unidos. Y en enero partirá a la frontera argentino-boliviana a filmar otro proyecto más.

A San Sebastián, Castro fue apenas un par de días. Ni siquiera podía quedarse para la presentación en Cine en Construcción de “El príncipe”, largometraje debut (aún inacabado) de Sebastián Muñoz, en que tiene uno de los roles principales. Debía regresar pronto a las Islas Canarias, donde estaba rodando parte de “Blanco en blanco”, del chileno Theo Court. El film sobre el genocidio de onas a comienzos del siglo XX, uno de los más prometedores que se anuncian para el próximo año, es una coproducción con España y Francia. “Estar filmando con un cast de chilenos, bolivianos, peruanos, que están trabajando acá en España ha sido muy conmovedor. Los territorios se están moviendo. El tema de la migración está a todo nivel. No solo el que llega a Chile o el chileno que viene a España buscando trabajo. También en cine hay una migración maravillosa de todos los países hispano-parlantes”.

Alfredo Castro había viajado al festival vasco acompañando el excelente filme argentino “Rojo”, que en un palmarés excepcional acabó llevándose tres premios: las Conchas de plata a la mejor dirección para Benjamín Naishat y al mejor actor para Darío Grandinetti, además del Premio del Jurado para el director de fotografía Pedro Sotero.
En “Rojo”, Castro tiene un personaje secundario, pero esencial. Aunque el Detective Sinclair aparece ya avanzada la segunda mitad, determina el destino del protagonista Claudio (Grandinetti), quien a su vez es una suerte de reflejo de la falsamente inocente complicidad pasiva de la sociedad en vísperas del golpe de Estado de 1976.

Sinclair, estrella de programas de televisión de misterios sin resolver, es contratado para encontrar a un joven exaltado apodado “El Hippie”, del que Claudio se había deshecho al comienzo del filme. En una lúgubre coincidencia, mientras Castro interpretaba a Sinclair buscando al “Hippie”, en otro rincón de Argentina se buscaba a Santiago Maldonado, descrito como “hippie”, a menudo con espeluznante desprecio. El cuerpo del joven acabó apareciendo, pero el caso sigue sin esclarecer. Para Castro, “esas coincidencias históricas, esos puntos comunes”, dan sentido al arte y al cine.

El actor contó que tras un intento por interpretar a Sinclair con acento porteño, decidieron hacer de él un chileno y, más específicamente, un orgulloso ex policía chileno.

–Finalmente, el hecho de que Sinclair sea chileno, en ese momento, le aporta una mayor densidad.

–Me parece que (los dos países) comparten muchas cosas. La dictadura, el desaparecimiento de personas... y también comparten estos chantas, el fanfarrón que es un clásico de la televisión de Chile y Argentina.

–¿Por qué crees que te querían a ti para encarnarlo?

–No lo sé. Creo que las películas que hice con Pablo (Larraín) fueron una plataforma muy importante para mí. He tenido la suerte de filmar en varias partes fuera de Chile y siempre todo el equipo ha visto esas películas. Hay un respeto por el trabajo realizado que es súper emocionante.

–¿Qué te motivó del proyecto y de sus conexiones con la historia argentina y chilena?

–Me emociona mucho que gente joven como Pablo Larraín o Benjamín (Naishat, de 32 años) tengan interés todavía en su propia historia. Hay esperanza. Me hace estar muy confiado en un futuro mejor.

Recuperando la memoria

Aunque la entrevista en San Sebastián tuvo lugar semanas antes del anuncio de los recortes en el presupuesto para cultura en 2019 (que al cierre de esta publicación se estaba peleando), Alfredo Castro ya consideraba insuficientes el financiamiento público disponible, sobre todo en cine, que “es muy, muy caro y los fondos que se dan son muy pocos. Alcanza para muy poco y lo más triste para nosotros es que donde recae es en los actores y las actrices. Cuando te llaman de una película chilena, lo que te ofrecen es francamente una vergüenza. Son sueldos que están fuera de la realidad. Ni siquiera alcanzan al sueldo mínimo.

“Creo que hay que repensar los fondos a las artes en general y meter ahí una mano fuerte en cuanto a los montos. Porque finalmente siempre perjudican al trabajador”, subraya. “En teatro es lo mismo. Te dicen ‘tiene que rebajar los costos’. ¿De a dónde los rebajo? De las actrices y los actores. Porque la madera sigue costando lo mismo, los clavos también, el arriendo de cámaras también. Y lo que fluctúa es el peso que das al valor de un actor o una actriz. Y lo que se paga en Chile es francamente inenarrable”.

Trabajar en el extranjero le permite acceder a mejores condiciones. “Me tengo que ir de Chile tres meses, un mes y medio, diez semanas… pero no me voy a quejar. Estoy feliz haciendo lo que hago. Mi familia lo comprende perfectamente bien”. Además, compara, “es hermoso trabajar fuera porque las condiciones son notables. El respeto que hay por el oficio y el trabajo del actor y de todo el equipo es impresionante. El sindicato de actores en México tiene una persona estable en la filmación que pregunta si has comido bien, si estás descansado, a qué hora te recogieron y a qué hora te acostaste. Se preocupan del trato digno al trabajador”.

Para Castro, “pasa por la decencia de pagarle a alguien dignamente por un trabajo que es cultura chilena”, y que ahí se juega la imagen del país. “Te das cuenta de que tres mil, seis mil personas están viendo a Chile en tu película. En los festivales la gente va a ver un país: cómo es el cine polaco, cómo es el cine español, cómo va el cine chileno. A quienes me entrevistan de otros países les interesa cómo está el cine chileno”.

–Con el cine manteniéndote tan ocupado, y a dos años del cierre de La Memoria, ¿qué lugar ocupa el teatro hoy en tu vida?

–Como tuve que arrendar La Memoria al Duoc UC para su escuela de teatro, por suerte siguió siendo teatro. Ese contrato termina en diciembre y pedí el espacio, porque siento que ya estoy mejor de la crisis tremenda que pasó. Estoy muy ansioso y feliz de que vuelva a existir ese teatro.

El gran proyecto por el que Castro está luchando es reunir a las compañías La Memoria, La María, La Provincia y a Millaray Lobos con su escuela nómada, que trabaja en Francia y en Chile. Las cuatro van a converger en el Teatro de La Memoria con diferentes obras, talleres, seminarios”. Y aunque todavía no está asegurada la financiación para ese plan, “igual voy a reabrir La Memoria como sea, y tomé la decisión de hacerlo en enero, en Santiago a Mil, con la presencia de tres directoras muy importantes: Samantha Manzur (‘Cuerpo pretérito’, junto a Bosco Cayo, del 4 al 6 de enero); Alejandra Von Hummel (‘Franco’, de María José Pizarro, del 11 al 13 y del 15 al 17 de enero), y Trinidad González (‘Carnaval’, del 18 al 20 de enero). Me parece un muy buen gesto hacia la arrolladora marea feminista en Chile, de la cual estoy completamente convencido, y a la que le tengo mucha fe”.

En el marco del mismo festival, del 3 al 5 de enero se volverá a presentar en el GAM “Los arrepentidos” (de Marcus Lindeen), que Castro protagonizó este año junto a Rodrigo Pérez, bajo la dirección de Víctor Carrasco. “Estuvo llena toda la temporada”, recuerda. “Nunca gané más dinero en teatro en mi vida. Le fue estupendo al GAM y le fue estupendo a la producción nuestra. Cuando a alguien le va bien, le va bien a todo el mundo. El teatro independiente está complicado porque las entradas son caras, el público no tiene plata para pagar esa cantidad, pero las salas están llenas. El teatro no ha bajado su cantidad de público. Hay que mirar bien y no restar sino que sumar fondos.”

–¿Y quizás dejar de considerar el financiamiento de la cultura como caridad?

–Claro, y entender que gana el Estado, gana el Fondart, gana el ministerio, ganan los actores políticos y la compañía y los actores y todo el mundo. Y principalmente el público. El drama es que la gente joven y no tan joven está habituada a una energía y a un volumen de imágenes e información tan grande, que no resiste una obra a veces con tres actores parados ante una cortina negra. Te pide imágenes, corporalidad, iluminación, que llenes su imaginario. Y el imaginario de la gente ahora es muy productivo, porque estamos todo el día en la batalla de las imágenes. Y para eso todo es dinero, lamentablemente. Así es que hay que hablar no tanto de más o menos políticas o partidos, sino más bien de un Estado que apoye las artes. //@revistacosas

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