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lunes, 15 septiembre 2008
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Ana María Polo: "Yo tengo mis dramas también"


Semidiosa de la comunidad hispana de Estados Unidos, la conductora de “Caso Cerrado” diariamente hipnotiza a una gigantesca audiencia expectante de cómo resuelve –con su tono autoritario e hilarante– los casos más escabrosos que sea dable imaginar.

Por Raimundo Encina R. / Fotos: Bárbara San Martín / Asistente de fotografía: Andrés Rey /Agradecimientos: Hotel Ritz-Carlton de Santiago y Mega

La doctora Polo, como se conoce habitualmente a esta cubana que se ha convertido en una especie de diosa para la comunidad latina de Estados Unidos, gracias a su programa “Caso Cerrado”, que en Chile transmite Mega, es asertiva, sin pelos en la lengua y poseedora de un sentido de justicia casi salomónico. Diariamente hipnotiza a millones de televidentes en Hispanoamérica y Estados Unidos con su peculiar estilo de hacer televisión. Si bien su formato no es novedoso, ya que se pueden encontrar antecedentes en los shows de “Geraldo” y “Laura en América”, su potente carisma la ha catapultado a ser la reina indiscutida del género en la actualidad.

En “Caso Cerrado” se puede encontrar de todo. Desde travestis que luchan contra viento y marea por adoptar hijos hasta los más desgarradores casos de enfermedades, separaciones, locuras, vicios... La estructura es siempre la misma: dos personas tienen un conflicto, presentan públicamente sus demandas, y es la doctora Polo quien decide –con su voz que es ley y con altas dosis de humor– quién tiene la razón.

DE CUBA AL ÉXITO EN MIAMI

Nacida en Cuba en 1959, sus padres la llevaron a vivir a Miami cuando apenas tenía 2 años, pero poco después toda la familia por asuntos laborales se trasladó a Puerto Rico, donde permaneció durante 13 años. El año 76 volvió a Miami a establecerse en forma permanente. Estudió bachillerato y licenciatura en ciencias políticas. Luego de eso, entró a la Escuela de Leyes. Todo de noche, porque de día trabajaba. “Mi familia es de clase media y mis padres siempre me inculcaron ser independiente, el poder mantenerme. Nunca quise recostarme sobre mis padres. Al contrario. Ellos hicieron muy bien su trabajo, y una vez que concluyó, me tocó a mí”. Con el título de abogada a cuestas, decidió montar su propia oficina. “Colgué mi nombre sobre una puerta y listo: estuve independiente 15 años. Me fue muy bien desde el principio y por eso nunca más me moví de Miami”, explica.

Cuando aún estaba estudiando, Ana María deseaba ser abogada criminalista o penalista, pero con el tiempo se dio cuenta de que eso no era para ella. “En Estados Unidos las personas son inocentes hasta que las prueban culpables y me costó mucho aceptar eso. Hay personas que los arrestan con la pistola humeante en la mano… cómo van a ser inocentes hasta que les prueben que son culpables. Ese concepto me choca. Cuando me recibí, dije esto no es para mí, y tampoco quiero luchar sólo por dinero. Conceptos como pelear por la custodia de los niños, por el derecho de una mujer a tener lo que se ganó durante el matrimonio como ama de casa, me gustaron y por eso empecé a practicar el derecho de familia”, dice.

Cuando se hizo un buen nombre como abogada dentro de la comunidad latina de Miami, la invitaron a programas de televisión como el de Cristina Saralegui para participar como panelista. Hasta que en el ambiente televisivo se comenzó a comentar “esta mujer tiene pasta” o “tiene tabla”, como dicen los cubanos. En diciembre de 2000, la llamaron y le contaron que Telemundo estaba buscando a alguien para conducir un nuevo show. “Yo sabía que Telemundo era la segunda cadena hispana más grande de Estados Unidos y sabía que sería un programa nacional, pero jamás internacional”, explica. Le ofrecieron hacer una prueba, a la cual animosa aceptó ir, más todavía cuando supo que Telemundo ya había hecho un casting con 350 mujeres y no habían escogido a ninguna. “Dije, caray, ésta es mi oportunidad de cumplir un sueño que he tenido desde niña”. A las tres horas de haber realizado las pruebas de cámara, la contrataron.

Comenzaron los 55 programas pilotos en enero 2001. En un comienzo grababa viernes y sábado para seguir con su trabajo. A las dos semanas de salir al aire, en abril de ese año, Telemundo compró 130 capítulos más y de a poco se fue enterando del éxito de “Sala de Parejas” –el primer nombre de su programa– en Nueva York, California, México, Puerto Rico, Miami…

Frente al verdadero fenómeno, la estación televisiva compró 150 programas más, y ahí comenzó la “montaña rusa”, como define la doctora Polo su vertiginoso ascenso. En enero de 2005 el programa cambió de nombre y pasó a llamarse “Caso Cerrado”.

Dice que tiene una linda familia, aunque como gran diva que es no habla de su vida privada. “Lo único que puedo decir es que estoy casada, en este momento estoy separada y quizás me divorcie. Sería mi segundo matrimonio. Liz Taylor me lleva una gran ventaja”. No tiene hijos aunque sí uno de crianza: “Un hombre en cuya vida me involucré desde pequeñito. No lo he adoptado, pero es como si así fuera. Es como mi ahijado. Me he preocupado de su educación, de su vida social, me lo llevo de vacaciones. Se llama Peter y sus padres son mis amigos. Está estudiando para ser chef”.

LA JUEZA DE AMÉRICA

–¿Qué casos realmente la han conmovido?
–Cuando llevas siete años al aire y has hecho más de 10 mil casos, es muy difícil la pregunta. El año pasado hicimos un programa sobre los niños que se están quedando huérfanos en Estados Unidos, porque nacieron ahí de padres indocumentados a quienes están deportando. Vi cómo esos niños se quedan en el aire. Sus papás no han muerto, pero no están ahí con ellos. Esos niños se sienten y viven como huérfanos. Estados Unidos deporta a sus padres, pero no ha creado un mecanismo para cuidar a los chicos. Son casos duros.

–¿Alguno más doloroso se le viene a la cabeza?
–He tenido casos de personas jóvenes que tienen cáncer y que me piden las cosas más increíbles. Por ejemplo, hace tres años tuve a una niña con leucemia de 23 años, casada y con un hijito de 3. Junto a su esposo habían hecho un pacto en el sentido de que, si durante el tratamiento de quimioterapia ella se ponía muy mal, iban a mandar al niñito a vivir con los padres de él a Venezuela para que no viera a su mamá desmoronándose, enferma y sin pelo. Llega ese momento y él le dice: “Vamos a mandar al niño”, y ella le ruega: “No lo mandes. Creo que no voy a sobrevivir y me voy a quedar sin ver a mi hijo en los últimos días de mi vida”. Entonces él replica: “Tú y yo hicimos un pacto. El niño llora cuando te ve sin pelo y sin fuerza tirada sobre la cama”. Luego de una discusión que casi se puso brava, deciden ir a “Caso Cerrado”. Van a la sala y exponen toda la situación. Ella casi sin fuerza y sin pelo explica que es verdad que hizo el pacto, que es verdad que no quiere que su hijo la vea sufrir, pero cree que no vivirá mucho más y que si el pequeño se va, no podrá pasar junto a él sus últimos días. Me la pusieron difícil. Cuando llegó el momento de la decisión, pensaba: “¿Qué hago, qué hago con esta gente?”. Les agarré las manos a los dos, miré al cielo y dije: “Ayúdame Dios a decidir, porque no sé qué hacer”. Fue uno de esos casos en que quedé en blanco. Después de unos minutos me iluminé y dije que el niño se quedara. Sé que es duro para un niño ver a su madre sufrir y verla en un estado tan horrible como lo que hace la quimioterapia, pero sentí que iba a tener la fuerza para lidiar con esa situación. Y creo que hice bien. La muchacha murió a los tres meses.

–¿Cuáles son los episodios más divertidos que han ocurrido en el programa?
–Han pasado muchas simpáticas. Hemos tenido todo tipo de temas. Una vez vino una muchacha a demandar al novio porque él se había hecho un piercing en el pene, que después supe se llama un “Prince Albert”. En mi vida había visto eso. Siempre me pregunto cómo la gente tiene la cara tan dura de venir a hablar cosas tan íntimas y he aprendido que el ser humano es maravilloso porque tiene muchas facetas.

–¿Recuerda casos con chilenos?
–Ahora va a salir uno que va a estar muy simpático. Te contaré sólo la demanda; el resto lo van a tener que ver en el programa. Una esposa demanda a su esposo. Llevan 32 años de matrimonio. Ella es colombiana y él chileno. Lo demanda porque él quiere cambiarse el sexo. Estoy hablando de un hombre de 60 años, con traje y que no es amanerado; simplemente siente que está atrapado en el cuerpo equivocado. No es gay tampoco. Quiere mantener su matrimonio con su esposa, pero ella le implora que tarde en hacer la operación por un problema que tienen con el hijo. Miren el programa, ¡va a estar muy bueno!

–Cuando está en su casa, ¿se enrolla con los casos o logra estar tranquila?

–Con algunos sí; algunos me quitan el sueño. En todo caso, he aprendido a separar, a decir este problema es de ellos. Yo tengo mis dramas también. En algún momento tuve que pedir ayuda. He ido a sicólogos y terapeutas para que me ayuden a descargar sanamente, para poder decir: “Has hecho lo mejor que has podido, no te sientas mal, no te vuelvas loca, no te desesperes, ésta es la naturaleza de tu trabajo. Hay que hacerlo y punto”.

–Muchos la ven como la redentora del mundo. ¿Cómo se siente con ese papel?
–Mal. Esa parte no me gusta. Ahora estuve en California y algunos me decían: “Primero usted y luego Dios”. No señor, no es así. Dios primero y luego todos nosotros juntos. Creo que la gente me ve segura, firme, sin titubear a menudo. Piensan que quizás porque estoy en la televisión y llevo tanto tiempo tengo conexiones especiales, creen que puedo agarrar el teléfono y llamar al Presidente. No señor. No es así. La televisión a veces crea esa falsa impresión.

–Se ve muy dura en TV.
–En algunos casos. El que sigue el programa ha visto la otra cara de Ana María. Yo soy así, súper segura, desde niña. Algo me puede dar un miedo horrible, pero pongo la cara como si no me diera y le voy de frente. Así hice con el cáncer. Así hice con mi educación. Así hice con todo lo que he tenido que enfrentar en la vida. Sea lo que sea.

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