17

nuevos articulos

 

Con su pelo blanco, sus ojos color acero y su tono serio, profesional y empático, Anderson Cooper encarna todas las noches a la perfección su rol de hombre ancla estrella de CNN en Estados Unidos.

Aunque sus ratings han bajado en el último tiempo, su reputación supera ampliamente a la de sus competidores, esa jauría de envalentonados y opinantes comentaristas liderada por los zorros de Fox: Bill O’Reilly y Glen Beck. Mientras ellos lloran, gritan y muestran un histrionismo más apropiado para un escenario teatral que para un programa de actualidad noticiosa, Cooper mantiene su impecable “cool” y elegancia, sin perder jamás la compostura, aunque esté cubriendo en vivo y en directo el terremoto de Haití, la guerra en Afganistán o las elecciones en Washington.

Esto no debería sorprender a nadie. El periodista –que nunca estudió periodismo– es hijo de Gloria Vanderbilt, nieto de Cornelious Vanderbilt y, por lo mismo, miembro de uno de los clanes más aristocráticos de Estados Unidos.

Sus estudios segundarios en el exclusivo Colegio Dalton del Upper East Side en Manhattan y luego en la Universidad de Yale le dieron, dice, las herramientas necesarias para dedicarse a una carrera que amó desde niño. “Sentí adicción a las noticias desde que estaba en el útero de mi madre”, comentó una vez. Sin embargo, su decisión de convertirse en reportero no se confirmó hasta 1988, cuando su hermano mellizo, Carter Vanderbilt Cooper, se suicidó a los 23 años, saltando por la ventana del penthouse de su madre en Park Avenue. La heredera, que de niña sufrió la tragedia de ser demasiado sola, demasiado conocida y demasiado rica, escribió un libro sobre el episodio titulado “Historia de una madre”, donde dice que la tragedia fue desatada por una psicosis provocada por antialérgicos.

Como sea, la muerte de su hermano tuvo un profundo efecto en Anderson, que desde entonces, dice, sintió un nuevo y gran  apetito por la vida, y una especial atracción por las situaciones extremas.

CNN no sólo le ha aportado prestigio profesional, sino una fama que él sin duda disfruta, pero por la que siente también una intensa desconfianza. La primera vez que apareció en televisión fue a los tres años, en el “Tonight Show” de Johnny Carson junto a su madre. Poco después fue fotografiado junto a su hermano por Diane Arbus para “Harper’s Bazaar”, y entre los 13 y los 17 años fue modelo para Calvin Klein, Ralph Lauren y Macy’s, entre otras marcas.

Con su atractivo, inteligencia y pedigrí, no es raro que sea uno de los invitados más populares y codiciados en Nueva York. En su dúplex de la calle 38, su “cottage” en el West Village y su casa de playa en los Hamptons se acumulan invitaciones que van desde cenas en la Casa Blanca hasta fiestas durante los Oscar. Todos adoran a Anderson: Sarah Jessica Parker, Michelle Obama, Diane von Fürstenberg, Ariana Huffington… y él recibe tanto cariño y adulación con su acostumbrada flema, sin revelar jamás la más mínima huella de vanidad.

Misterio íntimo

Mientras su rostro es uno de los más conocidos del cable estadounidense, su vida privada continúa siendo un misterio. En una entrevista publicada hace un tiempo en “Vanity Fair”, aseguró que la decisión de no hablar de su intimidad había sido tomada temprano, mucho antes de convertirse en personaje público. Entiende la curiosidad que provoca, ha dicho, pero no siente ninguna obligación de satisfacerla. Y quizás por lo mismo, porque él no dice nada, ha abierto la puerta para que todos hablen.

En mayo de 2007, la revista “Out” lo nombró como uno de los “100 personajes gay más influyentes del mundo”, a sólo un lugar de David Geffen. Los tabloides han ofrecido un festín de rumores sobre su supuesta homosexualidad, y el sitio Gawker tiene decenas de páginas dedicadas al tema, incluyendo sugestivas fotos del periodista y su “novio”, un empresario de clubes y bares gays de Manhattan llamado Benjamín Maisani.

Es cierto que la amistad entre ambos es evidente y curiosa. Aunque uno se mueve en los enrarecidos círculos de la cultura y la política internacional y el otro en ambientes donde los accesorios más adecuados son un tatuaje y un speedo, pasan fines de semana juntos paseando en bicicleta por Central Park o celebrar con Jerry y Jessica Seinfeld en Los Angeles la entrega de los Emmy.

Hay quienes piensan que Cooper tiene la obligación de “salir del clóset” –si es que está adentro–; para dar un importante mensaje no sólo a los jóvenes gays, que actualmente viven una epidemia de depresión y abusos, sino a toda la comunidad. Pero Anderson prefiere no negar ni aceptar nada.

El ha dicho que su silencio le permite mantener objetividad periodística. “Como reportero, se supone que uno sea un observador capaz de adaptarse a cualquier grupo y no deseo hacer nada que amenace esa situación”, explicó. Pero con su creciente fama e influencia, esa justificación se hace cada vez menos convincente.