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viernes, 5 mayo 2017
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Aprendiendo en Bandera

Cristina Hadwa

La visita de una amiga me empujo finalmente a visitar el Museo de Arte Precolombino, quince años después de la última vez que fui, y tras su esperada apertura, luego de su renovación el 2014.

A Manon, que andaba paseando por Santiago, la esperé en las galerías que rodean el museo, sentada en uno de los bancos instalados dentro de estos patios coloniales, mientras miraba pasar a los transeúntes en este agradable túnel en medio del centro. Finalmente llegó mi amiga y nos fuimos a pagar nuestra entrada. Los chicos de la recepción nos entregaron información interesante, nos dieron la bienvenida al lugar y luego ingresamos felices con la agradable acogida. Una de las indicaciones que nos dieron era comenzar con la sala del piso menos uno; ahí las excelentes impresiones continuaron. Una sala de casi 500 metros cuadrados, a media luz, llamada Chile antes de Chile, en la que aprendimos cosas desde los más antiguos grupos de pescadores hasta los actuales pueblos originarios, además de las obras y logros de aquellas personas que han poblado estas tierras. A mí, una de las cosas que más me impresionó fue ver los llamados quipus, unos nudos con que los Inkas llevaban su contabilidad, en la exposición podemos contemplar el gran quipu de 586 cuerdas, que se dice, almacena un total de 15.024 datos. El significado de estas herramientas es desconocido pero la vitrina nos indica que podría contener el censo y tributo de la población sujeta al Inka en Arica.

Además de esta increíble muestra a visitar y revisitar, siempre hay exposiciones permanentes y en el segundo piso América Precolombina en el Arte visitamos ocho salas que nos sobrecogieron con las creaciones que abarcan hasta el periodo de la llegada de los conquistadores europeos. En este lado también encontré una de mis favoritas, la número 7, dedicada al textil, en la que no solo la belleza de los motivos desborda, sino que aprender de la tecnología que se desarrolló durante milenios para llegar a esos complejos tejidos hace admirarla aún más. Finalmente, luego de este baño de cultura precolombina, con la cual Manon quedó maravillada, me invitó a tomar un té en la iluminada y acogedora cafetería del patio interior.

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