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viernes, 31 agosto 2018
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Carlos Larraín: "Aquí se está cocinando un caldo cultural muy espeso"

Fue el Pepe Grillo del primer gobierno de Piñera. Hoy, con más distancia, dice que la derecha debe ampliar el abanico y no jugar solo la carta económica. Aquí se lanza contra la izquierda y llama a su mundo a disputar la batalla cultural en curso.

Por: Claudia Alamo / Fotos: Bárbara San Martín

Esta entrevista se hizo en dos tandas. La primera, cuando el Presidente Sebastián Piñera recién había nombrado a Mauricio Rojas como ministro de las Culturas. Ese día, en su casa en Las Condes y con casi todos los árboles en flor, Carlos Larraín estaba contento. Le parecía que Rojas tenía un talante intelectual que le haría bien a la derecha y que era también un aporte al debate cultural del país.

La segunda parte de la entrevista fue en su oficina en avenida El Bosque. Tenía el ceño un poco más fruncido y estaba preocupado. Decía que la salida del ministro fue una derrota personal para Sebastián Piñera. “Él lo encumbró, pero –añade– lo hizo con razón. Mauricio Rojas era un muy buen elemento”.

Aunque aclara que fue un error hablar del Museo de la Memoria como “un montaje”, considera que los asesores del gobierno debieron haber leído el libro de Rojas antes de nombrarlo. “Y si estaban de acuerdo con el contenido, debieron haber producido una buena explicación. Pero no rendirse en 90 horas ante un embate de lo que un diario tituló como ‘el mundo cultural’, sin pararse a pensar ni un minuto que la punta de lanza de ese mundo cultural eran tres ex ministras del gobierno de Michelle Bachelet, y que tienen con la cultura tanta relación como la que tengo yo con el equipo de gimnasia de Ucrania”, dice.

Para Larraín, el tema de fondo es que situaciones como la salida de Rojas debilitan la autoridad presidencial en un momento en que “lo único que tenemos que hacer es reforzarla. Lo pide el país entero, no solo la derecha”.

– ¿Usted no habría sacado a Mauricio Rojas?

–O quizás no lo hubiera nombrado sin tener una buena explicación. Para mí, Mauricio Rojas simboliza la posibilidad de que los chilenos racionalicen su pasado. Él encarna muy bien una revisión inteligente de nuestra historia contemporánea. Algo así se debió haber dicho.

–Hoy se abrió una grieta en la derecha y se unió la izquierda. ¿No es paradójico, a su juicio, que esto reviente en un gobierno de Piñera que alguna vez habló de los cómplices pasivos?

–Es muy injusto. Él nunca fue parte del gobierno militar y votó por el NO. Lo que pasa es que no hay manera de satisfacer la exigencia de la izquierda en estas materias. Es implacable con los que tiene al frente, pero muy manga ancha con ella misma. Yo creo que la izquierda tiene que entender que perdió las elecciones y, por tanto, tiene que permitir que Piñera gobierne.

–¿Lo están bloqueando?

–Están usando ese tema de los derechos humanos para fines subordinados. Hemos tenido al señor Rettig, a don Patricio Aylwin, al obispo Valech. Se han hecho esfuerzos en este tema, pero ahora hay que poner una cuota de buena voluntad general.

–Esto movilizó también a gente de derecha como Daniel Platovsky, quien dice que no existe un contexto que explique las violaciones a los DD.HH. Recordaba a su padre que escapó de la persecución nazi.

–La idea de comparar el Holocausto con los crímenes que ocurrieron en Chile es muy desacertada. Hay varios museos del Holocausto, ninguno contextualiza. ¿Por qué? Porque el pueblo hebreo fue víctima de una persecución desatada por un loco perdido, contra un pueblo que era inocente. No se merecía esa persecución. ¿Qué contextualización cabía?

–¿Y aquí se lo merecían?

–No, tampoco se lo merecían, pero por favor, sí hubo causas sociales y políticas que explicaron, no digo que justificaron, la reacción del mundo militar y del 75 por ciento de la población civil chilena. Eso es lo que ocurrió el año 73, encabezados, por supuesto, por la Democracia Cristiana. Eso no es, ni será nunca, una justificación. Pero acordémonos también de que hubo 400 uniformados muertos. Hay que considerarlos en la ecuación, pero siempre sale el ultra moralista que dice que eso es “negacionismo”.

–¿Y no lo es?

–¿Quién está negando nada? Los derechos de las personas son patrimonio universal y no de un sector político. La cuestión es que tratemos de vivir un poco más en paz y no sigamos atizando un tema en que la izquierda siempre es víctima y no tuvo nada que ver con las consecuencias.

–La derecha está dividida en lo que usted dice. Evópoli marca sus diferencia con la UDI y RN.

–Por favor, no usemos un brete del gobierno para seguir en esa labor de diferenciación incansable de Evópoli. Es lo mismo que le pasó a don Sebastián Piñera en las postrimerías del gobierno pasado y que produjo cero dividendo.

–¿Qué fue lo mismo? Explíqueme porque no entiendo.

–La referencia a los cómplices pasivos. No produjo resultado político ninguno. Solo reforzó las posiciones de la izquierda. El mimetismo no sirve para nada en política. El electorado debe saber claramente qué es lo que uno opina.

–¿Por lo tanto…?

–Por lo tanto, el tema central de Sebastián Piñera es terminar de hacer un muy buen gobierno porque el país lo exige a gritos. Por eso ganó. El país quiere un cambio de timón, y no solo en el plano económico. También en lo cultural.

UN TÚNEL NEGRO

–Después de lo que pasó con el Museo de la Memoria, ¿Chile mostró ser un país más de izquierda o más de derecha?

–Lo que hubo fue una movilización bastante pequeña que no puede echar abajo un resultado electoral macizo como el que obtuvo Sebastián Piñera. Los chilenos hicieron una opción muy clara en favor de Piñera como conducto de una política de derecha, y no una de izquierda. Por lo tanto, se tiene que notar que ganó la derecha. Ese es el encargo que tiene el gobierno.

–¿Y cómo es que se tiene que notar que ganó la derecha? ¿En qué cosas?

–Yo espero de un gobierno de derecha mucho más que una corrección económica. Hay que abrir el abanico a temas sociales, culturales, del cotidiano de la gente. Por lo demás, la mejora económica no va a ocurrir ni en cinco ni en 15 meses, porque el forado que creó el gobierno de la Nueva Mayoría es estructural. Aquí se le metió mano al sistema de manera muy pesada. O sea, esto era como una película de Orson Welles, solo que usaba falda.

–¿Culpa a Bachelet?

–Es decir, ella causó todo el perjuicio posible y con entera naturalidad. Y vuelvo a lo que le decía: la acción de este gobierno tiene que ir mucho más allá de lo económico.

–¿Hacia dónde movería la vela usted?

–Tenemos que ver qué hacemos en el plano cultural, por ejemplo... Porque la cancha cultural está dominada por eslóganes enteramente glandulares, impuestos por la izquierda. Ellos se fijan metas y las van cumpliendo. Y en esto hay una coordinación internacional. Las Naciones Unidas cucharean cuando pueden. Ahora acabamos de ver que se cerró el broche.

–¿Cuál broche?

–El de Michelle Bachelet. La misma que fue intensamente criticada por las Naciones Unidas porque había aplicado fuerza desmedida en contra del pueblo mapuche, ahora la ponen de alta comisionada en derechos humanos. Mire: aquí se está cocinando un caldo muy espeso de tipo cultural que nos está dejando a ciegas o a oscuras.

–¿Y en qué consiste este caldo que se está cocinando?

–Es como una filosofía del pesimismo negro. Instalan la idea de que la vida social es una alcantarilla. Todos los hombres somos unos pérfidos, unos pterodáctilos con zapatos. No hay más que el logro y el provecho indebido. Bueno, yo creo que hay que meterle una cuota de optimismo.

–¿Ese pesimismo está sembrado por la izquierda o tiene que ver con un proceso social mayor?

–Aquí hay una música de fondo, un piano forte que es conducido por la ideología destructiva de la izquierda que lo único que quiere es crear la ambientación de que estamos todos encerrados en un túnel negro, lleno de monóxido de carbono y que al fondo hay un taladro que golpea inmisericordemente. Tenemos que inyectarle una cuota de ilusión a la vida humana.

EL HILO PIÑERA-BACHELET

–¿No hay una relación medio obsesiva entre Piñera y Bachelet, como de una cierta competencia?

–No creo que estemos ante una dupla de rivales. Ahora, ella no tenía para qué decir que la economía estaba debilucha. Durante su gobierno, la economía tuvo una evolución dramáticamente mala. Se vino al piso la inversión, cayó el empleo, hubo alza de impuestos y propuestas locas como la reforma educacional. Mire, el gobierno de Bachelet fue un desastre absoluto y Sebastián Piñera no necesita certificarlo. Su triunfo dejó en claro que había un cabreo notable con la gestión económica de la izquierda.

–Ahora está pasando que Bachelet empieza a resurgir como la única líder que tiene la oposición…

–La opinión pública es muy oscilante. Daniel Ortega, que hoy día es considerado un vampiro, hace poco menos de 30 años andaba matando curas y monjas a tiros con la FLN. Oye, si los países se equivocan mucho, y que no te extrañe que doña Michelle vuelva a flotar...

–¿Cómo que vuelva a flotar?

–Bueno, que use el pedestal que le proporciona la ONU, que es el refugio de tanta gente zurda, y que vuelva a cucharear en Chile.

–¿Volver a cucharear en Chile sería que ella fuera nuevamente candidata presidencial?

–Anda tú a saber. La vez pasada se nos dijo consistentemente que no, y luego supimos que tenía unas reuniones periódicas con los señores Peñailillo, Martelli y Arenas. Ellos estaban amasando la cosa. Hay que estar atentos.

–¿Sería dramático que Piñera terminara devolviéndole la banda a Bachelet?

–Sería absolutamente surrealista, pero no es imposible.

–Usted es crítico de Bachelet, pero si la nombran comisionada de derechos humanos algún mérito tendrá, ¿no?

–El cargo es de mucha importancia. Pero yo jamás he visto una persona menos apta. Cuando se vive en Berlín Oriental y nunca vio un atentado contra los derechos de las personas, yo me pregunto si ella vivía en algún lugar sin ventanas. Salvo que la ONU esté en el mismo plan de doña Michelle Bachelet y sus afines, de terminar de echar abajo las instituciones y ponernos la vida al revés, que es lo mismo que está proponiendo Sánchez en España. Si esto no es una enfermedad local.

–¿A qué le llama“enfermedad”?

–A la enfermedad del negrismo, del pesimismo. Buñuel es un optimista al lado de este grupo.

–Pero el pesimismo es compartido por izquierdas y derechas..

–No tengo la menor duda. Por un lado está la derecha que le faltan alas, se las cortan solitos, no entiendo por qué, porque la derecha ha sido muy exitosa en Chile. Y por otro lado, desde la izquierda, tienen esta especie de estanque de tinta de pulpo que manejan y que nos impide ver.

–Como conservador, ¿se siente amenazado?

–Soy conservador y devoto de la libertad. Pero la libertad tiene su marco. Yo no me siento amenazado, me da pena porque creo que en Chile se está viviendo mucho más mal, precisamente porque imperan esas nociones del laberinto ciego. La vida convertida en un laberinto ciego.

–Pero hoy, por ejemplo, hay un mundo homosexual que se siente más libre…

–Eso me parece muy bien. Si nadie pretendía tenerlos metidos adentro de una caja de cartón, no.

–¿Diría que vivían en una caja de cartón?

–Muchos de ellos, claro. Pero no era una pretensión mía. Yo creo que existe el amor homosexual, es muy antiguo. Pero no creo que el amor homosexual sea como quien dice, la turbina a la vida social.

–¿Cómo?

–Claro, el orgullo de ser homosexual ha pasado a ser ideología, pero hay otras cosas a las cuales debemos atender. Porque un día es el orgullo, otro día es el pañuelito verde del aborto, al tercer día viene el tema de la eutanasia. A mí me llega muy de cerca por la edad que tengo. Yo estaría muy preocupado si fuera papá de alguno de estos diputados. Quieren deshacerse de los viejos. Es otro síntoma de la negrura que te digo y que nos aplasta. La vía social tiene que tener alguna luz al fondo. No puede ser un túnel. //@revistacosas

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