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Jueves, 26 Abril 2007
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“Casas de Campo Chilenas”: Volviendo a nuestros orígenes

 

 

Una lujosa publicación busca rescatar y dejar testimonio de un patrimonio y de una forma de vida muy propia de Chile que, aunque vigente, tiende a desaparecer, según explica la historiadora Teresa Pereira.

Por Cristina Tortorelli

El libro “Casas de Campo Chilenas”, en dos magníficos to-mos, busca rescatar el valioso patrimonio arquitectónico y valórico que aún se conserva disperso por nuestro territorio. Es una manera de preservar un estilo de vida, más bien una expresión cultural, que marcó buena parte de la historia de Chile. Teresa Pereira, historiadora; Hernán Rodríguez Villegas, arquitecto, y Valeria Maino, geógrafa, unieron talentos, especialidades y entusiasmo para plasmar este libro que, según el padre Gabriel Guarda, “es una edición príncipe, única, cumbre de nuestro mundo editorial, orgullo para el país”, por la riqueza de la información, el sólido sustento documental y la calidad de sus fotografías. Un auténtico hito de nuestra producción historiográfica.

La historiadora Teresa Pereira, con estudios en la Universidad Católica de Chile y en la Sorbonne, autora de numerosos libros y artículos y miembro de la Academia Chilena de la Historia, era la persona indicada para esta tarea. Su niñez transcurrió entre el campo y la ciudad y su vida continúa del mismo modo. Está casada con el empresario agrícola Juan Correa Errázuriz.

Fachada principal de casa Santa Rosa de Apoquindo.

–¿Como nació la idea de hacer este libro y con qué criterio se eligieron las casas incluidas en la obra?
–Por haber vivido parte de mi infancia y juventud en una casa de campo, sentía que algo muy propio iba desapareciendo. En Casas de Lo Matta, con ocasión de la presentación de un libro, observando esa casona, con sus muros de adobe y su arquitectura tan chilena, tomó fuerza la idea de rescatar este valioso patrimonio cultural. Me encontré con Hernán Rodríguez, le conté mis inquietudes, coincidentes con las suyas, y decidimos que debíamos hacer algo y pronto. Comenzamos con un catastro, partiendo desde Copiapó hacia el sur. Rápidamente se incorporó al proyecto la geógrafa Valeria Maino. Preparamos un listado de cerca de 300 casas que tenían cierta importancia, guiándonos por los censos de propiedades agrícolas y, con pesar, nos dimos cuenta de que cerca de dos tercios habían desaparecido a causa de terremotos, divisiones de la propiedad e incluso como consecuencia de la reforma agraria, que imposibilitó que muchos propietarios pudieran con pequeñas reservas mantener esas grandes casonas. Pero, a su vez, constatamos que existía un número de significativa importancia, gracias principalmente al esfuerzo perseverante de sus dueños, lo que nos incentivó a seguir adelante.

“Nos convencimos de que no bastaba un catastro; era necesario un libro que permitiera contar la historia de cada propiedad y dejar el correspondiente registro fotográfico. Elegimos 50 casas representativas entre el Valle del Elqui y el Maule. A algunos dueños reticentes, les explicamos que eran un ejemplo que serviría para ayudar a rescatar este valioso patrimonio nacional... Nos autorizaron”.

Corredor frente al parque de casa Santa Rosa de Apoquindo.

–Y entonces había que plasmar la obra. ¿Cómo la concretaron? –Roberto Edwards era la persona adecuada, por su experiencia como fotógrafo y por la calidad de sus trabajos como editor. El se entusiasmó y así contamos con un equipo de destacados fotógrafos –Elio Caro, Carmen Domínguez, Max Donoso y Rafael Fernández–, que puso el alma en el proyecto. Fue tal el compromiso de Roberto, que diagramó y editó la obra. Ana María de Grenade y Ximena Urrejola estuvieron en la producción, Paula Pizarro en la diagramación y Marcela Huepe en la coordinación editorial. Fue un equipo comprometido y ello fue esencial para la belleza y calidad de “Casas de Campo Chilenas”. Y el importante patrocinio del Banco Santander hizo realidad la esperada obra.

–¿Es el suyo un libro de historia? ¿Cuál es su aporte cultural? –Me atrevería a decir que es un libro que combina apropiadamente excelentes imágenes con sólidos textos de investigación. Nos interesó no sólo describir la casa, sino llegar a los orígenes más remotos de estas propiedades e hilvanar la continuidad de sus propietarios. Su aporte es rescatar y dejar testimonio de un patrimonio y de una forma de vida muy propia de Chile que, aunque vigente, tiende a desaparecer. En su camino al desarrollo, los países muchas veces se van abriendo demasiado a modelos y culturas extranjerizantes que desdibujan su identidad. Nosotros tenemos que conservarla y uno de los patrimonios arquitectónicos más representativos de ella son estas casas. El mundo rural centrado en la hacienda caracterizó a Chile durante los siglos XVII, XVIII y XIX y la casa era el corazón de esa propiedad. Así, las casas de campo, el conjunto de edificaciones alrededor de ellas y la tierras, fueron en cierta forma los cimientos económicos, sociales y culturales de Chile.

Teresa Pereira, una de las autoras del libro.

–¿Han cambiado las formas de vida? –La extensión de las casas, su estructura abierta permitía una vida o sociabilidad familiar patriarcal entre los habitantes de ellas y de la hacienda, que muchos denominan “la gran familia”. Convivían en las casas, principalmente en el verano, distintas generaciones: padres, hijos, nietos... Desde fines del siglo XIX se inician leves transformaciones, que se acentúan en el siglo XX. Con el impulso económico que vivió el país a fines de la década de los 80, la agricultura se revitaliza, los fundos se tecnifican, surge el campo-empresa y se pierde en gran medida aquella convivencia patriarcal.

–¿Se puede decir que existe un estilo de casa chileno? ¿Qué es lo que lo unifica? –Creo que puede ser considerada casa chilena o casa criolla aquella que fue construyéndose a lo largo del tiempo, adecuada al medio, a partir del siglo XVII. Surgió una casa que podría tener un aporte indígena en los tabiques de quincha, en las pircas de piedra; inspiración andaluza en los techos de tejas y maderas, pero con maderas muy chilenas, porque se empleaban postes de roble, de patagua, de ulmo. Lo que las caracteriza es su horizontalidad, un largo cañón de habitaciones comunicadas, que toma forma de “U”, de “H” o de “L”. Algunas tienen segundo piso, como Lo Fontecilla, donde las bodegas están en el primer piso y los dormitorios en el segundo. Y la casa fortaleza, que era más bien cuadrada, volcada hacia el interior, para defenderse de los bandoleros. Lo que distingue a las casas chilenas, han dicho algunos estudiosos del tema como Raúl Irarrázabal, son esos anchos corredores que permiten que haya un paso gradual desde el interior a los corredores o galerías donde se conversa, se pasea y se abren a los patios, jardines y huertos.

Portada de la capilla de
Lo Fontecilla, con esculturas barrocas.

–En el libro se ven algunas casas totalmente europeas. ¿En qué momento aparece esta influencia?
–Desde mediados del siglo XIX, con la llegada de capitales de la minería al campo y la apertura de Chile a Europa, se construyen casas como Alfalfares, en La Serena, de estilo italiano; la casa de estilo palladiano de Chiñigue o francesa, como Las Majadas, en Pirque.

–¿La casas incluidas en el libro están en manos privadas o institucionales? –Intentamos reunir aquellas que estuvieran en manos privadas y que no fueran institucionales, pero no podía faltar El Huique, que desde hace 30 años está en manos del Ejército, una casa muy chilena con sus 14 patios y diversos corredores, que tuvo una vida muy importante durante el siglo XIX. Allí vivió el Presidente Errázuriz Echaurren. Tampoco podían faltar, por ser representativas y estar conservadas con su mobiliario original, Santa Rita y Concha y Toro que, sin bien son institucionales, son casas muy interesantes por quienes vivieron en ellas.

Marruecos de Santa Cruz. Escalera que se levanta sobre el zaguán de acceso, desaparecida en 1906.

–Al parecer, muchos visitantes ilustres pasaron por esas casas. –Viajeros como Mary Graham hablan que visitaron las casas de Viluco del entonces marqués de Larraín y también cuentan que don Vicente Izquierdo fue un gran anfitrión en Pirque. Esas casas fueron hitos en su época. Entre las que aparecen en el libro, en Santa Rita, don Domingo Fernández dio una gran recepción a don Carlos de Borbón, de la rama carlista. También la visitaban el poeta Diego Doublé, yerno de doña María Luisa Fernández, y Gabriela Mistral. En Aculeo, de la familia Letelier, se formó un criadero de caballos de gran importancia y se dio una fiesta campesina con rodeo para agasajar al Presidente Theodore Roosevelt a principios del siglo XX. En Concha y Toro, doña Emilianita Concha era una reconocida anfitriona. Lo Fontecilla ha sido testigo de muchas visitas ilustres y Santa Rosa de Apoquindo, de fiestas familiares como bailes de estreno en sociedad y matrimonios. Costumbre que parece estar retomándose, lo que indica que estamos volviendo a nuestras raíces.

Patio interior de Lo Fontecilla.

 

–¿Qué recuerdos tiene de su infancia en el campo? –Tengo recuerdos muy nítidos y significativos: coger el caballo y cruzar los campos al galope, alegres baños en tranques y esteros, participar en las vendimias y trillas, saltar en los fardos de paja, competir en las carreras de ensacados. Las misiones que organizaba mi abuela, donde participaban los habitantes del campo y sus alrededores, terminaban con una gran fiesta. Y ya en la madurez, compartir penas y alegrías, nutrirnos de esa sabiduría campesina y celebrar las Fiestas Patrias. Lo siento como un lugar de aprendizajes personales, donde se dan sólidos lazos de amistad y solidaridad, de transmisión de valores, de usos y creencias campesinas, todavía presentes en las costumbres rurales y en la tradición oral.

“Es importante crear conciencia de la importancia de nuestro patrimonio, que no es sólo la arquitectura, son los paisajes, las voces, los pueblos y caseríos, las artesanías, el legado de los antepasados, la memoria colectiva. Si eso se olvida, perdemos nuestra identidad. Esperamos haber contribuido en cierta medida, con esta obra, a que aquello no ocurra”.

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