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viernes, 9 marzo 2018
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Cecilia Morel: "Siento que lo más importante para Sebastián es que yo lo acompañe"

Más segura. Más política, la Primera Dama dice que tiene algunas aprensiones por este nuevo Chile más exigente y sin matices. Cree que el camino es la conciliación y los acuerdos. Aquí habla de los costos para su familia, de la vejez, de la centroderecha y del Presidente electo.

Por: Claudia Alamo / Fotos: Gonzalo Romero / Maquillaje: Teresita Irarrázaval

Es la mañana del primer viernes de marzo. Aún hay olor a pan tostado y café en los pasillos de su casa. Cecilia Morel tiene mil cosas en su cabeza. Piensa en lo que se pondrá el día del traspaso de mando, en los programas que quiere impulsar desde el gobierno, en este nuevo Chile que los espera, en la intensidad de los próximos cuatro años, y también, en que por estos mismos días tiene a su cargo el cuidado de Amalia y Martín, dos de sus nietos menores. Los niños están viviendo con los abuelos por una semana. Observan la sesión de fotos. Caminan detrás del abuelo pidiendo brazos. Ese abuelo es el Presidente electo y la abuela –preocupada de si ya comieron su yogur– es la nueva Primera Dama. Quizá esa rutina matizada en ambos roles sea el preámbulo de su nueva etapa.

Hace ocho años, cuando estaba a punto de entrar al palacio de gobierno, Cecilia Morel tenía algunos miedos, aprensiones. Había mantenido distancia con la política, pero se había casado con un político, así es que ahora la vida le imponía un rol. Probablemente, no sospechaba que con el correr del tiempo ya no sería solamente la esposa de Sebastián Piñera, sino una mujer con vuelo propio. Tan propio que, durante la última campaña presidencial tuvo un papel protagónico, por su cercanía y facilidad para relacionarse con la gente.

–¿Vuelve distinta a La Moneda?

–Bueno, salí distinta después de los cuatro años que estuvimos en el gobierno anterior. Aprendí mucho. A mis amigas les digo que esa experiencia fue como si se me hubieran abierto los cielos para poder hacer todo lo que me gusta, para todo aquello para lo cual siento que sirvo, y tener la oportunidad de aportar cambios concretos en la vida de la gente.

–Una cosa es lo que aprendió y otra es la transformación que vivió…

–No siento que haya tenido una transformación. Algunos me dicen: “Eres la Cecilia 2.0”. No lo siento así.

–Tampoco es la misma la que llega a este segundo gobierno, ¿o sí?

–Creo que será un gobierno totalmente nuevo. No una repetición de lo mismo. Obviamente, hay situaciones que uno ya ha vivido, formalidades que conoce, pero es distinto. El país ha cambiado mucho y yo tengo ocho años más. Partí siendo Primera Dama cuando tenía cuatro nietos, ahora son nueve y vienen dos más en camino. Pasé los 60 años y eso marca un hito en la vida. Claramente, es otra etapa.

–Hace años, decía que tenía una relación bipolar con la política. ¿Eso cambió?

–Sí, puede ser. Es parte del aprendizaje. Reconozco que antes le tenía susto a la política, pero me tocó trabajar con políticos de otros sectores y verles el lado amable. En nuestro programa “Elige Vivir Sano” me relacioné con parlamentarios de distintos sectores políticos, y fue muy positivo ver que se puede llegar a acuerdos cuando hay un bien mayor…

–¿Y ahora llega con menos temor?

–Menos temor en el sentido de que ya sé en qué consiste ser Primera Dama y cuál es mi rol. Yo no seré una vocera de gobierno; me centraré en acompañar a Sebastián y estar en terreno escuchando los problemas de la gente. Pero obviamente tengo ciertas aprensiones. Así como yo he cambiado, también ha cambiado el país. Estamos frente a una sociedad más exigente, más demandante, más impaciente y sin muchos matices. Eso es mucho más fuerte ahora, aunque empezó en el 2011, con las marchas…

–Muy probablemente, el reclamo social se va a repetir…

–Probablemente, así como también le sucedió a Michelle Bachelet. Ella lo tuvo bastante controlado porque tenía al Partido Comunista en su coalición, que le controló más la calle, como se dice.

–¿Y cómo debiera actuar el nuevo gobierno frente a las demandas de la calle?

–Tenemos que conciliar; aprender a manejar los equilibrios, comunicar bien lo que estamos haciendo y decir claramente que hay prioridades. No se puede hacer todo lamentablemente. Y si uno conversa con la gente, ellos entienden que un país funciona con la misma lógica de una familia. Hay que priorizar las cosas. Chile tiene casi tres millones de discapacitados, tres millones de adultos mayores que viven, muchos de ellos, en situación muy precaria. Ellos no levantan la voz con tanta fuerza, pero necesitan urgente ser vistos y escuchados. Y ahí quiero tratar de estar yo, con ellos.

–¿Por dónde partir?

–Nuestro programa tiene prioridades claras: los niños, los adultos mayores, la clase media… Son los grupos más olvidados. Pero también vamos a trabajar en la calidad de la educación; hay que hacerse cargo de la crisis de la salud y de otro tema en que la gente te insiste mucho: la delincuencia y la seguridad.

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