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viernes, 10 noviembre 2017
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José Ignacio Valenzuela: el hashtag de su vida

Preparándose para ver prontamente su exitosa saga “Malamor”, traducida al inglés en los Estados Unidos, José Ignacio Valenzuela estrena un nuevo libro, “Hashtag”, que habla sobre el uso y abuso de las redes sociales y, además, cuenta que en el ámbito personal continúa junto a su marido con la lucha por ser padres... aunque los planes han cambiado.

Por: Bernardita Cruz / Fotos: Bárbara San Martín

Si bien su casa está en Miami, de Chile no se desconecta. Dice que en gran medida esto ha podido lograrlo gracias a Internet y las redes sociales. “Me han permitido estar presente en mi familia, con mis amigos, simultáneamente mientras pasan cosas”, asegura José Ignacio Valenzuela, guionista chileno que ha trabajado para grandes compañías como Telemundo y que también ha sido elogiado como escritor. De hecho, “Hashtag”, su último libro, es lo que lo trajo por unos días al país. 

Confiesa que la idea de su novela nació de lo que él califica como uso y abuso de las redes sociales y de cómo hoy todo se “hashtaguea”. “Soy bien poco ‘hashtaguero’, soy más expansivo que sintético. Me das la palabra y puedo hablar dos días seguidos”, asegura. “Pero sí descubrí que a mí me sirve, por mi mente cuadrada, para ordenar un poco el desorden de ideas que tengo en la cabeza. En ese sentido, las redes sociales las encuentro súper útiles. Ahora, donde encuentro que no funciona y que hay un corto circuito, es cuando usas un hashtag para expresar sentimientos. O sea, ‘hashtaguear’ la depresión me parece que es siniestro porque atenta contra la resolución de eso. O hashtaguear el odio...”.

–Tampoco está el contacto cara a cara...

–Por ahí partió todo. Soy lo suficientemente viejo como para no haber tenido redes sociales en toda mi adolescencia y juventud. No existían. Entonces, aprendí a relacionarme de otra forma. Si me gustaba alguien, tenía que acercarme cara a cara, mirara los ojos y preguntarle si quería salir conmigo. Y que me dijeran que no y tener que tragarme la humillación pública dicha verbalmente. Entonces, me provoca escalofríos ver a la gente hoy día lidiando emocionalmente con las cosas por medio de mensajes de texto, de caritas. Parejas que salen a un restaurante y se quedan mirando sus teléfonos y antes de hacer un brindis le sacan fotos a una lechuga.

–¿Crees que también se esté perdiendo coraje o valentía al enfrentar al otro?

–Completamente. La valentía tiene que ver con cómo expresas tus emociones. Si eres una persona sana, vas a poder enfrentar con coraje un acto donde podrías salir perdiendo. Pero puedes lidiar con eso. Hoy en día los jóvenes no pueden. Una de las características de los millennials es que no tienen tolerancia al fracaso porque, como un click lo resuelve todo o un hashtag lo dice todo, cuando alguien o algo los saca de ese mundo virtual y caen en el presente, se paralizan. Todo eso me ha generado que tenga una relación de amor y odio con las redes sociales. Las uso, eso sí.

–¿Qué pasa con el emoticón?

–Es la síntesis de la síntesis. Es aún más grave. Antes al menos se escribía un “te quiero”, ahora se manda el mono tirando un beso. Es como la comida atómica, esa en que en vez de traerte un bistec a lo pobre, te dan una pastilla que tiene ese gusto. Pero el placer de mascar es otra cosa. Hay gente que le gusta, pero a mí... tú puedes ver mi teléfono.

En ese minuto, “Chascas” muestra su aparato celular que tiene hace 15 años. Es de esos con pantalla monocromática, sin acceso a Internet ni redes sociales y que pesa bastante más que los actuales.

“Lo amo. Es para que yo llame y que me llamen. Es decir, lo uso cuando tengo que usarlo. Funciona y la pila me dura cinco días”, asegura.

Valenzuela llegó a Miami hace seis años con los prejuicios propios de alguien que ve en esa ciudad solo palmeras y malls. Pero confiesa que el tapa boca fue mayor y que Miami es vista hoy como el nuevo Manhattan.

“Broadway, las obras de teatro, los ballets, se fueron para allá. La actividad cultural es 10 veces más grande que en otras ciudades de Estados Unidos”, cuenta José Ignacio, mientras asegura que la vida junto a su marido, el puertorriqueño Anthony Ortega, podría cambiar de país o de ciudad sin significar mayores contratiempos. “Llevamos 15 años juntos”, comenta, y agrega que ya han estado viviendo en Nueva York, México y Puerto Rico.

–La noticia de tu matrimonio la publicaste en redes sociales y recibiste miles de comentarios...

–Sí. Nos casamos en Nueva York en 2014. Fue un día especial por una cosa como de derechos civiles. Fue algo que veníamos conversando desde muy temprano en nuestra relación. Los dos siempre fuimos muy públicos y muy abiertos en nuestros reclamos por los derechos civiles. Y lo sigo haciendo, en particular en Chile. Todavía nadie me ha podido explicar por qué en este país no tengo acceso a ciertos derechos que están garantizados por la Constitución, como casarme, adoptar. Se solucionó en parte, pero de manera bien incompleta, con el Acuerdo de Unión Civil.

–¿Por qué era tan importante para ti casarte?

–Era fundamental por una cosa de tranquilidad. Si yo me moría, nada heredaba Anthony.

 

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