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miércoles, 4 junio 2008
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Claudia di Girolamo: "La mujer es un animal muy hábil"


La estrella indiscutida de “Viuda Alegre”, la actual teleserie de TVN, cuenta que la inquieta por estos días un tema de fondo: la dualidad de ser mujer, que a su juicio está marcada por el hecho de tener un útero, cuna de la meternidad y del placer sexual a la vez. Esta actriz, que encarna a una devoradora de maridos, también despliega aquí su mirada del género masculino. “Cuando un hombre es capaz de reconocer su lado débil, es cuando a uno más se le agranda”, dice.

Por Claudia Alamo | Fotos: Gonzalo Romero | Producción general: Patricia Comandari | Producción: Bernardita del Solar | Maquillaje y pelo: Francisco Mercader | Ropa: Emporio Armani | Zapatos: Beneducci | Aros y pulseras: Abejas | Sillón y silla: MONDÓ.

Claudia di Girolamo se mueve con el cuidado que tienen los gatos cuando ven a un desconocido. Te miran de frente, aguda y profundamente. Se acercan de a poco y rápidamente se distancian. Te huelen, te estudian, te perciben. Ella, probablemente la más talentosa de las actrices de su generación, mantiene una actitud felina hasta en los gestos. Es delicada, pero no suave. Muy por el contrario. Con su aura como de musa renacentista, es enérgica y frontal. Tiene claros sus límites y los defiende con garra. En todo momento. En cualquier lugar.

Quizás por lo mismo, ha alimentado la fama de ser una diva en el mundo del teatro y la televisión. Muchos dicen que se mueve con distancia, con un aire que la mantiene por sobre el ruido y los cuchicheos de los camarines. Y ella, a sus 51 años, confiesa que nunca ha sido sociable, que conoce sus afectos y que corre a mil kilómetros cuando el ambiente se llena de chismes y pelambres. Odia la farándula y odia también que se metan en su mundo privado. Un mundo en el que los grandes protagonistas son sus hijos, sus nietos y su pareja, Vicente Sabatini.

–Los artistas siempre tienen ideas que los rondan, ¿qué tema te anda dando vueltas a ti?

–Hay un tema que siempre me ha rondado y que ahora está súper manoseado, pero tiene que ver con la mujer. Más que con lo femenino, lo que me interesa es la estructura de ser mujer, eso de cargar con una dualidad en que, por un lado, eres mujer, tienes un útero y, por lo tanto, la capacidad de poder dar vida y, al mismo, ese útero también está para satisfacerse sexualmente. O sea, es la dualidad de ser madre y ser puta. Esa conjunción provoca un enorme conflicto interno.

–¿Por qué el conflicto?

–Porque por una parte está tu esencia de ser madre, de acoger, de cuidar el nido, pero al mismo tiempo está la pulsión del deseo. Esa dualidad me atrae mucho como tema.

–¿Cómo crees que se resuelve esa contradicción?

–Yo creo que uno la desvía. Trabajas de tal manera que la pasión y el deseo van más por el lado de los hijos. Es como autoimponerse una cierta docilidad, de aplacarse, de medir otras cosas.

–Es cierto. Como que la maternidad, en una primera etapa, te desconecta de la sensualidad. Pero lo extraño es que el tema no se aborda abiertamente.
–Claro. Todavía sigue siendo un tema bastante censurado, tabú, pero sólo cuando se refiere a las mujeres. O sea, la mujer que tiene amantes, que se casa varias veces o la que opta por tener una vida más libre en términos sexuales, sigue siendo catalogada como una mujer suelta. En cambio, el hombre que hace lo mismo, es catalogado como un macho, como alguien que tiene los cojones bien puestos, casi como un ejemplo del género masculino.

–En estos años, también ha surgido una mujer más moderna, que se hace cargo de su vida, que trabaja y se mantiene sola. ¿Eso no nos ha masculinizado un poco?

–No me parece. La mujer es un animal extraordinariamente hábil. Siempre que leo esas entrevistas de mujeres empresarias, exitosas, que han logrado acceder a ese mundo masculino, a lo mejor en un comienzo lo han hecho así, aprendiendo las reglas de ese mundo, pero lo hacen porque así es más fácil de lograr lo que ellas quieren.

–¿Pero eso implica adoptar un despliegue masculino?
–Es que es un lenguaje que se aprende. Los mecanismos masculinos no son muy difíciles de aprender. Y la mujer, que es muy hábil, los aprende rápidamente, pero cuando logra instalarse, se expande y se muestra como ella es. Ahí empieza a ejercer un poder realmente femenino.

–Llevado a la esfera del poder, ¿crees que eso ha pasado con Bachelet?

–Yo creo que ella es una mujer tremendamente honesta. Y sí, para entrar en ese mundo masculino del poder, tuvo que aprender esos códigos, pero siempre ha cuidado su lado más acogedor, más sensible, más femenino. Todo el mundo le pide que golpee la mesa, que se ponga los pantalones y ella se niega. En ese sentido, ha cuidado que el discurso masculino no se entrometa en su vínculo con la gente.

–Te gusta la Presidenta.
–Mucho. Es una mujer que tiene mucha fuerza, que no se deja abatir fácilmente. Es una guerrera muy potente. Esto ha sido muy difícil para ella. Honestamente, creo que no la han dejado gobernar.

–¿Te resulta atractivo ese lado guerrero de las mujeres?

–Absolutamente, es que es muy natural. Eso viene dado por la pasión, por la pulsión del deseo. Es un lado guerrero muy fuerte y muy distinto al de los hombres.

–¿Y cómo crees que se han apeado los hombres a ese lado fuerte de las mujeres y que hoy se nota más que nunca?
–Creo que los hombres están totalmente descolocados. No saben mucho qué decir. Por lo tanto, se repliegan y mantienen un discurso que las mujeres ya conocemos de memoria y que no nos interesa. En el fondo, para una, como mujer, ese mundo masculino pierde un atractivo feroz.

–¿Por qué?

–Porque no hay nada nuevo. Y cuando no hay nada nuevo, uno se aburre. Sobre todo cuando no existe el esfuerzo por cambiar o por reestructurarse.

–¿Eso significa que a ti te son más atractivos los hombres frágiles o los machos a la antigua?
–Creo que es injusto verlo así. Injusto para ellos. Es un discurso tan retrógrado como lo es el hombre hoy día. A mí me gustan los hombres con todo lo que son. Me gusta el hombre proveedor, que cambia, que lucha, que se esfuerza, que llora, que se desespera. O sea, cuando un hombre es capaz de reconocer su lado débil, es cuando a uno más se le agranda.

EL CERRADO MUNDO ÍNTIMO

–Y tú Claudia, ¿por qué nunca muestras tu fragilidad? Siempre se te ve como una mujer fuerte, muy seria.
–Porque no creo que uno deba mostrar públicamente sus cosas. No corresponde. Los problemas personales se resuelven en la privacidad. Ahora, cuando me enfrento a una obra de teatro, ahí sí que me manifiesto. Ahí muestro mi seguridad, mi fragilidad, en fin… Pero en todo lo que tenga que ver con los hijos, con la pareja, siento que son asuntos que se resuelven en la intimidad.

–¿Y se puede? Porque ustedes, los artistas, viven tan conectados con las emociones, con el lado quebrado de la vida, que no debe ser fácil hacer esa separación.
–Es que uno usa eso. Yo, por ejemplo, utilizo toda mi fragilidad, mi inseguridad, mi sensibilidad, mis caídas, arriba del escenario. O sea, el desangre, el poner toda la carne en la parrilla cuando actúo, es lo que me sana. Pero eso no tengo por qué hacerlo acá. Yo he logrado diseñar una especie de estrategia que me permite poner ciertos puntos que tienen que ver con mi intimidad y llevarlos al escenario sin que nadie lo note.

–¿Eso es como mantener la coraza?
–No necesariamente. Es sólo porque me parece que lo privado es parte del mundo íntimo, y lo público, que es mi trabajo, es público.

–En ese sentido, eres como bien italiana, como de cuidar lo tuyo con rabia.

–Totalmente. Siempre voy a defender lo mío hasta las últimas consecuencias. O sea, nadie va a romper lo que tengo. Que nadie se atreva a tocar lo que he hecho.

–¿Siempre has sido así?
–Sí. Desde niña siempre tuve una dosis feroz de independencia. Quería salir del nido e inventarme una vida rápidamente. Por eso, tal vez, la adolescencia me pareció una pérdida de tiempo atroz…

–¿En serio?

–Absolutamente atroz. Siento que es la huevada más patética que le puede pasar a un ser humano. Es pura pérdida de tiempo. Una estupidez. Te la pasas llorando, enrollada, no sabes lo que quieres.

–Pero también es la necesidad de divagar.
–Tampoco me parece así. Si miro mi adolescencia, fue un tira y afloja horroroso, tremendo y desgastador.

–Entonces, ¿no eres enrollada?

–No. Muy tempranamente tuve que decidir cosas importantes y definir rápidamente. Sabía que si me quedaba pegada, iba a perder mucho tiempo. Cuando hay cosas que ya no tienen remedio, doy vuelta la página y se acabó. Si me caigo, me paro y sigo adelante.

–En tu vida cotidiana, ¿eres más bien solitaria?
–Sí. Sólo me vinculo con la gente que quiero. No soy una persona sociable. Nunca lo he sido. O sea, no soy de las que invita a su casa o hace grandes fiestas. Pero establezco relaciones súper honestas. Me carga la mentira, el doblez. No me gusta el pelambre ni el chisme. Lo encuentro tremendamente agresivo, violento.

LA FIERA

–Despliegas mucha fuerza, mucha vitalidad. ¿De verdad eres así o también tienes tus bajones?
–Siempre he sido así. No es que ande arriba de la pelota, pero sí siento que hay algo que me empuja y que no me puedo detener.

–¿Nunca te detienes?
–¿A pensar en mí, por ejemplo? Jamás. Yo no soy tema. No me interesa. La verdad, me aburro conmigo.

–¿O sea que no vas a terapia ni te psicoanalizas?
–Nunca lo he hecho. Me parece muy autorreferente y, además, te obliga a caer en esa cosa terrible que es la autocompasión. La vida es así, con altos y bajos, con esfuerzo, con grandes alegrías. Las cosas no son fáciles para nadie, menos para las mujeres. Siempre hay un precio que hay que pagar. Ahora bien, hay que saber pagarlo.

–Y tú, ¿qué precio pagaste?
–No te lo voy a decir. Eso es privado y personal.

–Pero, después de haber pagado esos costos, ¿te sientes más o menos libre?

–Me siento cada vez más libre.

–Antes, ¿qué te ataba?
–El no darme el permiso de ser libre. Yo tuve una educación súper católica, entonces siempre estaba atenta a los demás, a no hacer daño, a establecer relaciones con excesivo cuidado. Pero cuando vas cumpliendo años y te vas dando permisos para ser, finalmente te liberas de todo eso. Con los años vas siendo más honesta, más verdadera. Además, uno tampoco es tan difícil.

–Sin embargo, la imagen que hay sobre ti es que eres muy diva, acorazada, distante.
–Pero yo no me siento identificada con esa imagen. Para nada. Es verdad. No soy una persona cercana. Nunca lo he sido, pero me he esforzado por serlo con las personas que me interesan.

–¿Qué es lo que te complica de relacionarte?

–No sé, supongo que descubrir engaños, mentiras. Ni siquiera me importa que hablen mal de mí. Eso me da exactamente lo mismo.

–Entonces, ¿eres desconfiada?
–Soy desconfiada, pero no excesivamente. Me mantengo en un punto. Igual, de buenas a primeras, me parece que no tengo derecho a desconfiar de nadie.

–Pero cuando conoces a alguien, primero lo estudias...
–Sí, soy bien intuitiva. Intuyo fácilmente a la gente. Y con los años, uno va armando sus estrategias y sabe cómo manejar las situaciones. Incluso, puedo quebrar al adversario. O sea, esa desconfianza o eso que uno intuye que puede ser peligroso en otro, lo puedes derribar rápidamente. Y eso he aprendido a hacerlo cuando me relaciono.

–¿No tienes el problema de andar buscando la aprobación en los otros?
–Es que no he tenido tiempo. Fui madre muy joven y rápidamente tuve que preocuparme de otra persona. Siempre me pareció que haber parido y ejercer la maternidad, dificultosamente al principio, era parte de mi enseñanza, de mi formación, de un proceso que tenía que vivir.

–Y cuando cumpliste 50 años, ¿sentiste que se cerraba un ciclo?
–No. Nada. Esos son mitos que te imponen. Dicen que los hombres deben tener crisis a los 40 y las mujeres a los 50, porque supuestamente viene la menopausia y el cambio físico. A mí no me ha pasado absolutamente nada.

–¿Para ti no es un tema envejecer?
–No, para nada. Es lo natural. Además, soy una persona terriblemente curiosa por las cosas que me van pasando. Siempre quiero saber más. Y no me detengo. Es como subir, subir para ver qué hay detrás de la montaña.

–¿Cómo y en qué te imaginas en 10 años más?
–Trabajando en teatro, por supuesto. Creo que a medida que uno envejece, se pone mejor actor. Se da tiempo. Lee los textos de otra manera. Es más libre también. Te impones menos cosas. Cuando pasas los 50 años, nuevamente quieres ser espontáneo, real. Como decía Virginia Woolf, es como el fluir de la conciencia. Hay algo que uno, internamente, quiere dejar escapar como cuando era más niña.

–Debe ser como soltar el instinto.
–Exactamente, es darle rienda suelta al instinto y dejarse llevar un rato. Y eso pasa en el trabajo a los 50 años.

–¿Y tú, en general, te dejas llevar?
–No. Reconozco que no me dejo llevar fácilmente. Arriba del escenario sí. El teatro, la interpretación, me traslada a un mundo en donde me siento mucho más cómoda y donde me doy permiso para fluir.

–¿Por qué no en la vida real?
–Porque tengo responsabilidades. Porque tengo que vivir para mis hijos, para mis nietos. Siento que, en lo esencial, uno está viviendo para ellos.

–Pero el desenfreno, la sensación de andar pelo al viento, ¿no lo ejerces de repente?
–Es que eso que te digo, estar atenta y cercana a mi familia, dejar el alma arriba del escenario, son cosas que me liberan. Si fuera al revés, si me dedicara a reflexionar sobre mí misma, está el riesgo de no ver a los otros. Por eso, siempre me he negado a andar mirándome a mí misma. Me da lata, me aburro, no siento que tenga derecho a hacerlo. Mi sensación es que tengo que vivir para los otros.

–¿Y con tu pareja te pasa igual?
–No, con la pareja uno tiende más a dejarse llevar. Es que sabes que es alguien que se preocupa de ti. Entonces, ahí descanso un poco. Pero más que soltarme el pelo como tú dices, tiene que ver con reposar, con permitirse el descanso.

–Digamos que tu pareja está obligado a ser un hombre muy contenedor.
–Lo es.

–¿Te reconoces muy intensa?
–La intensidad como palabra me da susto. Soy de sentimientos profundos y permanentes. Esa es mi estructura. La intensidad me suena como a algo fugaz. Por eso prefiero la profundidad. Yo busco cosas que sean para siempre.

–¿Eres exigente en tus afectos con la pareja, los amigos?

–Creo que sí. Es que me gustan las relaciones que tienen que ver con la sangre y rápidamente yo establezco lazos de sangre.

–¿Cómo es eso?
–Tiene que ver con llegar a tal punto de amor, que uno está dispuesto a dar la vida por el otro. En eso estoy clara. Yo doy la vida por mis hijos y por mi pareja.

–¿Eres introvertida en tus afectos?
–Sí, pero me preocupo que la otra persona siempre sepa que puede contar conmigo.

–¿Te entregas a los demás?
–Me cuesta. Me cuesta mucho, pero lo estoy trabajando.

–¿Qué es lo que te cuesta?

–Es que siempre creo que lo mío no es tan importante y que lo puedo resolver sola. Básicamente es eso.

–¿Autosuficiente?
–Sí.

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