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Jueves, 27 Julio 2017
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Convivir antes del matrimonio

Nicole Cafatti

Mientras pensaba sobre este tema e intentaba analizar las nuevas formas de relacionarnos en pareja, no pude dejar de preguntarme cuánto hemos cambiado nuestra percepción sobre esto a lo largo de los años. Probablemente un romance como el narrado en “Romeo y Julieta” en el siglo XXI habría durado más tiempo y no tendría que terminar con la muerte de sus protagonistas. Incluso, es posible que la opción de convivir protegiera la vida de estos personajes, aunque al parecer no los habría salvado de un potencial divorcio.

“Convivir o no convivir he ahí el dilema…”.

Hace muchos años que la cohabitación ha aumentado significativamente en el mundo y Chile no se queda fuera. La cifra de personas convivientes se ha triplicado en las últimas décadas, siendo la realidad de cerca del 15% de las parejas chilenas. Además, ha aumentando su aceptación social a un 78%, llevando así el tema a nuestras mesas. Siendo hoy una de las alternativas más conversadas por las parejas al momento de pensar en algún proyecto en común, pero ¿será recomendable?

Hasta hace muy poco, la ciencia centraba gran parte de sus argumentos en los contras de esta conducta. Destacándose que la convivencia previa al matrimonio podría generar una disminución en la calidad de la relación y aumentar la probabilidad de divorcio. Sin embargo, los últimos estudios de la Universidad de Ohio afirman que existen factores que permitirían que las relaciones matrimoniales duren más tiempo luego de una cohabitación.

Al analizar esto, lo que realmente llamó mi atención no fue el cambio drástico que se está dando en los resultados, sino que aunque los estudios durante años dijeran que convivir podría ser una mala alternativa, al parecer las parejas no prestaron atención y las cifras de cohabitación aumentaron y siguen aumentando. ¿Quizás estas investigaciones analizan el presente en base a las conductas que se tenían en el pasado? ¿Quizás las parejas están viendo algo que estas investigaciones no ven?

Es verdad que las relaciones de cohabitación actualmente no son equivalentes a las de un matrimonio tradicional. Eso es tan evidente, como el hecho de que debemos nombrarlos de maneras diferentes para poder clasificarlas. Sin embargo, esto no quiere decir que no pueda modificarse nuestra concepción actual y desarrollarse una nueva. De hecho, antiguamente este tipo de relaciones eran llamadas “concubinato” haciendo alusión a una posición inferior de uno de los miembros, siendo el matrimonio la forma de entregar “igualdad”. Pasando luego a una “unión libre” como una especie de unión voluntaria que contrastaba la impuesta por el matrimonio. Actualmente es aceptado el término “unión de hecho”, que presenta una libertad frente a algunas de las visiones todavía dadas por el matrimonio. ¿Quién sabe cómo lo reconozcamos en unos cuantos años más?

Ahora bien, ¿será esto relevante? ¿Es nuestra forma de nombrarlo o clasificarlo lo que determina la calidad de la relación o habrá algo más? Parece ser que así como un matrimonio sin convivencia previa no asegura una relación feliz y duradera, una relación “tanteada” por la convivencia tampoco. Entonces ¿en que debemos fijarnos o dejar de fijarnos?

Parece evidente que las convivencias sean matrimoniales, prematrimoniales, postmatrimoniales o sin pensar en el matrimonio, requieren de mucho más que solo decidir si debemos o no convivir para ser duraderas. ¿Podría ser que lo realmente relevante se centre en escoger bien con quién decidiremos convivir, más que el tipo de convivencia? De ser así, la alternativa de poder generar un aprendizaje o conocimiento más cercano al otro podría ser una buena alternativa. Pero ¿cómo decidimos obtener este conocimiento entonces?

Creo que esa decisión debería depender de cada persona y la conducta de las parejas en los últimos años nos demuestra que hay tantos tipos de proyectos de vida en común, como personas que las viven. Sin embargo, considero que la ciencia ha logrado contribuir muchísimo, quizás no tanto en exactitud, pero sí al permitirnos “tolerar” socialmente las diferencias de opiniones. Lo que sin duda es un gran aporte para nuestra posible felicidad.

Si estás pensando en convivir con tu pareja, puede ser un buen consejo preguntarte: ¿Qué tiene qué estar presente en su relación para lograr que sea buena para ustedes? En vez de centrarnos en la forma, podríamos enfocarnos en el fondo y preguntarnos qué necesitamos para que se mantenga viva.

Quizás, si pensamos así, logremos disminuir los temores asociados a nuestras decisiones e innovar con formas de vidas ideadas para nosotros mismos, con nuestras reglas y matices. Donde lograríamos desarrollar por ejemplo: un estilo “Shakesperiano-Disneyano”, que de paso podría ayudar a nuestros “Romeo y Julieta” postmodernistas a durar el tiempo que sea necesario durar para ser felices.

[Foto: BekiaPareja]

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