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jueves, 6 septiembre 2018
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Crashed 2018: La crisis que nunca terminó

En un nuevo libro, el prestigioso académico de la Universidad de Columbia Adam Tooze sugiere que el terremoto económico de hace una década es en gran parte responsable del mundo que vivimos hoy, Trump y Brexit incluido.

Por: Manuel Santelices / Fotos: Getty Images

Han pasado 10 años desde ese día de septiembre de 2008, cuando el colapso de Lehman Brothers desató una recesión económica que no solo dejó a Estados Unidos y a gran parte del mundo colgando de un hilo financiero, sino que, en el largo plazo, hizo que todos los aspectos de la vida civilizada fueran cuestionados, desde las actividades de la banca a las decisiones del gobierno.

Adam Tooze, historiador británico, académico de la Universidad de Columbia y ex profesor de historia económica en Cambridge y Yale, acaba de publicar un nuevo libro, “Crashed”, donde conecta el pasado y el presente, uniendo con una línea directa a esa crisis –que comenzó con las instituciones financieras de Estados Unidos y sus infladas hipotecas– a la crisis de la deuda europea y la actual desconfianza hacia la democracia liberal. Según su análisis, Brexit y Trump serían consecuencia inevitable de lo que sucedió ese año, el producto de la ira y el resentimiento de tantos que observaron cómo el gobierno, especialmente en el caso norteamericano, lanzó el dinero de los contribuyentes como un salvavidas a los bancos, mientras los mismos contribuyentes se hundían en la bancarrota y en deudas imposibles de pagar.

Será difícil olvidar el caos de esos días. Las imágenes de los empleados de las más grandes y respetadas instituciones de Wall Street abandonando sus oficinas mientras arrastraban cajas con sus pertenencias personales; los gráficos en caída libre en las bolsas mundiales; los primeros carteles de Occupy Wall Street, con cientos de manifestantes acampando en el downtown de Manhattan; la sombría certeza de que la gran promesa de Estados Unidos a sus habitantes, eso de que cada generación tendría una vida mejor que la anterior, había sido cuidadosamente traicionada.

La desigualdad económica, que en Norteamérica ha crecido progresivamente desde los años 90, quedó de pronto revelada en la forma más obscena, producto, sugiere Tooze, de una bomba de tiempo creada por la feroz competencia entre instituciones financieras de Londres y Nueva York. La presencia de lo que llama “grandes y raras personalidades” en la reunión de los G-20 en la capital inglesa en 2009 –el egocéntrico Sarkozy, el bufón Berlusconi, la moralista Angela Merkel– contribuyó a dar una sensación de inestabilidad, de que el mundo no estaba necesariamente en las mejores manos. El pánico dio paso al rencor y, al menos en Inglaterra y Estados Unidos, la palabra globalización comenzó a dejar a muchos con un sabor amargo en la boca.

El libro dedica parte importante de sus páginas al Presidente Barack Obama y su secretario del Tesoro, Timothy Geithner, encargados de la dura y poco gratificante tarea de mantener al sistema financiero en pie. Esa labor se cumplió y con creces, como recuerda el autor, permitiendo que incluso Citibank, que habría desaparecido completamente sin ayuda estatal, entregara “bonos” por un total de 5 mil millones de dólares a sus altos ejecutivos al año siguiente.

El anuncio de Obama de que en el futuro no existirían instituciones “demasiado grandes para caer” quedó en nada o, al menos, quedó sepultada debajo de la burocracia económica y las limitadas nuevas regulaciones.
Tooze se define a sí mismo como un liberal de izquierda y, por lo mismo, no es raro que no tenga palabras halagadoras para republicanos y conservadores. Estos son descritos en el libro como obstructores, responsables de políticas que han llevado al carísimo armamentismo de las Fuerzas Armadas y a interminables guerras que han elevado el déficit a alturas inimaginables en Estados Unidos. Su pasión por la falta de regulación –de la que George W.Bush y su vicepresidente, Dick Cheney, eran tan partidarios– puede ser nombrada como causa evidente de la crisis de 2008.

En un artículo sobre el tema en New York Magazine, el periodista Frank Rich señala que ese colapso y sus consecuencias tienen también que ver con la llegada de una nueva era. “En el ‘siglo digital’, a diferencia del ‘siglo americano’ que lo precedió, las grandes corporaciones no son admiradas como fuentes de trabajo, espíritu empresarial y productos tangibles que nos puedan enriquecer y empoderar a todos”, escribe en una edición reciente de la revista. “En cambio, son vistas como cajas negras impenetrables donde nuestros más íntimos secretos son comprados y vendidos para aumentar aún más los bienes de una súper clase de riqueza y privilegio obsceno, en un mercado oculto detrás de un cordón de terciopelo que transa en criptomonedas”.
La frustración de grandes sectores –sumado, en especial, a la confusión y desconfianza de los mayores, los con menos educación y los más pobres respecto a las nuevas reglas impuestas por la globalización– hizo que la crisis financiera se convirtiera años después en una política. Trump, con sus juramentos de que hará “América grande nuevamente” (¿grande como cuándo?, se preguntan muchos. ¿Como en los ’50, con sus violaciones a los derechos civiles de las minorías? ¿Como en los ’60, con la guerra de Vietnam?) hizo un canto de sirena que fue sorprendentemente acogido en Estados Unidos.

En Inglaterra sucedió algo parecido con Brexit, con dos entusiastas anti Unión Europea –el ex canciller Boris Johnson y el ultraconservador Nigel Farage– a la cabeza.

El hipócrita y autocrático grito de revancha de estos populistas se ha esparcido como pólvora a ambos lados del Atlántico, cambiando radicalmente la vida de todos. O casi todos, debiéramos de decir. Los ejecutivos de los grandes bancos continúan, una década después de la catástrofe, tan tranquilos como siempre. //@revistacosas

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