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lunes, 10 septiembre 2018
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Daniel Platovsky: "No se puede vivir con odio toda la vida"

Este empresario, y quien fuera amigo cercano a Piñera, sorprendió cuando dijo que se sentía parte de los “cómplices pasivos”. En franca distancia con sectores de la derecha, aquí sostiene que “mi generación todavía no es capaz de reconocer las violaciones a los derechos humanos”.

Por: Claudia Alamo / Fotos: Bárbara San Martín

Para el empresario Daniel Platovsky, la palabra “memoria” no es nueva. Tampoco lo son “odio” y “reconciliación”. No son frases que empezó a escuchar en 2013, cuando fue nombrado parte del directorio del Museo de la Memoria. Esas palabras están alojadas en su propia memoria. Las recibió de boca de su padre, Milan Platovsky, un empresario chileno-checo, de origen judío, que llegó a Chile en 1950, tras ser un sobreviviente directo del Holocausto.

Daniel y sus dos hermanos crecieron sabiendo que su padre conoció el horror desde muy cerca. Pasó cuatro años en campos de concentración. Mataron a su madre. Mataron a su único hermano. Solo él logró sobrevivir.“Mi abuelo murió justo cuando entraron los nazis a Checoslovaquia. Le dio un infarto de puro nervio porque sabía lo que venía. Y luego murió mi abuela, mi tío... Mi padre fue el único sobreviviente de la familia. Sufrió lo inimaginable. Muchos años después, decidió que no podía seguir con el odio contra los alemanes.

Tanto es así que uno de sus mejores amigos y socio de toda la vida fue Guillermo Schiess. Obviamente, él no fue miembro de la juventud nazi ni nada por el estilo, pero sí fue miembro del Ejército alemán y peleó en la guerra. Ambos supieron resolver ese tema. Más aún: esa amistad los ayudó a desprenderse del odio. Mi padre puso su energía en construir un futuro mejor. Eso es lo que hoy nos falta aquí”, reflexiona.

Luego, muchos años más tarde, vendría otro episodio doloroso para la familia Platovsky. En 1972, en pleno gobierno de Salvador Allende, don Milan se autoexilió en México junto a su mujer y dos de sus tres hijos. Un año después, regresaron. “Yo era un agradecido de los militares”, rememora Daniel. “A nosotros Allende nos expropió la empresa. Nos tuvimos que ir del país”.

Quizá por lo mismo, sus recientes declaraciones a la periodista Mónica Rincón, de que probablemente había sido parte de los “cómplices pasivos” durante la dictadura, generó tanto impacto. Daniel Platovsky tomó total distancia de la derecha. Él cree en la necesidad de reconocer a las víctimas y decir que los horrores de la dictadura militar no pueden volver a producirse nunca más.

–Lo que pasó con el Museo de la Memoria mostró una herida que parecía cerrada. ¿En Chile viven dos mundos irreconciliables?

–Hay una herida abierta, pero siento que hay mucha gente que quiere terminar con el odio. Y eso es lo que el país necesita. Estamos en un momento especial. A 45 años del golpe militar, estamos llegando al momento en que es posible una reconciliación.

–Convengamos que la reconciliación ha resultado esquiva...

–Sí. Pero la creo posible. Aquí pasaron 45 años. Hay una nueva generación de jóvenes que está mucho menos ideologizada. Hoy día el debate, incluso político, es más valórico que ideológico. Se habla de educación gratis, de igualdad en derechos de la mujer, del derecho al aborto, del derecho de los homosexuales a casarse. No estamos discutiendo si el Estado va a aumentar su participación en los medios de producción. Eso ya no existe. Entonces, en un debate valórico, los derechos humanos son esenciales. Y si vemos a Gabriel Boric, ahí hay un ejemplo de que esa generación es capaz de hacerlo.

–¿Y dónde está el Boric del otro lado?

–Está Hernán Larraín, Evópoli. Las nuevas generaciones observan de otro modo lo que pasó. Lamentablemente, la mía todavía no es capaz de reconocer las violaciones a los DD.HH., aunque muchos amigos me han llamado y me han dicho “ahora entiendo”.

–¿Cuándo entendiste tú?

–La sensibilidad por la violación a los derechos humanos la he tenido toda la vida. Pero en el caso de la dictadura en Chile, el primer golpe lo sentí con la Comisión Rettig. Luego con el Informe Valech. La cruda información que había ahí, tomó forma. Ya no era posible decir que eso nunca pasó.

–Pero hay un sector importante que lo relativiza o lo niega incluso...

–Así es. Pero la aceptación es un proceso en curso. No sé si mi generación logre hacerlo porque, obviamente, es un proceso complejo. No es llegar y decir: “Sí, lo reconozco”. Es reconocer que uno también se equivocó.

–¿Cuál es la resistencia a reconocer?

–De alguna manera, justifican el hecho con una causa entre comillas. Dicen que algo lo provocó, que fue necesario. Yo pienso que ahí está la mayor equivocación. Cuando se den cuenta de que un atropello a los derechos humanos no tiene explicación; que el Estado no tiene derecho de detener, torturar ni matar a ningún ciudadano por razones políticas o por el color de la piel, por religión… va a cambiar la percepción.

–Ahora, tú eres una excepción en ese mundo de la derecha.

–Soy el negrito de Harvard... Fuera de broma, puede ser que los otros no hayan tenido mi exposición pública, pero no sería tan tajante. Hay mucha gente en la derecha que reconoce el atropello a los derechos humanos.

–¿Y no será que hoy, la reconciliación es como imposible?

–Aquí debe haber una reconciliación de ambos lados. Tanto la derecha como la izquierda tienen que reconocer lo que pasó. Así como quienes apoyamos a la dictadura militar, en algún momento tenemos que reconocer que hubo atropello a los derechos humanos y que no tiene ninguna justificación, también por la izquierda, por el Partido Comunista chileno, deben reconocer que fueron cómplices pasivos en la violación a los derechos humanos, empezando por la Unión Soviética en su momento y con lo que hoy sucede en Venezuela, Nicaragua. Ellos también deben reconocer su responsabilidad.

–¿Falta pedir perdón en Chile?

–Sí, pero de ambos lados. Falta decir: “Todos nos equivocamos”.

–Hay un tema con la memoria y el olvido. Esa es una tensión constante en aquellas sociedades con quiebres…

–Hay varios estudios que dicen que para superar esos traumas deben pasar muchas generaciones. Por ejemplo, el Holocausto para las familias judías es un tema que está presente hasta la tercera generación. Y puede ser que en el caso nuestro también sea así. O sea, quien tiene un hermano, un tío, un abuelo que fue asesinado por agentes del Estado, pucha que es duro. En el acto que se hizo en el Museo de la Memoria, se me acercaron muchos familiares y vi que sienten un alivio cuando alguien les dice: “Lo siento, esto no debería haber pasado jamás”. ¿Sabes por qué pasa eso?

–No...

–Mi padre me dijo alguna vez: “No se puede vivir con odio toda la vida”. El odio desgasta tu ser, tu alma, tu espíritu. El odio destruye. Te destruye a ti mismo. Y eso es un problema que también tienen los familiares, no pueden vivir con ese odio para siempre, pero hay que ayudarles a deshacerse de él. Terminar con ese sentimiento es tarea de todos.

–No debe ser simple esa decisión de combatir la rabia, ese dolor…

–Para nada. Pero si mi padre, por ejemplo, hubiese quedado atrapado en el odio, se habría destruido. En cambio, era un eterno optimista.

“PIÑERA MÁS POLÍTICO”

–Luego de la discusión del Museo de la Memoria, se plantea hacer un Museo de la Democracia. ¿Te parece bien o es como un empate?

–Creo que es más bien político. Al final, es un tema que le corresponde a los historiadores, filósofos, pensadores. Pero ponerse de acuerdo va a ser muy difícil.

–¿A quién quiso calmar Piñera con el Museo de la Democracia?

–Bueno, tiene gente dentro de su coalición que quiere justificar. O cree que es necesario justificar lo que pasó.

–Sebastián Piñera de ahora, ¿es distinto del que habló de cómplices pasivos en su primer gobierno?

–Es un Piñera mucho más político. El Piñera del primer gobierno era un gerente general. Se ocupaba de hacer cosas. Ahora está muy consciente de que es el Presidente de todos los chilenos, pero, además, sabe que tiene una coalición a la cual también debe satisfacer políticamente. Son los que lo llevaron a ser candidato.

–¿Hoy día es más pragmático?

–Sí. La decisión que tomó con Mauricio Rojas fue pragmatismo puro. Se dio cuenta de que como ministro no iba a llegar a ningún lado.

–Punto al margen, ¿siguen siendo amigos con el Presidente Piñera o es difícil con un cargo así?

–(...)

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