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martes, 12 junio 2007
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Desde París, Carmen Castillo: “Volví a creer en el ser humano”

 

En el documental “Calle Santa Fe”, que tuvo una emotiva recepción en el Festival de Cannes, la cineasta y ex militante del MIR mira hacia el pasado a través del presente, encontrando luz y bondad en medio del mal. Pero sin dejar de cuestionar la sociedad actual.

L a vida de Carmen Castillo Echeverría cambió para siempre en la casa de calle Santa Fe 725, donde vivió junto a Miguel Enríquez y las hijas de cada uno. Pero no era una joven familia cualquiera, como veían los vecinos, con dos niñitas y otro bebé en camino. Se trataba del líder del MIR, que llevaba más de un año de resistencia clandestina cuando, el 5 de octubre de 1974, su escondite cayó. Y ellos también. Primero Carmen, embarazada, herida por una granada. Al verla, Enríquez no huyó y terminó sucumbiendo a las balas.


Casi 30 años se demoró la hoy cineasta Carmen Castillo en regresar a ese lugar de la comuna de San Miguel para reencontrarse con su historia y, por primera vez, ver no sólo la tragedia, sino también la bondad –de algunas personas– que le permitió sobrevivir. Hoy, ese retorno y el encuentro con quien la salvó están plasmados en el documental “Calle Santa Fe”, presentado en la selección oficial Un Certain Regard del Festival de Cannes, donde cautivó a un público internacional y de toda edad. “Creo que ese primer encuentro con el público muestra que hay una necesidad de conocer y contar historias que tienen que ver con la esencia de la vida, la muerte, la lucha, el amor. En ese sentido lo logramos”.
–¿Qué te decidió a hacer esta película?
–Es un largo caminar de regreso. El shock al saber, al fin, quién me salvó la vida. Saber que mi vecino Manuel, corriendo riesgo de su vida, me recogió del suelo y me llevó al Barros Luco. Voy a cambiar completamente mi visión de la historia. Es un vuelco del mal al bien. Durante muchos años estuve obsesionada con el mal y su banalidad, la tortura, las figuras de la destrucción. Me di cuenta de que en el fondo los gestos de bien son muchísimo más interesantes dramática, narrativa y filosóficamente. Eso es lo que me provocó el deseo de filmar, de interrogar nuestra historia colectiva. Busqué a mis amigos sobrevivientes del MIR, y en ese diálogo con ellos me reencontré con Chile. Con el Chile invisible. Con el presente.
–¿Cómo determinaste el tono entre testimonio y narración, entre mirada hacia atrás y hacia adelante?
–“Calle Santa Fe” es un objeto fílmico difícil de definir, porque es una historia normal de amor, con suspenso, muerte, tragedia. Es la gran historia y la pequeña historia que se cruzan en una familia, en un personaje. Pero, al mismo tiempo, es una película que trata del pasado sin nostalgia. En sí mismo, el pasado como eterno retorno al lugar de la muerte no constituía un motor suficiente para dedicarle cuatro años de mi vida. Lo que me dio fuerza para hacer “Calle Santa Fe” fue el ahora, la paradoja del presente del Chile democrático, las zonas de oscuridad, la energía emergente de militantes jóvenes que recogen la memoria del MIR, pero sin caricaturizarla y sin copiarla.
–¿Cómo se conjuga lo público de la historia del MIR y Enríquez, con lo privado?
–Para mí, Miguel Enríquez es un revolucionario. ¿Cómo se habla de un revolucionario hoy, en que la figura del terrorista es dominante? ¿Cómo se puede interrogar el acto de resistencia de un ser humano? Algunos pensarán que fue un acto inútil. Ese era el motor de la película. Lo que hicimos, su muerte, la muerte de todos… ¿fue por nada? Ahí busqué a Hannah Arendt, a Spinoza, a Deleuze. Busqué lo humano. No se entiende a Miguel Enríquez si no se entiende el contexto de los años 60, 70 y cómo éramos. La libertad que teníamos, la autonomía de las mujeres, la capacidad de asumir hijos, trabajo, militancia… Es un período de una intensidad de vida que no se puede sacar del contexto.
–¿Qué querías lograr con este filme?
–Miguel Enríquez es un ser humano con su biografía, pero no me interesa contarla. No creo ser la persona que pueda hacerlo. Lo que me interesaba era, a través de una mirada amorosa –puesto que era el hombre que amaba y que murió–, lograr una identificación con la narradora que interroga el día en que sus vidas se quiebran. Lo que viví en la casa de la calle Santa Fe durante 11 meses es todo lo que podía esperar de una vida. Es la plenitud.

Imágenes de sus años con Miguel Enríquez; análisis y sentimientos de hoy puso Carmen Castillo en este documental recién estrenado.

 

Los costos y la muerte

–¿Qué crees que pasará en Chile?
–Creo que gran parte de la sociedad va a tener ganas de ver la película. Pero en la ideología dominante palabras como amistad, solidaridad, fraternidad, justicia social, compromiso…, creo que no se entienden. Y pienso que el amor, la pasión de querer cambiar el mundo, resistir al mal; la generosidad, la alegría de la vida colectiva… son temas universales y de siempre. No están sólo ligados a una memoria chilena que tenemos olvidada o queremos olvidar.
–¿“Calle Santa Fe” es una etapa del duelo o la pudiste hacer porque terminó el duelo?
–Creo que estos duelos no terminan nunca. La muerte del hombre que amas, de un hijo; el exilio, la lejanía de la familia, la desaparición de tu mundo, de tus amigos… no tienen consolación. “Calle Santa Fe” no arregla nada de eso. Hay que aprender a vivir con los muertos y con la ausencia. Convivir y reaprender. Dejas de tenerle miedo a tu propia muerte y entras en una suerte de convicción de que la vida está llena de muertes. Y al lado de esa convicción de tranquilidad, de serenidad, “Calle Santa Fe” es la apertura total a la vitalidad del presente. Me vuelvo a enamorar de Chile, de una lucha, de un proyecto.
–Un tema muy presente en el documental es la dificultad de conjugar maternidad y activismo político. ¿Cómo lo has vivido?
–La realidad del compromiso político no es bonita. Implica costos que no se pueden ocultar. A saber, abandonar los hijos; dejarlos como yo dejé a Camila (su hija con Andrés Pascal). Conjugar ser mujer y militante implica cosas muy difíciles y dolorosas, y no podemos dejar de plantear que el derecho nuestro a combatir haya implicado tanto dolor en nuestros hijos y costos para nuestros padres. Los hijos nos dicen, algunos, que fue un error muy grande que los hayamos dejado. Otros viven como pueden esa experiencia. Y unos terceros reivindican y recogen ese legado criticándolo, porque cada cual hace con las herencias algo propio.
–¿Qué sentiste al encontrarte con la persona que te salvó la vida?
–La visión cambió, se iluminó la realidad, el pasado, el presente de otra manera. Encontrar el rostro de Manuel, su mirada, su belleza, su postura, su humildad, su convicción de hacer el bien, que no reivindica para nada… ¡es extraordinario! Entonces se me dio vuelta todo. Después fui al Hospital Barros Luco y reencontré a la enfermera que avisó a mi tío Jaime Castillo que estaba viva; encontré al médico que empezó a ponerme sangre, que me separó de la DINA unos minutos. Es como que se poblara mi vida de nuevo. Había tenido fantasmas, especies de monstruos, y de repente ¡paf!, empezó a poblarse de gestos de humanidad, y volví a creer en el ser humano. ?

Pamela Biénzobas Saffie, desde París
Fotos: Tomás Castillo y Elisa Lipkau

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