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martes, 8 noviembre 2016
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DYLAN Y EL NOBEL, LA PROTESTA ES LA MISMA

Por: José Manuel Simián

Como es tradición, el razonamiento de la Academia sueca para entregar el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan fue breve: se lo merecía por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Apenas disparado e l anuncio, los desinformados alegaron sorpresa (Dylan era candidato serio al premio hacía dos décadas, aunque nunca fuera favorito) de que se le hubiese entregado a un “cantautor”, sorpresa que luego se transformó en crítica y –cómo no– chanza. Las críticas serias se centraban en dos argumentos: por un lado, que por muy poéticas que fueran sus creaciones, eran canciones y no “literatura”, y que el premio debían habérselo dado a un escritor hecho y derecho; y por otro, que Dylan no necesitaba el reconocimiento ni el dinero, recursos que habrían beneficiado mucho más a la humanidad y a la cultura si se los hubiesen dado a un artista menos conocido. (Otros argumentos más torpes, como el de un crítico local que apeló a su propia colección de CDs para valorar la obra de Dylan, no merecen mucha atención).

Por astucia o por flojera, ninguno de los propulsores de esta idea de que la literatura es necesariamente impresa y no incluye a los versos cantados ha intentado refutar el razonamiento de la Academia, es decir, que Dylan ampliara el campo de la expresión poética dentro de la canción estadounidense. No es aventurado suponer que ello se deba a que nunca hayan escuchado en serio las letras de las canciones de Dylan, sino también a que no tengan la más peregrina idea de qué podría ser la tradición de la canción estadounidense.

Parece majadero tener que volver sobre la misma historia, porque ya ha sido contada de todas las formas posibles, pero aquí estamos: Dylan comenzó su carrera dentro de la tradición de la canción folk (que es, a su vez, una suma de varias tradiciones estadounidenses, incluyendo las baladas de los Apalaches, el country, el bluegrass y los spirituals), aunque enmarcado dentro del “revival folk” –de aires más urbanos, bohemios y políticos– que bullía a fines de los 50 y comienzos de los 60 en el Greenwich Village de Nueva York. Ahí fue, precisamente, donde se dirigió Dylan en enero de 1961, luego de cambiarse el nombre y dejar sus estudios universitarios en Minnesota. A poco de aterrizar en el Village, comenzó a hacerse un nombre en la escena, no solo por su talento como intérprete y por absorber todas las influencias musicales y literarias que se le cruzaban, sino por sus propias creaciones. Pronto había comenzado a inyectarle a las canciones de protesta que dominaban el imaginario del folk sesentero imágenes y giros más poéticos que los de sus pares, un humor irreverente y hasta técnicas copy-paste del arte visual de vanguardia.

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Pero no era solo que Dylan tuviera talento para las metáforas (aunque versos como “el fantasma de la electricidad aúlla en los huesos de su cara” sigan deslumbrando una y otra vez). El ataque revolucionario de Dylan sobre la canción durante su carrera no se ha limitado a un solo aspecto del formato. Musicalmente, no se restringió a un género específico (del folk pasó al pop, el rock, el country y más, hasta fundirlos todos en su propia versión de lo que hoy se llama “americana”), mientras que en términos líricos, sus aportes son incalculables: escribió himnos de protesta que se hicieron clásicos casi de inmediato, mezcló la imaginería rural estadounidense con el paisaje de la ciudad (“Subterranean Homesick Blues”), fue pionero del flujo de conciencia en la canción pop (su trilogía de discos ’65-’66), escribió desde la perspectiva del amante que se va en vez del abandonado (“Don’t Think Twice, It’s Alright”), rompió el molde de las canciones de 3 minutos con una que duraba el doble y se escuchaba como una película de Godard (“Like a Rolling Stone”), reconfiguró mitos del Oeste (John Wesley Harding), compuso un disco conceptual sobre el divorcio que hoy todavía se escucha como una novela cubista (“Blood on the Tracks”), sentó las bases de la música moderna de raíces estadounidense (“The Basement Tapes”), fundió su cristianismo con el panteísmo (“Every Grain of Sand”), escribió las mejores canciones rock sobre ser un hombre que se asoma a la tercera edad (“Time Out of Mind”), fundió su cristianismo con el panteísmo (“Every Grain of Sand”), escribió las mejores canciones rock sobre ser un hombre que se asoma a la tercera edad (“Time Out of Mind”), y mezcló a Whitman, a Shakespeare y a una novela sobre la yakuza con un trasfondo del sur estadounidense (“Love and Theft”).

En todo ello, Dylan simplemente fue el primero o lo hizo mejor, pero nadie, absolutamente nadie, ha hecho todo esto junto, y la de arriba ni siquiera es una revisión exhaustiva de su trabajo. Porque, a fin de cuentas, lo sorprendente en los tiempos en que vivimos sería que si alguien tan fuera de serie como Dylan recibía el Nobel, nadie se hubiera quejado. Mal que mal, el desconcierto, la ignorancia y el reclamo han sido quizás la mayor constante en la carrera de Dylan (que tampoco ha adolecido de altibajos). Por eso, cuando se anunció el Nobel, apenas comenzamos a escuchar –para usar un giro dylaniano– el “viento idiota” de las críticas, vino al caso acordarse de lo que le respondió Dylan a un reportero de Rolling Stone en 2012, cuando lo habían acusado de “plagio” por meter en algunas de sus canciones de Modern Times versos del poeta de la Guerra Civil estadounidense Henry Timrod: “Todos pueden hacerlo, menos yo”, dijo, refiriéndose a la tradición de trabajar sobre los versos de otro.“Las reglas son distintas cuando se trata de mí”, sentenció antes de enviar literalmente a los “quejicas” que lo han atacado por cada uno de sus cambios y logros artísticos a “pudrirse en el infierno”.

“Trata de hacer lo tú mismo”, agregó en el mismo respiro,“y ve cuán lejos llegas”. //@revistacosas

[Fotos: Getty Images]

 

 

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