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viernes, 21 diciembre 2018
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Gente: El caos de Europa

Por: Manuel Santelices/ Fotos: Getty Images

El año no podría haber terminado peor en Europa, donde Francia, Gran Bretaña y Alemania enfrentan crisis que, al cierre de esta edición, parecían difíciles de solucionar. En cierto modo, inevitablemente, los conflictos internos de los tres países están directamente relacionados con el futuro del continente y, para ser más exactos, del eurocentrismo.
Inglaterra todavía no llega a un acuerdo claro sobre cómo articular su salida de la comunidad europea, un asunto que tiene tanto a ingleses como europeos hirviendo en frustración y que casi le costó el puesto a Theresa May, que obtuvo un voto mínimo de confianza de parte de su partido la semana pasada, pero que sin duda verá su plan para Brexit desmantelado hasta hacerse inexistente. La Primer Ministro pasó 20 meses preparando el plan y dos semanas tratando de convencer al Parlamento no solo de que era un buen plan, sino el único plan posible. El voto, largamente agendado, fue finalmente suspendido por ella misma, convencida de que no obtendría los votos necesarios para su aprobación.

Su popularidad está a los niveles más bajos de su carrera, incluso dentro de su propio partido, y analistas de lado y lado auguran que su fin no está en duda y que este será más temprano que tarde. Vale recordar que la May recibió un gigantesco y trágico mandato desde su primer día en 10 Downing Street –Brexit–, el que tiene profundamente dividido al país desde su referéndum. Los grandes promotores del abandono de Inglaterra a la Unión –el bufón Boris Johnson, el caricaturesco conservador Nigel Farage– dejaron el barco hace ya un tiempo, concentrándose en cambio en sus respectivas carreras políticas y sus constantes aparición en televisión.

Al otro lado del Canal de la Mancha, en Francia, el que en un momento fue considerado el niño prodigio de la política francesa, Emmanuel Macron, se encuentra ahora cercado por una de las peores revueltas sociales que el país haya visto en décadas. Un sábado detrás de otro, miles de manifestantes, luciendo chaquetas amarillas, han comenzado a descender sobre París como avispas sobre la miel, trayendo consigo el zumbido de la ira, el cansancio y la indignación que les produce ser liderados por un Presidente que, según muchos, es sordo y ciego frente a las tragedias del hombre común.

Todo comenzó por un impuesto a la gasolina ligado, en parte, a la decisión del Elíseo de cumplir con sus compromisos con el Acuerdo de París y contener la emisión de gases contaminantes. Esa fue la gota que rebasó el vaso para amplios sectores que, lejos del glamour parisino, hundidos en lo que solo puede ser descrito como pobreza, decidieron salir a la calle a protestar. Esa chispa inicial se ha convertido en las últimas semanas en unA hoguera que alcanza muchos otros aspectos, incluyendo el eurocentrismo y globalismo de Macron que, a ojos de los manifestantes, pone en segundo lugar los intereses de Francia y los franceses. Desde la Casa Blanca, el Presidente Trump –siempre atento a cualquier oportunidad de alentar a su base nacionalista (una palabra de la que se ha apropiado sin problemas, a pesar de su cargado significado)– pareció alinearse con los indignados, señalando que el Acuerdo de París era el culpable de todo este alboroto.

El acuerdo, por su parte, fue ratificado por cerca de 200 países el fin de semana pasado en Polonia, un extraño signo de unidad en estos días de división, que hizo que Michael Kurtyka, presidente de la conferencia organizada por Naciones Unidas, saltara sobre su escritorio y comenzara a bailar de alegría.

En su última versión, las protestas en París parecieron haber perdido algo de fuerza, en parte porque Macron hizo enormes concesiones a los requerimientos de los manifestantes. Eso, claro, tiene un costo. Puede que los Campos Elíseos estén ahora en relativa calma, pero el Presidente ha quedado políticamente debilitado al punto que muchos ponen en duda su supervivencia.

En Alemania, Angela Merkel, que ha sufrido numerosas derrotas en los últimos meses, que ha sido ampliamente criticada dentro del país, y que, aun así, sigue siendo considerada una de las figuras claves en el escenario político mundial, celebró una victoria al conseguir que su protegida, Annegret Kramp-Karrenbauer, de 56 años, (la prensa local ya la llama AKK) fuera elegida como su sucesora en el liderazgo del Partido Unión Demócrata Cristiana, el más grande del país. La Merkel ocupó ese puesto durante 18 años y, desde ahí, ha permanecido como canciller de Alemania durante casi 14. Según ha dicho, planea cumplir totalmente su próximo período, que dura hasta 2021, una decisión que probablemente no será objetada por Kramp-Karrenbauer.

La fortaleza política de la canciller se vio profundamente afectada luego de abrir las fronteras alemanas a más de un millón de refugiados del Medio Oriente y el mundo árabe. Su sucesora se ubica a su derecha en muchos aspectos, incluyendo su oposición al matrimonio gay y al aborto. Pero Kramp- Karrenbauer heredará de la Merkel un sitio único en una plataforma global donde abunda crecientemente el machismo y el ego, con líderes como Vladimir Putin y Donald Trump. Solo queda ver si la nueva líder tiene la “sang froid” que le permitió a Merkel imponer su visión en los momentos más conflictivos y confusos de la historia reciente. //@revistacosas

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