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Viernes, 21 Abril 2017
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Elecciones en Francia, ni verdad ni lealtad

Por: Pamela Biénzobas/Foto: Getty Images

Entre el momento de cierre de este texto, su publicación y luego de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, el domingo 23 de abril, todo puede pasar. No solo porque los sondeos de opinión han perdido toda credibilidad en el último año entre el referéndum acerca del Brexit, las elecciones presidenciales estadounidenses e incluso las primarias en Francia tanto de derecha como de izquierda, donde contra toda predicción salieron vencedores respectivamente François Fillon y Benoît Hamon, sino también porque la actual campaña de los aspirantes a suceder a François Hollande (once en total, aunque seis de ellos con porcentajes mínimos en las intenciones de voto) ha sido tan rocambolesca que llega a parecer una exagerada telenovela política, con traiciones y escándalos, y dos de los candidatos más fuertes, la ultraderechista Marine Le Pen y el representante de la derecha clásica François Fillon, envueltos en casos de corrupción pero, aun así, manteniéndose en la carrera, haciéndose las víctimas de conspiraciones y hablando sin chistar de probidad.

Otra gran dificultad de cualquier intento de proyección es precisamente el inquietante fenómeno que pareciera dominar la política a nivel mundial: los hechos nunca habían importado tan poco frente a los afectos y las creencias. La razón y la información han quedado relegadas a un plano de detalles molestos que basta con negar para hacer desaparecer. Que lo digan los británicos, en plena resaca de la “victoria” del Brexit, cuyos principales promotores salieron arrancando, negándose a hacerse cargo del monstruo que habían creado; con editorialistas que habían martillado el discurso pro salida arrepintiéndose públicamente cuando era demasiado tarde, y con la explosión de consultas en Google sobre qué era la Unión Europea y qué significaba dejarla... al día siguiente del voto. El que ellos estén viviendo las consecuencias del reino de la pasión por sobre el de la razón, no impide a la “pro Brexit” Marine Le Pen usarlos como un magnífico ejemplo de lo bello que sería dejar “la dictadura de Bruselas”, provocando perplejidad al otro lado de La Mancha.

Con la campaña y presidencia de Donald Trump se ha puesto de moda el concepto de la “post-verdad”, y por muy cartesianos que se autodenominen los franceses, no han escapado a la tendencia. Más allá de las clásicas declaraciones aproximativas o derechamente falsas con que los políticos siempre han tratado de adaptar la realidad a sus programas –y que Twitter, con su alcance masivo, ha facilitado tanto–, François Fillon también ha estado probando la técnica de inventar hechos que no se sabe de dónde salieron. Por ejemplo, acusando a los medios de comunicación de haber anunciado que su esposa Penélope se había suicidado, algo de lo que no había la menor traza, o citando, para reforzar sus discursos sobre seguridad y apenas veladamente antimusulmanes, unos ataques contra mujeres por llevar faldas cortas, sin que nadie –ni siquiera la policía– supiera de qué estaba hablando. En la misma línea del empresario de la Casa Blanca que asegura sin la menor prueba que Obama lo tenía bajo escucha, Fillon ha denunciado la existencia de un “gabinete negro” en el Elíseo que habría orquestado todo el complot que lo tiene acusado, entre varias otras cosas, de haber usado dinero público para pagar cifras siderales a su familia por trabajos ficticios. Antes conocido por su actitud rigurosa y de “manos limpias” (que lo llevó a asegurar que, de encontrarse inculpado, retiraría su candidatura), e implacable y displicente ante la presión popular cuando era Primer Ministro bajo su archirrival Nicolas Sarkozy, Fillon no halló mejor respuesta frente al escándalo que llamar a una manifestación contra “el golpe de Estado de los jueces”.

Por su parte Le Pen, la populista y ultranacionalista defensora de las masas (solo las bien francesas, claro) explotadas por un sistema corrupto, que grita a los cuatro vientos que los demás políticos están “todos podridos”, se escuda en la vieja –y a veces increíblemente efectiva– estrategia de negar la realidad para desentenderse de los múltiples procesos en que están metidos ella y su partido. El más llamativo es el del uso de dinero del Parlamento europeo (ella, la gran detractora de la Unión Europea, es diputada en dicha asamblea, aunque rara vez se le vea por ahí) para pagar sueldos por empleos inexistentes a colaboradores cercanos. La otra ventaja de comer de la mano que tanto le gusta morder, es que su participación en ese Parlamento le asegura una inmunidad en la que se ha refugiado para oponerse abiertamente a comparecer ante una justicia que no le merece el menor respeto.

Así, esta campaña será recordada por el desprecio por el estado de derecho de dos de los pretendientes a dirigir el país con más intenciones de voto.

También será recordada como la campaña que vio desaparecer el clásico paisaje político francés: con derecha e izquierda estructuradas en torno a dos partidos principales (Les Républicains, como se rebautizó recientemente al ex-UMP de Sarkozy, y el Partido Socialista), con espacio para un centro que pacta con los más moderados de uno y otro campo, y unos extremos minoritarios, incluyendo el Frente Nacional de los Le Pen, hasta hace poco intratable. Hoy, en cambio, uno de cada cuatro franceses adhiere a su discurso populista y xenófobo.

Si se puede creer algo todavía a los sondeos, lo más probable es que en la segunda vuelta de las elecciones, el 7 de mayo, se enfrenten Marine Le Pen y Emmanuel Macron, el ex ministro de Economía (2014-2916), que nunca ha tenido un cargo electivo, pues venía de la banca (nada menos que Rothschild). Aunque trabajó bajo el actual Presidente, el candidato de 39 años se negó a participar en las elecciones primarias de la izquierda, y decidió presentarse por su cuenta creando el movimiento “¡En marcha!”, que él define como “ni de izquierda ni de derecha”. Por convicción y sobre todo por cálculo, el inexperto tecnócrata está reuniendo un amplio apoyo de quienes no saben a quién más apoyar, o que simplemente lo ven como la única opción realista para frenar a Marine Le Pen.

Así, por mucho que los bloques tradicionales hagan una profunda introspección y traten de reconstruirse, como toda geografía que ha sufrido un terremoto de proporciones, el paisaje político francés nunca será igual. La derecha tradicional está siendo rematada por Fillon, con su negativa a ceder su lugar a otro candidato. Tras su triunfo inesperado en las denominadas primarias “de la derecha y del centro”, donde se le veía llegar tercero, detrás de su políticamente cercano, pero personalmente opuesto Sarkozy y del más mesurado Alain Juppé, Fillon decidió que nadie le quitaría el privilegio de su candidatura –y de hecho su partido no podía hacerlo, legalmente–, y su obstinación está acabando de hundirlos. Hoy parece imposible recuperar el terreno que ha perdido, y no solo ante Macron. En estos momentos –aunque, nuevamente, todo puede suceder–, Fillon pareciera estar llegando incluso detrás del izquierdista Jean- Luc Mélenchon, ex socialista (y hoy anti PS), líder del movimiento “La Francia insumisa”. Como Mélenchon y Benoît Hamon, vencedor sorpresivo de las primarias de la izquierda, no quieren llegar a un acuerdo, esos votos están repartidos.

El despechado ex Primer Ministro Manuel Valls, que estaba seguro de ganar las primarias, ya anunció públicamente que se une Macron (aunque los dos egos no se soportan), pese a que al presentarse como candidato a las primarias se había comprometido a apoyar al vencedor. Y hasta el momento es un secreto a voces –que de aquí a las elecciones bien podría dejar de ser secreto– que, por cálculo frente a la popularidad de Le Pen, incluso el Presidente François Hollande apoya a Macron en lugar del candidato de su propio partido.Si alguien todavía tenía fe en el honor y la lealtad, la campaña presidencial de 2017 será recordada también como aquella en que la palabra empeñada perdió todo valor. Aunque lo más probable es que todo ello acabe por ser tan accesorio, que pase a la historia únicamente por lo más importante: su resultado final.

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