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viernes, 20 julio 2018
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En Estados Unidos, México y Colombia: El regreso del populismo americano

La llegada del carismático líder izquierdista Manuel López Obrador a la presidencia Mexicana se suma a la presencia de Donald Trump en Estados Unidos y de Iván Duque en Colombia, creando una ola populista que podría marcar grandes cambios en el continente americano. Sin embargo, advierten los expertos, no todos los populismos son iguales.

Por: Manuel Santelices / Fotos: Getty Images

Apenas se supo la noticia de la elección de Manuel López Obrador como nuevo Presidente de México, Donald Trump lo llamó para felicitarlo. Ambos conversaron aproximadamente 40 minutos en el teléfono y, según Trump, el trato fue cordial y acordaron trabajar juntos en temas de mutuo interés como inmigración y comercio.

Considerando el estado de las relaciones entre México y Estados Unidos –la más tensa en décadas– y que ambos personajes se ubican en rincones opuestos del ring político, el tono del llamado debería haber sido una sorpresa. Pero algo los une: los dos son populistas que ponen su propia agenda y pragmatismo político por sobre cualquier ideología. De hecho, la ideología en su caso es lo de menos.

A ellos se une Iván Duque, el joven nuevo Presidente de Colombia, de 41 años, protegido del ex Presidente Alvaro Uribe –otro notable populista–, que, como Trump, ha puesto la seguridad como tema básico de su plataforma presidencial.

No importa si están a la izquierda, como López Obrador, o a la derecha, como Trump y Duque, los tres son caudillos de corte tradicionalmente americano, es decir, incómodos con cualquier intento de chequeo en sus actividades públicas o privadas, desconfiados de la prensa, ambiciosos de expandir los límites de su poder y convencidos de que son ellos, y solo ellos, los que pueden sacar al país adelante y salvarlo de los riesgos que cada uno ha determinado son los más urgentes.

Igual como ocurrió en el caso de Trump –que al menos en dos ocasiones en el pasado había anunciado su candidatura sin obtener más que burlas–, López Obrador postuló a la presidencia tres veces antes de su triunfo. En una ocasión, el margen de su derrota fue tan pequeño, que él y sus partidarios bloquearon una de las principales avenidas de Ciudad de México durante meses como protesta. Pero a pesar de su evidente carisma y atractivo para cierto electorado, el mexicano fue a menudo considerado demasiado radical en sus ideas para llevar adelante un gobierno responsable. Ahora, sin embargo, las cosas han cambiado. Y no fue él el que cambió, fue el país, que desde hace casi una década lidia con records de violencia, desigualdad y, más que nada, corrupción.

Las promesas del candidato serán cumplidas por el Presidente, anunció el nuevo mandatario en cuanto se enteró de su muy anunciada elección. Su 53 por ciento de votos – más del doble de su contendor más cercano– le dan un mandato firme sin mayores contrapesos por el momento.

Las medidas anunciadas son las de un perfecto caudillo: terminar con los privilegios de la elite; reducir los ingresos de los ricos y aumentar los de los pobres; convertir el magnífico palacio presidencial en un parque abierto para todos; mejores pensiones para los viejos y becas estudiantiles para los jóvenes; 20 mil millones de dólares en ingreso nacional después de terminar con la corrupción, y un país seguro.

Curiosamente, Trump se mantuvo fuera de gran parte de la discusión durante la campaña presidencial en México. El Presidente norteamericano está simplemente satisfaciendo a su base electoral con su discurso antimexicano y su ambicioso muro, explicó López Obrador en más de una ocasión, quitando importancia a la rivalidad entre ambos países y a la que pudiera existir entre ellos en el futuro. Según dijo, México no tiene otra opción que mantener una buena relación con su vecino del norte; es una cuestión de supervivencia. A reglón seguido, no obstante, comentó que la inmigración latinoamericana a Estados Unidos le parecía “un derecho humano”, una frase que fue ampliamente criticada en medios conservadores norteamericanos, pero que no ha sido hasta ahora siquiera mencionada por Trump.

Lo que une a los dos presidentes es su sed de poder, la que solo puede ser satisfecha con buen matrimonio de conveniencia. El Presidente electo mexicano ha sido comparado en muchas ocasiones con su colega estadounidense por su carácter temperamental, su poca tolerancia a las críticas, su mensaje mesiánico y su desdén hacia la prensa. De hecho, varias organizaciones periodísticas y de derechos humanos han hecho evidente su preocupación respecto al futuro democrático de México, igual como ha sucedido en los últimos dos años en Estados Unidos.

Pero los dos hombres tienen también grandes diferencias. Trump creció rico y se convirtió en un multimillonario –o al menos eso dice él, aunque se niega a revelar su declaración de impuestos– gracias a una serie de suculentos negocios que no ha hecho nada para remediar su reputación de empresario poco escrupuloso y complicado. Su pasión por la fama, por el ego sometido a una constante adulación, su vanidad y su tendencia al autoagrandamiento ya son legendarias, igual que su poco respeto por los hechos reales y comprobables. Por último está su poco interés por la cultura en toda sus formas, a no ser que lo involucre a él como estrella de su propio reality show o mitín político, dos actividades que en su caso podrían ser fácilmente intercambiables.

López Obrador, por el contrario, ha sido siempre un político de corazón. La famosa periodista y escritora Elena Poniatowska recuerda haberlo conocido en su juventud, siempre hablando de su intención de llegar algún día a la presidencia.

Intelectual y con cierto temperamento artístico, estudió Ciencias Políticas y Políticas Públicas en la universidad estatal, se casó con una estudiante de sociología de Tabasco, Rocío Beltrán, y se unió a PRI en 1976 para colaborar en la campaña senatorial de Carlos Pellicier, un poeta que fue buen amigo de Pablo Neruda y Frida Kahlo. Mientras Trump se trasladaba a menudo en su “helicóptero Trump” o su “Trump Jet” y vivía en un opulento penthouse en la Quinta Avenida decorado como un mini Versalles, el mexicano, incluso desde las alturas de su cargo como alcalde de Ciudad de México, nunca dejó de manejar él mismo su viejo Nissan y, en una táctica ampliamente aplaudida, redujo su propio salario.

En un artículo publicado en The New Yorker la semana pasada, el prestigioso periodista y columnista Jon Lee Anderson recordó que la llegada de López Obrador a la presidencia mexicana pone punto final a 88 años en que la política del país estuvo controlada por dos partidos: el PRI y el PAN. También termina con la ola conservadora que hasta el momento vivía el resto del continente americano, y da inicio a lo que el propio Presidente electo, con su acostumbrada rimbombancia, llama “la cuarta transformación mexicana”, que sigue a la independencia del país del reinado español en 1821, las reformas liberales de Benito Juárez a fines del siglo XIX y la sangrienta revolución mexicana de comienzos del siglo XX.

En su artículo, Anderson advierte que es peligroso comparar al Presidente electo mexicano con Trump, y da sus razones. “El populismo de López Obrador no está construido en el odio por el ‘otro’, o en la necesidad de prevalecer por sobre otros, sino en una fe instintiva en que los mexicanos pueden superar su realidad actual haciendo uso de sus características nacionales más importantes: trabajo duro, ingenio, orgullo, modestia y valentía”. El autor recuerda que en uno de sus viajes con el próximo Presidente mexicano, este le comentó: “En México tenemos algunos personajes, ¡¿pero Trump?!”. Y dicho esto, abrió sus ojos, sonrió en forma muy teatral y luego golpeó la mesa con sus dos manos.

Es poco probable que López Obrador y Donald Trump lleguen alguna vez a ser realmente amigos o camaradas, pero ambos parecen dispuestos a aliviar tensiones, aunque de una forma distinta. Trump quiere su muro. López Obrador, una serie de iniciativas conjuntas con Estados Unidos para disminuir los incentivos para la inmigración, creando más trabajo y oportunidades para los mexicanos en su propio país. Es hora de dar los primeros pasos en este vals político entre vecinos.//@revistacosas

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