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martes, 11 diciembre 2018
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Felipe Viel: De Mr. Felipe a papá

Hoy, el animador de televisión radicado en Miami, donde tiene un gran éxito, cuenta que, desde hace un año, es un orgulloso padre de cinco hijos, porque ya los tres niños que estuvieron bajo su cuidado en el programa Foster Care, son legalmente sus hijos. Aquí, relata parte de esta historia. “Si hay un plan divino... este es perfecto”, dice.

Por: Bernardita Cruz / Fotos: Gio Alma

La última entrevista que dio Felipe Viel a “Cosas” se centró en su libro “Papaciencia”, en que relataba cómo era su vida criando a dos hijas adolescentes, Celeste y Almendra, y a tres niños pequeños que estaban al cuidado suyo y de su señora (Paula Caballero) mientras su madre biológica lograba conseguir cierta estabilidad para poder criarlos.
En esa época, el animador de televisión aseguraba que sabía muy bien que algún día tendrían que separarse de los mellizos Trevor y Nevaeh, y de Anna, pero que estaba seguro de que nunca romperían el vínculo que habían construido durante varios años. Porque, si bien en un comienzo los niños iban a estar en su casa por un par de días, la situación continuó por mucho tiempo más.

Este año, la vida de los Viel Caballero cambió radicalmente. Después de muchos intentos de una reunificación de los tres niños con su madre, la Corte de Justicia los declaró oficialmente sus hijos legales. “Los niños en un momento volvieron con su mamá. Se intentó. Venían los fines de semana a la casa y tratamos de hacerlo lo menos traumático posible… Pero a los tres meses, la mamá volvió a tener los problemas por los cuales le habían quitado a los niños, no lograba tener un trabajo, tampoco estabilidad emocional, una serie de situaciones que finalmente hicieron que la jueza consideraba que en realidad ella no estaba preparada. Además, el papá andaba perdido en ese tiempo, así es que tampoco era opción. Y nosotros como familia guardadora éramos la primera opción para adoptarlos”, explica el animador.

–Más allá de la diferencia en términos legales, ¿en qué ha cambiado la relación de ustedes?

–Los niños estuvieron en ese sistema durante cinco años, así que obviamente ya eran unos hijos más. Desde hace años que me decían papá. O sea, la menor llegó a la casa cuando tenía apenas un año y ocho meses. Yo creo que esto fue parte de un proceso que se gestó de la manera más quirúrgica y perfecta posible. O sea, si hay un plan divino... este es perfecto. Porque imagínate que si desde el inicio te dicen que son tres niños que se tienen que quedar en una casa definitiva, por lo general uno inmediatamente diría no… ¡son tres!

–¿Cómo le contaron a ellos?

–Se dio de manera muy natural. Yo creo que nunca se imaginaron que el papá y la mamá iban a contemplar la idea de alejarse de ellos.

–¿Pero hubo una explicación?

–No tanto en lo legal. Les dijimos que habíamos acordado con su mommy que iban a estar todo el tiempo en nuestra casa y que ella también los iba a poder venir a ver de vez en cuando, que considerábamos todos que eso era lo mejor. Además, que era súper entretenido, porque en el fondo nadie iba a dejar de verse, nadie iba a desaparecer. Siempre a los niños, independiente de las circunstancias que viviéramos, yo les enfatizaba mucho el hecho de que todos los que estamos alrededor vamos a seguir estando ahí, para que no tuvieran miedo al abandono de nadie que formara parte de sus vidas.

–Popularmente se piensa que ese es uno de los principales traumas que tiene un niño adoptado…

–Claro, por eso es que reforzar los vínculos es importante y ahí la adopción se ve de otra forma. Mi hermana adoptó hace unos años a la Catalina, mi sobrina de Haití. Siempre dice que con su hija se buscaron y se encontraron mutuamente. O sea, mi hermana fue con la mamá biológica de la Cata a un juzgado en Haití y tienen una foto histórica de ese día en el que, por las circunstancias difíciles que vivían, esa mujer le entregó la custodia, todo para que Catalina tuviera una vida feliz. Hoy, ella entiende su historia con orgullo y el amor que había en esa decisión. Ahora, la Cata es una hija más y punto. Aunque ella el otro día se aprovechó de su situación (comienza a reír)… fue una tarde que estaba lloviendo y mi hermana llegó a la casa en el auto con todos los niños adentro. Ella preguntó: “¿Cuál de mis hijos me va a abrir el portón?”. Y la Catalina gritó desde al fondo: “A mí no me miren, soy adoptada”. (carcajadas).

–En tu caso, ¿cómo sigue la relación con la mamá biológica de tus niños?

–Tenemos una relación muy especial. Para el Día del Padre, siempre el primer mensaje que me llega es de ella que me escribe: “Mis hijos no podrían tener mejor papá que tú”.

–¿Por qué decides junto a tu mujer entrar en este programa que finalmente los lleva a adoptar a tres niños?

–Yo crecí un poco viendo ese tipo de cosas. Mi mamá era trabajadora social, de esas de terreno. Y, bueno, también tuvo que ver con mis hijas mayores. Yo veía que ellas tenían una vida sin problemas, casa, comida, familia y todos los iPhone, iPad, iPod… sus iLife, como les digo yo. Y así y todo, me decían que estaban aburridas. Ahí entendí que era un error mío, que necesitaban ver otras realidades. De hecho, en un viaje a Haití para una Navidad, pudieron ver que incluso viviendo en la pobreza extrema había familias alegres, niños jugando, riéndose…

–En el caso de los niños, ¿siempre supieron que serían tres?

–No, la verdad es que supimos de estos hermanos que, como no tenían casa, los iban a separar, y como pensé que iba a ser algo temporal, como de un mes… y bueno, han sido seis años, legalmente son mis hijos. ¡Y se creen chilenos! Imagínate que la otra vez la Anne le gritó a su hermano “stop! ¡huevón, oh!” (se ríe).

–¿Cómo fue la primera vez que los vieron?

–Fue un sábado en la mañana que llegó una van. Me acuerdo que abrí la puerta de la casa y ahí estaban los dos mellizos, que tenían 3 años y que me miraban con los ojos bien abiertos. Entonces vemos que la chofer se va al auto y pensamos entonces que ya se iba, pero no… fue a buscar a la Anna que estaba medio dormida. La traía con pañales y ahí llegaron. Y ahí fue un “¡uf, pañales!”. Se quedaron solo ese fin de semana y se portaron más o menos no más, pero pudimos lidiar con eso. Entonces dijimos que los podíamos cuidar un tiempo más y, al viernes siguiente, ya estaban en la casa. Me acuerdo que como la Anna estaba durmiendo, ella no supo que llegó a nuestra casa. Le pusimos una cuna al lado de la cama, y nunca me voy a olvidar que ella se despertó, se paró y empezó a mirar como diciendo “esto no me calza, dónde estoy”, como despertar de un sueño. Y me mira, mira a la Paula y se larga a llorar… era un llanto aterrador. Yo la abracé fuerte, vio a sus hermanos y durmió con nosotros un buen tiempo… creando un vínculo. Costó. Por ejemplo, nosotros salíamos al supermercado y se quedaba llorando. Como que no sabía si íbamos a volver. La primera vez que la dejé en el jardín infantil, me costó dejarla porque estaba llorando, pero me fui. Y cuando la fui a buscar, abro la puerta, me ve, corre y me dice “¡volviste!”. Claro, a sus dos años contemplaba la posibilidad que de yo no volviera.

–Tienes un vínculo especial con ella.

–Es por lo que te estoy contando, que noté que llegó muy desprotegida. Los mellizos sabían un poquito más, hablaban de su mamá y a mí me decían “Mr. Felipe”…

–¿Mr. Felipe?

–Sí, y después fue “papá Felipe”... ahora es “papá”. Fue un proceso.

–Junto a Paula hoy son padres de cinco hijos, pero que pertenecen a dos grupos etarios muy distintos, uno bordeando los 18 años y el otro, los 8. ¿Cómo se manejan?

–Son dos mundos muy distintos. Por ejemplo, los fines de semana los tres chicos se despiertan a las 7:30, las mayores se acuestan a las 3 y la Paula también se duerme a esa hora porque se queda despierta esperándolas. Pero hay que hacer que las cosas funcionen. Yo, por ejemplo, tengo al lado de la puerta de entrada de la casa un bolsito con algo de ropa y trajes de baño. Entonces todos los domingo, cuando los tres chicos se despiertan, se suben rápido al auto y nos vamos a tomar desayuno a un restaurante… ellos en pijama. Siempre vamos al mismo lugar, incluso ya toda la gente los conoce como los niños de los pijamas (se ríe). Después se ponen sus trajes de baño y nos vamos a una playita cerca. Y, cuando tipo 11 de las mañana volvemos a la casa, ya está el resto despierto y nos ponemos de acuerdo en qué vamos a hacer en el día…

–¿Cómo han tomado tus hijas mayores todo lo que ha pasado?

–Yo creo que las grandes heroínas de este historia son ellas, porque finalmente son las que tuvieron que compartir su familia, su casa, el tiempo de los papás. Han tenido una nobleza enorme. Nunca he escuchado una queja. He tratado, en lo posible, de no otorgarles responsabilidades con sus hermanos porque no les corresponde. Lo que sí es que me hacen de babysitter... ¡aunque me cobran! (carcajadas).

En tu libro “Papaciencia”, plasmaste anécdotas vividas como papá y hoy ese trabajo adquirió mayor relevancia…

–Sí, me había parecido que era entretenido compartir algunas anécdotas de papá y algunos consejos de expertos, pero junto a mi socio siempre sentimos que daba para más. Pensamos que podíamos hacer algo, pero no sabíamos muy bien qué. Y un día, en un reunión con editorial Santillana nos dicen que leyeron el libro y que les gustó el concepto de ser una especie de guía para los hijos, como de coach, y nos plantearon diseñar un programa para los padres, las madres y otras figuras de apego. Incorporamos a una psicóloga, algunos coach, a un experto en educación en Chile, armamos un gran equipo y empezamos a definir los pilares de este programa. Uno de los primeros de ellos es que no hay una familia perfecta, pero que sí es importante tratar de hacer lo posible para ser mejores papás. Como que uno siempre piensa que todos los padres o quienes estamos al cuidado de niños nos podemos equivocar, pero la verdad es que uno no le dice a un ingeniero “haz el puente como te salga no más”. No pues. Ojo que no es una receta, porque cada familia es única.

–¿De qué se trata el programa?

–Santillana tiene la infraestructura para implementar estas ideas en los colegios, para que sean una extensión que, además de ayudar a los niños, también eduque a los padres. El programa se basa en herramientas, videos, cuadernos de trabajo, manuales... es mucho más allá que un libro. Está diseñado para que el mismo profesor se entrene y él se lo presente a los papás. La idea es partir por los colegios públicos. En el fondo el Método Papaciencia busca de verdad reforzar la idea de “padres conscientes, hijos realizados”. //@revistacosas

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