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viernes, 6 julio 2018
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Harald Beyer: “Con Bachelet se vino abajo la centroizquierda”

Asegura que la gran oportunidad de Piñera es ampliar su coalición, tomar distancia del mundo conservador, pero sin sacarlo de escena. “Todos deben tener un espacio”, afirma al tiempo que analiza la mudez de la centroizquierda. Dice que su gran crisis –y que no quieren ver– es que perdieron la confianza de la clase media.

Por: Claudia Alamo / Fotos: Bárbara San Martín

Es reconocidamente, uno de los más agudos intelectuales de la derecha liberal; esa derecha que creció bajo el alero del CEP (Centro de Estudios Públicos) y que con los años se convirtió en uno de los think tank más influyentes del país.

Hasta hace pocos meses, Harald Beyer dirigía este centro de pensamiento y hoy, ya está instalado en la Universidad Adolfo Ibáñez como rector. Se declara contento, desafiado por esta nueva misión. Y, quizá, el mayor cambio sea –simbólicamente– mirar la ciudad desde la parte más alta de Peñalolén y ya no desde el centro de Providencia. Lo que se ve puede ser distinto.

Pero sí tiene claro que el país cambió profundamente. Por lo pronto, “todos somos menos poderosos hoy día. Se ha dispersado el poder y eso ha afectado a moros y cristianos”, reflexiona.

Para el ministro de Educación del primer gobierno de Sebastián Piñera, el gran desafío de la derecha no solo es contener e interpretar las aspiraciones de la clase media, sino que también hacerse cargo de una sociedad más liberal que sus clases dirigentes. Lo dice especialmente en relación a la denominada “agenda valórica” que incluye el aborto, el matrimonio igualitario, y que son temas que se desplegaron bajo el mandato de la ex Presidenta Michelle Bachelet.

A su juicio, Piñera no puede quedar rehén de los sectores conservadores, pero estratégicamente tampoco los puede dejar marginados. Su propuesta es que el gobierno debe ampliar el abanico –de ahí la invitación a sumar a Ciudadanos al gobierno–, pero simultáneamente mantener bajo su alero a ese mundo tradicional que votó por él.

–Hay una discusión respecto al desempeño del gobierno en estos primeros meses. ¿Ha logrado desplegar un relato o carece de relato?

–No me atrevería a decir que carece de relato. Lo que sí diría es que hay como tres dimensiones que todavía no han cuajado bien, pero igual están presentes. La primera es la idea de que nadie puede quedar fuera del progreso. Esto, que parece una buena frase, es algo totalmente nuevo en el discurso de centroderecha y se ha ido reafirmando. La segunda dimensión es esta idea de que el crecimiento no basta.

–¿Y le parece que es claro en el discurso del gobierno? También hay un relato economicista potente...

–Es cierto. Todavía no ha tomado forma. El discurso tiene que ser un poco más sofisticado y debiera incorporar otras dimensiones relevantes para el ser humano. Y hay una tercera dimensión que es la proyección de más largo plazo. Eso pasa por ir incorporando nuevos sectores, aunque genere tensión en la coalición. Y esta decisión también es una aproximación nueva en la derecha. Entonces, mirando todo esto, creo que sí se está construyendo un relato.

–¿No hay una doble apuesta: una más economicista como lo plantean los ministros Valente y Larraín, y la opción de ir tras una derecha social?

–No creo que sean incompatibles en el largo plazo. Esta es una tensión que ha tenido, históricamente, la derecha. Durante una época estuvimos muy dominados por la visión economicista que la derecha heredó del régimen militar y que recién ahora ha ido sofisticando. Hoy, la fuerza va en la dirección de una derecha social. Pero eso no significa que no vaya a haber estas contradicciones en el discurso.

–¿Los gobiernos no deben hacer opciones? Bachelet, por ejemplo, optó por la igualdad...

–En el caso de Bachelet, no me atrevería a decir que el discurso fue por la igualdad. Más bien fue un discurso respecto de la distribución del poder, que no es necesariamente equivalente. El tema es que con eso amenazó a los grandes grupos medios. No tanto al mundo empresarial que, de alguna forma, lo esperaba. Pero sí a una mayoría ciudadana. Por eso tuvo un alto rechazo.

–¿Cree que el discurso de Bachelet estaba equivocado?

–No. El discurso no era equivocado per se. El punto es que no supo equilibrar los espacios de poder que habían ganado los nuevos grupos sociales que emergieron y que se sintieron amenazados. Eso fue un fracaso. Piñera, desde otro ángulo, está tratando de poner énfasis en que esto no es solo crecimiento y que hay que asegurar que todos se suban al carro del progreso.

–A nivel de opinión pública, ¿se verá así?

–Las encuestas le dan alta aprobación, pero está por verse si va a tomar la oportunidad de consolidar ese discurso. Si la va a aprovechar o no, tenemos que verlo.

–Ya se escuchan críticas de que el gobierno no está bien desplegado en su accionar político…

–Está partiendo. En una primera etapa, apostó por los acuerdos, pero empezaron a emerger otros temas en la agenda que el gobierno nunca consideró.

–Como el feminismo...

–Claro, y eso hace que la transición no sea del todo suave. Ha habido un cambio cultural significativo en la sociedad chilena. Cada vez con más frecuencia, vamos a empezar a tener estas ebulliciones en temas como la igualdad de género. Es propio de una democracia que va madurando.

–¿Y cómo debiera manejarse Piñera?

–Más allá de este gobierno, todos tienen que manejarse con mucha mayor flexibilidad. Finalmente, los gobiernos tienen que ir recogiendo y combinando sus agendas con los temas emergentes que van a seguir saliendo.

–Pero ¿es tan así? En la ley de aborto por tres causales, en el tema transgénero, aparecen como una inercia conservadora que se resiste...

–Por supuesto. No son cambios que se produzcan a las 24 horas. La pregunta es en qué dirección va. Y la respuesta es que estamos ante una gran demanda por una sociedad pluralista, donde todos caben. Entonces, las personas que no creen en el aborto y que forman asociaciones para evitarlo, también tienen derecho a sentir que tienen un espacio.

–¿Pero eso permite que se puedan bloquear leyes a través de protocolos?

–Lo digo así: yo soy muy partidario del aborto, pero me parece razonable que la Universidad Católica pueda objetar institucionalmente, a pesar de que es una figura rara. El punto es cómo la sociedad chilena le da cabida a todos, sin que la democracia se resienta.

–Lo que estamos viendo en el mundo es una tensión en ese sentido, ¿o no?

–Estamos viendo la incapacidad de algunas sociedades para acoger este pluralismo. Donald Trump fue una reacción de un grupo que siente que no se lo reconoce de la misma manera en que sí se reconoce a otros.

BUSCANDO EL EQUILIBRIO

–Si Piñera se liberaliza, ¿descuida a otros sectores que se sienten amenazados y que van emigrar a una derecha más dura?

–Claro, por eso creo que, desde el punto de vista político, el equilibrio está en dar espacios para que esos grupos también puedan llevar sus agendas y puedan tener espacio para desarrollar sus creencias. Y, por ejemplo, que haya objeción de conciencia institucional, les favorece.

–¿En qué?

–En que más allá de que sea cuestionado, hay un público que se siente protegido en sus valores, sus creencias. Ese es el equilibrio que hay que hacer en política para moverte hacia el centro: asegurarle un espacio de expresión a todos y que ningún grupo se sienta arrinconado.

–Si hay una figura en la centroderecha que parece entender el juego es Joaquín Lavín.

–Lavín se ha dado cuenta de la necesidad de flexibilizar e incorporar todas las opiniones. Ahora, no sé si lo hace perfecto, pero sí percibe que la gente busca un reconocimiento, quiere sentir que tiene su espacio.

–¿Qué tipo de reconocimiento?

–Por ejemplo: a un grupo le interesa proteger a los animales y viven dedicados a eso. Habrá otro grupo que le interesa la ecología y funciona en torno a eso. Todos compiten por atención, por reconocimiento. Y hoy, la política consiste en darles espacio para que puedan expresarse y desarrollar sus proyectos. Lavín ha comprendido esto.

–¿Y Piñera?

–A Piñera le ha costado más. Pero políticamente, él ha sido mucho más rápido en recoger los temas emergentes. En sus gobiernos deja el espacio para que estos avancen. A su manera, él está más atento.

–Y ante las demandas feministas, ¿qué riesgos corre Piñera?

–Existe el riesgo de perder el voto femenino, si no incorpora con más fuerza la igualdad de género. La experiencia en países más avanzados es que la mujer ha ido abandonando la derecha porque se ha sentido más acogida por la izquierda en estos temas. Entonces, siendo calculador, ahí tiene una oportunidad política de impulsar una agenda puntuda y retener votos. Es una oportunidad política que la derecha no debería perder.

–¿Eso implica que Piñera debiera distanciarse de los sectores conservadores? Ahí hay una buena parte de su apoyo...

–Los sectores conservadores también evolucionan. Y hay que considerar una variable muy importante: la pérdida de peso de la Iglesia. Quien ha sostenido este mensaje conservador ha sido la Iglesia y hoy no tiene legitimidad para seguir haciéndolo. Eso debería ser liberador para algunos grupos de centroderecha. Y le da a Piñera mayor juego de piernas.

–¿Y le abre espacio a un José Antonio Kast?

–Piñera sabe que hubo muchos jóvenes que en primera vuelta votaron por Beatriz Sánchez y que, en segunda, votaron por él. Entonces, claro, sectores conservadores siempre van a existir, pero no tienen posibilidades reales de crecer. Lo que vemos es que, crecientemente, hay gente más abierta a los temas emergentes. En materia de aborto, los estudios muestran que no hay grandes diferencias entre la derecha y la izquierda. Entonces, ¿cuántos votos va a perder Piñera, realmente?

–Pero Kast ha ido creciendo en las encuestas.

–Sí, pero ¿cuánto más podría crecer? Yo creo que el riesgo real de Piñera es que la centroizquierda se dé cuenta que ellos tienen que moverse hacia el centro político en vez de seguir mirando al Frente Amplio. Mientras eso no ocurra, Piñera tiene ahí mucho espacio de juego. Se la tiene que jugar más por incorporar a sectores más liberales.

–¿Qué riesgo debe evitar?

–El único punto débil de esta estrategia es que funciona mientras Piñera sea popular. Pero no es problema de él, sino que del régimen político.

–Bueno, le pasó a Michelle Bachelet también.

–Pero Bachelet tenía mayoría en el Congreso. Piñera no la tiene. El ejemplo de Bachelet es bueno porque ella –aun teniendo mayoría– al perder la popularidad, su efectividad política cayó de inmediato. Por eso, insisto: el desafío mayor de Piñera es hacer crecer la votación de Chile Vamos y no quedar atrapado en la mirada conservadora.

LA MUDEZ DE LA IZQUIERDA

–Vamos a la oposición. ¿Cómo fue que la centroizquierda, teniendo a una líder como Bachelet y mayoría política, después de cuatro años quedó en la nada?

–Porque perdió la confianza de la clase media. Ese es el gran problema político que tiene la centroizquierda, y mientras no lo asuma, mientras no lo procese, le va a costar mucho. Lamentablemente, no veo que esté pensando en eso.

–¿Defender el legado no permite mostrar lo que se hizo y reconectar con la clase media?

–La agenda de Bachelet le hizo muy poco sentido a los sectores medios. Ese es el gran análisis que debería hacer la centroizquierda.

–¿Qué es lo que la izquierda debería reconocer?

–Esto es muy interesante, porque además es lo realmente traumático para la Presidenta y su equipo. Ella fue la gran figura de la clase media en Chile y a eso se debió su éxito arrollador, pero todo eso se vino abajo. Más aún: con ella se vino abajo la centroizquierda. Es interesante este fenómeno. Uno se olvida que Piñera ganó en casi todas las comunas del país. Pero la centroizquierda, no se ha dado cuenta de lo dañada que salió del gobierno de Bachelet.

–Sin embargo, el “bacheletismo” es como la única voz que se ha escuchado desde la oposición...

–Pero con cero efectividad. El bacheletismo está aprovechando el vacío que hay en la centroizquierda. Y, justamente, eso revela lo mal que está ese mundo. //@revistacosas

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