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viernes, 24 marzo 2017
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Javiera Suárez: “Estoy viviendo un milagro"

El año pasado fue noticia por dos razones que marcarían radicalmente su vida: una la llenó de felicidad y la otra la ha obligado a dar una lucha contra una grave enfermedad. Aquí, la animadora y periodista cuenta cómo ha sido este largo camino de ser mamá y de romper todo pronóstico.

Por: Bernardita Cruz / Foto: Nacho Rojas / Maquillaje: Marcelo Bahnu / Styling: Sara Lavín

Esa sonrisa tan característica que tiene, no se ha opacado. Está más repuesta de una hepatitis que se le produjo en medio de su embarazo y del tratamiento de inmunoterapia, y que la dejó pesando 45 kilos. Su pelo está corto. Se ve linda, pero le cuesta acostumbrarse. Dice que tiene que ver con su feminidad y cuenta que su idea era raparse y usar turbantes; que incluso vio pelucas, pero que le provocaron angustia. Finalmente, le dijeron que no era necesario. Muestra cómo se le ha ido cayendo y dice que este cambio radical se debe a que esos mechones que terminaban en sus manos cada vez que se tocaba la cabeza, no hacían otra cosa que recordarle que tiene cáncer y no uno cualquiera. Javiera, desde hace 8 meses, padece de melanoma en estado IV, el más grave a la piel, pero que en ella, la invadió por dentro, a distintos órganos. "Tiempo después supe que me habían dado solo tres meses de vida. Pero aquí estoy", afirma entre sorprendida y optimista. El día anterior a esta entrevista, Javiera había recibido los resultados de importantes exámenes de salud. La noticia fue buena: el tratamiento está funcionando. Confiesa estar contenta, pero explica que la cautela no la deja gritar de felicidad. “Con el cáncer nunca se sabe. Uno no puede cantar victoria, Hay que ser realistas. Hemos corrido todo el rato una maratón, en la que nos inscribimos sin habernos preparado, pero el entrenamiento ha dado frutos. Estoy feliz y contenta. Estoy con una quimio que es oral y la he tolerado súper bien”, aclara. Javiera admite que tenía mucho miedo de hacerse estos exámenes. Se sentía bien, pero las últimas pruebas no habían sido buenas. Acababa de tener a su hijo, Pedro Milagros, y sin el tratamiento debido a la hepatitis, se encontró con que el cáncer había avanzado y la tenía con tan fuertes dolores en una pierna que estaba usando muletas. "Durante el embarazo, pensábamos que el dolor era causado por el ligamento, ya que mis piernas estaban demasiado flacas; sin embargo, luego del parto me hicieron un PET y se dieron cuenta de que el melanoma había agarrado el fémur y que estaba a punto de quebrarse. Tuvieron que operarme y ponerme una prótesis y, además, hacerme radioterapia”, cuenta.

–¿Qué dicen los doctores de estos resultados?
–Lo que pasa es que estos tratamientos son muy nuevos. Hace cinco años no habría habido solución. La gente me pregunta por datos y resultados concretos, pero no los hay. Las personas que han logrado curarse no llevan más de cinco años, entonces no existen estadísticas. Pero hay alternativas. La ciencia avanza muy rápido.

–¿Has flaqueado en algún minuto?
–No, pero sí me he cansado mucho. Cuando me dio hepatitis, ahí me asusté. Obvio que la gente que tiene hepatitis se siente mal, pero yo, además, estaba con cáncer. Me acuerdo que me picaba todo el cuerpo, tanto, que no dormí en un mes y medio. Tenía la bilirrubina muy alta... No sé cómo Juan Luis Guerra canta a eso, se nota que nunca ha tenido hepatitis (se ríe).

–¿Cómo has logrado mantener una actitud tan positiva?
–Estoy confiada en que Dios me está escuchando hace rato. Esto no es que Dios me ha mandado el cáncer. La vida es así nomás, de altos y bajos. En la resonancia anterior tuvimos malos resultados, independiente de que haya nacido Pedrito, y me puse a llorar, pero me tuve que dar ánimo. Porque si esta enfermedad le gana a la cabeza, ahí sí que fregaste. Depende de ti en un gran porcentaje, en un 90 por ciento, si es que no en un 100. Además, tengo la suerte de que tanto mi oncólogo, que es Mauricio Burotto, como mi ginecólogo, Carlos de la Jara, son de un tino humano que se agradece siempre. Y tengo la suerte que, además de tener a mi familia y a mis amigos, tengo a Cristián. Estoy orgullosa de lo que he logrado. Estoy agradecida desde que Dios me puso a Cristián en el camino hasta la forma en cómo mis papás me criaron. Hoy puedo enfrentarme al cáncer de una forma en que ha sacado lo mejor de mí, mi mejor versión. Todos los días al final son un milagro, y así debiera entenderlo todo el mundo. Lo que pasa es que con una enfermedad como esta, la muerte es más tangible, pero tarde o temprano todos nos vamos a morir. Ese es el gran error de la gente, el dar cada día por garantizado y ahí entonces empiezas a quejarte por puras tonteras. ¿Si supieras que hoy es tu último día, de verdad alegarías por el taco o porque está nublado?

–¿A qué te has aferrado?
–A Dios y a la Virgencita de los Milagros. A mi familia, a mis amigas, que se han portado increíble, a mi hijo y, sobre todo, a Cristián. Cuando me diagnosticaron cáncer, él me dijo: “Ahora soy un paciente, como tú. Vamos a ser toda la vida un matrimonio con cáncer, porque una vez que tienes esta enfermedad, siempre es un fantasma que te acompaña, aunque estés sana”. Yo le pido a Dios que con Cristián nos muramos a los 80 años, el mismo día. Me encantaría tener dos hijos más y verlos crecer. Me pondría al tiro a tener más hijos, pero mi doctor me dijo que por favor este año no. Mi marido también quiere, pero es necesario esperar.

–¿Y mentalmente?
–Cuando me diagnosticaron cáncer siempre me imaginaba lo mismo. Como si fuera una película. Y era yo, en Colico, llegando de trotar, y Cristián con Pedrito en brazos, esperándome. Para mí, eso implicaba, primero, que había llegado hasta el verano, que estaba bien porque estaba corriendo y, además, que había nacido mi hijo.

–¿Imaginas algo ahora?
–No mucho y me asusta, así es que tengo que empezar a hacerlo no más. En octubre tenemos un viaje familiar y me he imaginado una foto, en un lugar donde ya estuvimos con Cristián, pero esta vez la imagen es de los dos junto a Pedro y señalando mi guata con un cuarto integrante en camino... Yo feliz, ya tengo 34 años así que tendría pronto otra guagua, pero mi doctor me mata. De verdad.

–Por lo general, las personas cuando son diagnosticadas con una grave enfermedad se ocultan. Tú incluso publicas cada paso en tus redes sociales, ¿por qué?
–El ser famosillo y que existan las redes sociales es tener la cadena de oración más grande del mundo. La gente me tira para arriba, me da energía. Han sido un amor. La gente se me acerca para decirme que piden por mí. Y aprendí eso, que hay que pedir por todos, más allá de si uno también lo necesita. Tanto cariño, que e nutre, sí, que te sana, de todas maneras. Y con Pedrito, muchos se sienten tíos, primos, hermanos de él.

Muerte y vida adentro

Pedrito Milagros es una guagua de estatura y peso absolutamente normales, como los de cualquier niño de cinco meses de edad. Es también muy despierto. Tiene dos grandes ojos azules con los que mira a su mamá, contemplándola. Ya comenzó a hacer sonidos imitando los que hacen los adultos. Además, es muy risueño. A Javiera se la ve feliz dándole su mamadera y después mudándolo. Comenta lo lindo que está, lo bien que se porta, lo sano que es y cómo se sobrepuso a haber nacido prematuramente. Va a la pieza de su hijo, y saca algunos recuerdos. “No vas a poder creer lo que tengo acá”, dice con un tono de absoluta ternura, y muestra un chupete y un pañal tan chicos que le quedarían perfecto a una muñeca. “¡Dime que no son lo mejor!”, dice.

Recuerda que el día que nació Pedro, ella había ido al kinesiólogo porque ya no podía caminar de dolor de pierna y, como ya estaba ahí, prefirió adelantar la cita que tenía para el otro día con su ginecólogo. “Vio que tenía un poco de contracciones y me dijo que me iba a dejar internada y yo me puse a llorar. Estaba cansada y no sabes cómo va a ser ese desenlace. Al menos, pensaba, eran varias semanas para que llegáramos a una fecha menos adelantada. Después, vieron que se me había roto la bolsa, pero por arriba, y ahí mi doctor me dijo ‘vamos a tener guagua, pero ¡ahora!’”.

Del resto, Javiera solo tiene recuerdos de gritos, mucha rapidez, de no haber alcanzado a esperar a los auxiliares, así que fue Cristián quien empujó la camilla hacia la sala de partos. A los 15 minutos, ya había nacido. Me lo pusieron por un costado para que le diera un beso y se lo llevaron a neonatología. Ni siquiera le vi la cara.

–¿Cuándo lo volviste a ver?
–Al día siguiente. Pedrito nació en una clínica y yo me tuve que ir a otra para empezar urgente con mi tratamiento, que ya lo tenía interrumpido hace meses y el cáncer había avanzado. Pedimos permiso para ir a verlo, nos subimos al auto, yo llena de mangueras y todo, y lo vi. Después, no lo volví a ver durante una semana. Luego lo podía ver todos los días, siempre pude tocarlo, aunque estuviera en incubadora y unos días antes de Navidad me lo pude llevar a la casa. Llegó con una manguerita conectada a su nariz, pero le duró poco tiempo.

–¿Por qué decidieron hacer todo en dos clínicas distintas?
–Para separar lo bueno de algo malo.

–¿Pensaste que no nacería?
–Pedro es un milagro. Pero de verdad. Es la primera guagua en el mundo que nace con las drogas que me pusieron a mí en la inmunoterapia y además siendo tan pequeño, solo tenía 7 semanas. Lo otro es que haya nacido sano. Los melanomas atacan las placentas, entonces, los niños, si nacen, lo hacen llenos de metástasis. Incluso se está preparando un paper científico con su caso.

–¿Pensaron alguna vez en abortar?
–No. Algunas personas del ámbito médico y otras que no, me preguntaban por qué no interrumpía el embarazo, debido a los riesgos que implicaba todo lo del cáncer, pero con Cristián –si bien íbamos a hacer lo que estuviera a nuestro alcance en tratamientos para salvar mi vida, porque si yo me moría Pedro también– decidimos que todo tenía que seguir su curso. Privilegiamos la vida.

–¿Hubo episodios de pérdida o algo?
–No. La verdad es que, después de la primera ecografía que hicimos –en que él estaba del porte de una lenteja, pero latiendo fuerte–, me tranquilicé. Sabía que iba a nacer. Incluso me pasaba que si me sentía mal, cansada, débil, sabía que yo tampoco me iba a morir porque Pedro seguía creciendo. Pero yo tenía la muerte adentro mío y la vida también.

–¿Cómo ves lo ocurrido después de algunos meses?
–Mira, yo tuve un melanoma el año 2009. Me controlaba cada seis meses y estaba bien todo por fuera, pero no por dentro. Y de repente pasó que me salió un poroto en la pechuga y era cáncer. Igual lo he pasado mal en algunos minutos, pero no tantos. Lo que pasa es que cuando el cuerpo te acompaña, te sientes bien para dar la pelea. Pero cuando no, es terrible. Por eso hay gente que se rinde. Yo, en todo caso, he hecho de todo para mejorar,pero de todo. Sobre todo en cuanto a alimentación sana. Porque aunque yo no fumaba, era deportista e incluso me quedé embarazada con un cáncer grado IV, de igual forma si a un buen auto le echas parafina, el motor se funde sí o sí. Tanto la alimentación como estar sana emocionalmente es indispensables si quieres sanarte. Mucha gente me escribe para pedirme consejos acerca de la alimentación o para pedirme que hable con algún enfermo de cáncer para ayudarlo. Porque la alimentación sana no estará aprobada por la FDA, pero que sirve, sirve.

“Ahora en abril voy a lanzar mi página web ‘Liveat’ donde precisamente hablo sobre los alimentos saludables y, como me gusta cocinar, doy recetas que de verdad son ricas. También cuento mis experiencias, comparto lo que he vivido enferma y también lo que como. Por ejemplo, cúrcuma todos los días, omega 3 y otras cosas más. Y como soy matea y me quiero sanar, sigo todo al pie de la letra. Incluso, para conseguir esa cúrcuma tuve que viajar a Perú. El objetivo es entregar consejos para alimentar tu vida”, cuenta entusiasmada.

–¿Te han dado ganas de rendirte?
–No. Soy una agradecida de la vida, incluso del cáncer que me ha regalado muchas cosas buenas y ha sacado la mejor versión de mí. Todo lo que ha rodeado esta enfermedad ha sido para mejor. Pero no puedo negar que hay cosas que me agotan, y que parecen súper tontas después de todo lo que hemos pasado. Por ejemplo, por meses estuve con la pechuga con melanoma tan inflamada que se me notaba con lo que me pusiera. Lo solucioné comprando una silicona para la otra. Luego la hepatitis. El dolor a los huesos. Ahora el pelo, y sé que pueden sonar superficial, pero a veces te cansas, te preguntas hasta cuándo... Es ahí que junto a Cristián me doy ánimo y seguimos. Porque yo siempre he dicho que quería para mí un cuento de hadas y la verdad es que sí lo vivo. Claro que es distinto, pero igual tengo mi príncipe azul. Y la bruja... bueno, es el cáncer. Y ahí estamos luchando para vencerla. Así terminan los cuentos, felices.

Te recomendamos la entrevista anterior a Javiera Suárez de @revisacosas, la cual puedes encontrar aquí
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