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viernes, 21 diciembre 2018
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John Kennedy Jr. y Carolyn Bessette

2019 marca el vigésimo aniversario de la muerte del príncipe americano, el hombre más sexy de su época, y su bellísima mujer. Ambos murieron en un trágico accidente aéreo que puso un abrupto final a la vida de un hombre que de otro modo podría haber cambiado el rumbo de Estados Unidos para siempre.

Por: Manuel Santelices / Fotos: Archivo Cosas • NBC News • Simon & Schuster • Instagram • John F. Kennedy

El 1 de mayo de 1999, John Kennedy Jr. y su mujer, Carolyn Bessette, asistieron a la cena de corresponsales de la Casa Blanca donde tuvieron como invitados en la mesa de la revista George –la publicación que Kennedy había fundado cuatro años antes– a la actriz Claire Danes, al multimillonario conservador Richard Mellon y, en una inesperada movida, al fundador de la revista porno Hustler, Larry Flynt. Mientras Aretha Franklin cantaba frente a los cientos de invitados, incluyendo el Presidente Bill Clinton y la Primera Dama, Hillary Clinton, los fotógrafos captaron a la Bessette sentada en la falda de su marido, ambos cariñosos y enamorados, como si sus mil días de matrimonio fueran solo el comienzo de una maravillosa historia de amor.

Detrás de tanta sonrisa, sin embargo, se escondía un futuro mucho más trágico y oscuro. Apenas unos meses después, el 16 de julio de ese mismo año, la avioneta donde la pareja viajaba junto a la hermana de Carolyn, Lauren Bessette, rumbo a Martha’s Vineyard para asistir al matrimonio de Rory Kennedy, se desplomó y desapareció en las aguas frente a la costa de Massachusetts. John iba pilotando el avión con un pie enyesado y en medio de un brumoso y confuso atardecer de verano, donde, según otros pilotos, resultaba imposible adivinar la línea del horizonte o saber hacia dónde estaba el cielo o la tierra.

Para entonces, la vida del hijo de Jackie Kennedy Onassis y el ex Presidente John F. Kennedy ya estaba lejos de ser la ilusión que la gran mayoría de los norteamericanos imaginaba. A los 38 años, sus dos principales preocupaciones a la hora de su muerte eran salvar su revista y su matrimonio, dos pilares de su existencia que parecían tambalear.

Usando su fama y carisma, Kennedy buscó durante sus últimos meses un comprador para George, una publicación que durante su existencia le permitió balancear con mayor o menor éxito dos aspectos fundamentales de su historia y personalidad: la política y el show business. En la primera edición, Cindy Crawford apareció en la portada disfrazada de George Washington. En números posteriores, Drew Barrymore encarnó a Marilyn Monroe, Harrison Ford a Abraham Lincoln y Barbra Streisand a Elizabeth Ross, la mujer que cosió la primera bandera de Estados Unidos. El propio Kennedy posó para las páginas de su revista –desnudo– castigando la mala conducta de sus propios primos, Michael Kennedy y Joe Kennedy II.

George nunca se convirtió en el éxito que Kennedy y sus socios en Hachette Filipacchi esperaban, y, peor aún, se convirtió en una herramienta de ataque político para republicanos y conservadores que, como tantos, pensaban que Kennedy, con su mágico apellido e inigualable encanto personal, tenía buenas posibilidades de llegar algún día a la Casa Blanca. Para ellos, el “príncipe americano” y su avanzada liberal debían ser detenidos, y la imagen “superficial” de la revista les parecía una buena trampa.

John, por su parte, nunca mostró mayor interés en una carrera política. No la descartaba, como dijo en numerosas ocasiones, pero tampoco la daba por segura, como hubiera pensado cualquiera que lo haya escuchado presentar a su tío, Edward Kennedy, durante un poderoso discurso en la Convención Demócrata de 1988. Jackie, su madre, por razones obvias, estaba absolutamente en contra de una candidatura política de su hijo.
El accidente de 1999 terminó definitivamente con ese sueño, igual como con tantos otros.

LA PASIÓN SEGÚN JOHN JOHN

John fue famoso desde el primer al último minuto de su vida. Sus padres lo presentaron al mundo el mismo día de su nacimiento, el 25 de noviembre de 1960, Día de Acción de Gracias, y solo tres días después de que John F. Kennedy fuera elegido Presidente.

Las fotografías que muestran al alegre niño corriendo y jugando en la mansión presidencial, escondiéndose bajo el escritorio de su padre, conquistaron rápidamente a Estados Unidos y el mundo, confirmando las sospechas de que un momento mágico se estaba produciendo en Washington, un verdadero Camelot con su propio principito.
Apenas tres años después, el embrujo desapareció con el asesinato del Presidente y la imagen de su pequeño hijo envuelto en un abriguito azul, rindiendo respeto al ataúd de su padre con su mano en la frente en las escalinatas del Capitolio.

A partir de entonces, Jackie hizo extraordinarios esfuerzos para proteger a John y su hermana mayor, Caroline, y al mismo tiempo darles la vida más normal posible. Cada una de las salidas de la familia se convertía rápidamente en una cacería para los paparazzi apostados en Central Park. Ni siquiera el matrimonio de la ex Primera Dama con el hombre más rico del mundo, Aristóteles Onassis, ni su batallón de guardaespaldas pudo evitar el acoso hacia los niños. Carolyn odió su celebridad desde un principio. John, en cambio, la aceptó con los brazos abiertos.

Su adolescencia y juventud quedó ampliamente documentada en las revistas de la época. Sus paseos en bicicleta, sus fiestas escolares, su graduación en la Universidad de Brown (y no Harvard, como era la tradición familiar) y, por supuesto, sus numerosos romances con starlets y socialités, incluyendo Christina Hagg, Sarah Jessica Parker, Daryl Hannah y Madonna, ocuparon páginas y páginas en los tabloides. Su enorme atractivo físico –el mentón cuadrado, la abundante melena oscura, los ojos pardos y un torso (frecuentemente expuesto) que parecía arrancado de una escultura de Miguel Ángel– lo convirtieron en el soltero más apetecido de su generación y, en 1988, según la revista People, en el hombre vivo más sexy del mundo.

Así, el corazón de millones de mujeres quedó destrozado en el verano de 1996, cuando la propia familia Kennedy sorprendió a todos revelando una fotografía que mostraba a John saliendo de una humilde capilla de madera en una isla de Georgia acompañado por su radiante esposa, Carolyn Bessette, una ex relacionadora pública de Calvin Klein rubia y etérea que, luciendo un simple vestido blanco de Narciso Rodríguez, fue erigida de inmediato en la prensa como un icono del estilo.

Aunque por su previo trabajo Carolyn estaba acostumbrada a lidiar con celebridades y la prensa, nada podría haberla preparado para lo que vino después. Su magnífico loft en North Moore Street, en TriBeCa (ahora propiedad de Christy Turlington y su marido, Edward Burns), se convirtió en una torre dorada embestida constantemente por fotógrafos y curiosos, el único sitio en la ciudad donde Carolyn podía encontrar refugio. La nueva Mrs. Kennedy detestaba la prensa, y su atención permanente contribuyó a que sus tres años de matrimonio fueran en ocasiones extraordinariamente volátiles, complejos y hasta violentos. Aunque su romance, según sus más cercanos, fue siempre genuino, la pareja tenía profundas diferencias: él quería hijos, ella no. Él apreciaba la atención del público, ella no. Él tenía un círculo de amigos amplio y variado, muchos de ellos ex compañeros de Brown o figuras de la vida social y política. Ella, en cambio, permanecía a menudo rodeada de un pequeño y muy íntimo grupo que, según reveló la prensa en su momento, era parte de la escena de la moda y el arte del downtown de Manhattan y compartía con ella una peligrosa afición por la diversión y la decadencia.

Pocos meses antes del accidente, Carolyn y John parecían haber alcanzado cierta paz. Las fotografías de la cena de los corresponsales en Washington sirve como evidencia perfecta de que, al menos ese día, estaban felices y satisfechos, con muchas de las promesas que les daba su vida juntos cumplidas. Todo eso cambió, claro está, solo semanas después. //@revistacosas

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