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jueves, 29 marzo 2018
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Jorge Navarrete: “Bachelet nunca se traicionó a sí misma. Muere con las botas puestas”

Duro, durísimo con su generación, dice que “de jóvenes promesas pasamos a viejos cracks sin haber debutado”. Sobre Piñera, cree que hizo una apuesta temprana al buscar la sucesión en uno de los “suyos” (Alfredo Moreno) más que en un Allamand.

Por: Claudia Alamo / Fotos: Bárbara San Martín

Dejó de fumar. Lo suyo no era un desafío fácil. Aún no sabe qué hacer con las manos, acostumbradas por años a aferrarse al cigarrillo de tabaco. Ahora se aferra a uno electrónico, de esos a vapor con sabor a nicotina. Hace un poco más de tres años, dejó de militar en la Democracia Cristiana. Tampoco le fue fácil. Era como salir de la casa, cerrar la puerta de una parte de su historia familiar, y también personal, porque Jorge Navarrete –llamado Pirincho por medio Chile– era parte de una generación promisoria, criada al alero de lo que alguna vez fue la Concertación.

Hijo de dos figuras destacadas de la DC –Jorge Navarrete y Patricia Poblete–, Pirincho fue subsecretario general de Gobierno de Ricardo Lagos. Por casi 25 años fue un militante activo, un joven con apasionada vocación política. Pero se desafectó. Renunció. Aunque nunca se fue del todo. Porque, aunque ha puesto su energía en su profesión –abogado–, nunca sacó los ojos de la política; se mantiene atento a lo que allí ocurre y lo comenta semanalmente en sus columnas en el diario La Tercera, y también como panelista de radio. Hoy es visto como uno de los más agudos analistas políticos de la plaza.

–¿Bachelet salió derrotada o victoriosa de su segundo gobierno?

–Depende de con qué se lo compare. Una de las paradojas es que, pese a que el primer gobierno de Michelle Bachelet fue extremadamente exitoso, todo indica que ella no quedó conforme con lo que hizo. Y luego, en su segundo gobierno, ella sabía que ya no le debía nada a la clase política. Por lo tanto, impuso sus reglas. Las cosas se hacían a su manera. Así designó a su primer gabinete. Así llevó adelante un debate público con mucha soberbia y, sobre todo, con poca conciencia de que sus principales y más importantes clientes eran los ciudadanos.

–Pero esa fisura la provocó el caso Caval, ¿no?

–Caval solo fue la guinda de la torta. La desconexión ciudadana se produjo mucho antes. El diseño e implementación de sus reformas se transformó en una fuente de amenaza para mucha gente.

–¿Fue más la amenaza que el peso real de las reformas?

–Es un todo. Porque en reformas como la tributaria quedó claro que hubo improvisación, frivolidad y confusión a la hora de llevar adelante las políticas públicas. Con todo, hay algo que le concedo a Bachelet, y eso es que hizo una cierta reivindicación de la política pública, de la capacidad de generar cambios. Para bien o para mal, su gobierno demostró a una gran mayoría de chilenos que la política puede influir en sus vidas.

–Más allá del legado, ¿qué estela deja Bachelet? ¿Como la Presidenta que corrió el cerco?

–Bachelet fue la Presidenta que rompió el molde. Que fue más allá de lo que muchos pensábamos posible o razonable.

–¿Eso es un mérito?

–Sin duda. Para un país que durante mucho tiempo se confundió con los acuerdos y los consensos, ella hizo una reivindicación de la convicción y lo hizo con un cierto coraje.

–Justamente eso es lo que algunos le critican…

–Yo sé que para muchos fue un accionar equivocado, pero fue genuino. Y aunque yo he sido muy crítico de su gobierno, le reconozco a Michelle Bachelet que nunca se traicionó a sí misma. Ella muere con las botas puestas y termina su gobierno como probablemente hubiera querido terminar. Esa es una cuestión que no puedo dejar de reconocer.

–¿Cuáles fueron esas botas que no se sacó?

–Fue fiel a una convicción, a un programa de gobierno, a un profundo anhelo de transformación. Y ahí hay algo profundo. Confieso que yo dudé y me equivoqué: y es que la mujer con mayor nivel de popularidad que ha habido en el ámbito público estuvo realmente dispuesta a jugarse todo su capital político en favor de sus convicciones.

–Y los episodios de Punta Peuco y el fallido nombramiento del ex fiscal Luis Toledo como notario, ¿cómo crees que impactan en su final?

–Sus últimas horas mostraron una cierta pérdida de las formas, de los pudores, de la estética en política. Y en estos dos casos en particular, se ve la versión más ordinaria de algo que fue bien constante en su gobierno: confundir persistencia con porfía, pero sobre todo voluntad con voluntarismo.

–Esa manera de funcionar, ¿se la atribuyes al bacheletismo o a un sello del gobierno?

–Desgraciadamente, creo que es más lo segundo que lo primero. Y muestra la poca conciencia que tenían de que ellos eran representantes temporales de una cultura política que tiene una historia. Es como si el gobierno hubiese sido solo de ellos.

–¿Había rasgos autoritarios en la manera de actuar políticamente?

–No sé si esa sea la palabra. Lo que digo es que se sentían por sobre las reglas de la política y del escrutinio de los ciudadanos.

–¿Cómo se rompe esa sintonía fina entre Bachelet y la gente?

–Es curioso. Fue su capacidad de conectar con la gente lo que la hizo tan grande en su primer mandato. Nadie como ella generaba ese nivel de empatía, pero lo perdió. Hubo un abandono de los ciudadanos, que eran su capital político más relevante.

–¿Y qué habrá influido en eso?

–Es una mezcla. Hay una cierta frivolidad, pero también la sensación de que todo ya está perdido. Qué más da, qué cosa peor puede pasar. La derrota electoral fue contundente. Bachelet le entregó la banda por segunda vez a Piñera. Y, además, por segunda vez la ex Presidenta asistió al funeral de su propia coalición.

UNA GENERACIÓN TRUNCA

–Hoy la centroizquierda vive su derrota. No solo porque ganó Piñera, sino porque la derecha podría permanecer por más de cuatro años. ¿Qué te pasa como ex concertacionista y como parte de una generación que no alcanzó brillo propio?

–En eso soy sumamente autocrítico. Yo soy parte de la generación más privilegiada que ha habido en la historia de Chile. Nunca a un grupo de mujeres y hombres le había tocado tener la posibilidad de desempeñarse en el ámbito de políticas públicas, desde distintos cargos, y que nos pagaran –y no poca plata– por eso. Muchos de nosotros estudiamos afuera. Y, sin embargo, fuimos incapaces de construir un proyecto político. De jóvenes promesas pasamos a viejos cracks sin haber debutado.

–¿Y ahí estarías tú, Carolina Tohá…?

–Carolina Tohá, Ricardo Lagos Weber, Sergio Micco, Yerko Ljubetic, Clemente Pérez, Germán Quintana, Ferreiro, por nombrar a algunos...

–Una camada que no logró hacer camino propio. ¿Por qué?

–Porque fuimos cooptados por una lógica de gobierno en que nos comportábamos como empleados y no como emprendedores políticos. Siempre sentí que fuimos buenos gerentes, pero nunca dueños de nada. Salvo honrosas excepciones, desde el punto de vista de la generación política, fuimos un fracaso. ¡Qué duda cabe!

–A la derecha no le pasó eso…

–No ocurrió en la derecha y tampoco en un sector de la izquierda. La mejor demostración es lo que está pasando hoy. Hay un proyecto de renovación muy interesante, encabezado por Gabriel Boric, Giorgio Jackson, la propia Beatriz Sánchez, Jorge Sharp. Y en la derecha hay un Manuel José Ossandón, Felipe Kast, José Antonio Kast, o un Jaime Bellolio. ¿Y qué hay en la social democracia? Nada. Absolutamente nada, y fuimos una generación que encabezó uno de los procesos más exitosos en la historia de Chile.

–¿Por qué no pudieron? ¿Qué pasó?

–Quizás nos ganó la comodidad, quedarnos pegados en un mismo relato, la incapacidad de darnos cuenta de que el país había cambiado, justamente, gracias a nuestro esfuerzo. Nos ganó el “achanchamiento”, el relajo. No quiero ser literal, pero sí, también nos pesó envejecer. Me refiero a un cierto envejecimiento de alma.

“PIÑERA ES SU PRINCIPAL ENEMIGO”

–¿Cómo ves la instalación del nuevo gobierno? ¿Hay un nuevo Piñera en La Moneda?

–Yo creo que es el mismo Piñera un poco maquillado. Pero, al mismo tiempo, me parecen extraordinariamente interesantes algunos de sus cambios. No lo quiero minimizar. Sobre todo, considerando que el propio Piñera es el principal enemigo de sí mismo. Es verdad que ha logrado dominar sus pasiones en aras de un objetivo. Pero es el mismo. O sea, no es ni más generoso ni tiene mayor vocación pública. No está más calmado ni es más paciente. Aunque entendió que para lograr su segundo objetivo –que era volver a ser Presidente– ahora debe tener un buen gobierno que lo reivindique en la historia. Quiere hacer lo que no pudo hacer la vez pasada, y es ahí donde realmente se va a jugar el legado.

–Claro. Necesita dejar un sucesor…

–No solo eso. Él debe mostrar que el hecho de que gobierne la derecha no es una excepción, sino que es parte de la normalidad. Y para eso cambia el relato tradicional de su sector. No es puro crecimiento. Quiere incorporar una cierta mirada social a la derecha. Eso va de la mano con el nombramiento de Alfredo Moreno.

–¿Cómo hacer virtuosa la mezcla de un hombre de negocios y que sea, además, el representante de una sensibilidad social? No es fácil la ecuación.

–Hay dos lógicas, y es probable que sean contradictorias. La primera tiene que ver con poner a alguien con un capital político interesante, con patente de inteligente, a cargo de un ministerio que ha sido, tradicionalmente, la deuda conceptual de la derecha. Pone a uno de sus mejores hombres a cargo del Ministerio de Desarrollo Social. Y, de paso, intenta terminar con el prejuicio de que las personas que se dedican a los negocios, solo piensan en el dinero...

“Pero hay una segunda razón más o menos evidente. Piñera está haciendo una apuesta por su sucesión. Es más o menos evidente. Si no, habría que preguntar a los otros competidores cómo vieron la designación de Moreno”.

–Claramente, fue un guiño presidencial.

–Es que no es solo eso. Se quebró el fair play. Felipe Kast, Manuel José Ossandón y Andrés Allamand son y seguirán siendo los senadores más importantes que tiene la derecha. Pero no van a tener –pese a que tienen las mismas aspiraciones de Moreno– ese mismo nivel de visibilidad.

–¿Y por qué Piñera no habrá optado por uno de los suyos? Como Allamand, por ejemplo…

–En la formulación de tu pregunta está la respuesta. No optó por un afuerino. Optó por uno de los suyos, por una persona pragmática, que viene del mundo de los negocios, que ha sido bueno para hacer plata y a quien, de repente, se le despertó su vocación pública. ¿Quién más parecido a Piñera que Alfredo Moreno?

–Pero Allamand y Piñera tampoco son tan, tan distintos..

–Son sumamente distintos. Piñera jamás se hubiese cambiado de colegio en la secundaria para participar en un mundo político como lo hizo Allamand. Piñera ha sido un completo outsider, que hace gala de su independencia, le gusta sorprender, salirse de los cánones, siempre anda al borde de las reglas. Entonces, ¿quiénes son los suyos para Piñera? ¿Los de RN? No. Los suyos son más los Alfredo Moreno que los de los partidos de la derecha. En eso no hay que equivocarse. //@revistacosas

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