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martes, 15 mayo 2018
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Juan Carlos Cruz: "Los obispos de Chile son una verdadera mafia"

–¿Con qué sensación te quedaste tras la reunión con el Papa?

–El día antes de volver a Estados Unidos, fui a la misa privada del Papa, le ayudé. Casi me dio un infarto cuando me lo pidieron. Estaba muy pendiente de no botar los copones producto de los nervios. ¡Fue muy bonito! Después de la misa, pude estar de nuevo con el Papa, fue muy cercano y me dijo que sentía que todo había sido muy provechoso. También me pidió que siguiéramos en contacto y que yo lo ayudara a rezar para que él hiciera las cosas que tuviera que hacer.

–¿Cómo te llega esta invitación para ser su ayudante en la misa? Porque se entiende que es otro gesto importante del Papa hacia ustedes…

–Como yo me quedé un día más solo en el Vaticano, tenía pensado ir a misa antes de volver a Estados Unidos. Fue ahí cuando me pidieron que mejor participara de la misa oficiada por el Papa.

–¿Cómo fue la llegada a Roma?

–Yo fui el primero en llegar unos días antes porque tenía que trabajar y quería estar preparado. Fui solo, a diferencia de José y James, que fueron con sus familias. Todo el tiempo estuve con monseñor Bertomeu, a quien el Papa le pidió personalmente que se encargara de nosotros. Él me fue a buscar al aeropuerto en un auto del Vaticano, me llevó a su oficina en la Congregación para la Doctrina de la Fe, conocí a muchas personas incluido el prefecto. Pasé unos días en Roma, mientras seguía trabajando para mi oficina. Comí con ellos y conocí a mucha gente, conversé con algunos de los cardenales, así fue hasta que llegaron los demás. Yo estaba en Santa Marta un día antes y fue bien impresionante estar ahí, porque el Papa baja a almorzar a dos mesas de uno y nadie se inmuta, ¡pero yo no podía creer que estaba ahí! Él va y se sirve sus propias ensaladas en el buffet. Es todo bien impresionante. Lo mismo pasaba en la tarde, en la comida.

–Independiente de todo lo que te ha tocado vivir, tú sigues siendo muy creyente. ¿Qué significó en lo más íntimo para ti el hecho de haberte reunido con el Papa?

–Para mí, como creyente, fue todo muy impactante. Pero, por otro lado, esto no fue un ejercicio de relaciones públicas ni que a mí me haya comprado el Vaticano. En ningún momento dejé de decirles todo lo que tenía que decir, no solo por mí, sino que por tantos otros. No quería que esto fuese solo sobre mi historia. Nunca me olvidé de los otros sobrevivientes de abusos sexuales en todo el mundo. Le quería dejar en claro a Francisco que la cultura del encubrimiento de los abusos por parte de los obispos no se da solo en nuestro país. En eso fui enfático y realmente fue una conversación de corazón.

–¿Alguna impresión sobre tu propio encuentro?

–Iba un poco más tranquilo, porque José y James ya habían hablado con el Papa. Me senté con él y fue muy paternal y cariñoso. Me dejó hablar. Cuando se me cayeron las lágrimas, se notaba que el Papa estaba afectado por mi dolor. Me decía: “Tranquilo, chiquillo”. Fue muy emocionante, pero después me dejó hablar sobre lo que sufre tanta gente. Le hablé del cardenal Errázuriz. Le dije que él no podía rodearse de gente tan tóxica como Errázuriz.

–¿Y qué te respondió en ese momento?

–Asentía con su cabeza y me escuchaba atentamente. También le dije que los obispos en Chile le destruyeron su imagen en nuestro país y que eso no podía ser. Los obispos de Chile son una verdadera mafia.

–En ese sentido, ¿qué esperas de la reunión que el Papa tendrá en los próximos días con todos los obispos chilenos en el Vaticano?

–Espero que varios de ellos se vayan, que Errázuriz no siga en el Consejo del Papa. Él verá qué determinación toma, pero creo que ahora él está bien informado y sabe bien lo que tiene que hacer.

–¿Alguna anécdota que puedas compartir con nosotros?

–Muchas veces cuando la conversación se ponía algo más liviana, él me contaba cosas de él y hasta me contó un chiste. Era un chiste muy inocente y me reí mucho. Realmente fue una conversación en la que me dejó decir lo que yo quisiera. En un momento se me salió un garabato, le pedí perdón y él me dijo que no me preocupara. Pero en lo más importante el Papa no podía creer el horror que son los obispos chilenos.

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