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martes, 12 junio 2007
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Juan Cuneo Solari:“Todos nos equivocamos, sólo que unos menos que otros”

 

En esta entrevista, la más personal del empresario Juan Cuneo, actual vicepresidente de Falabella, no sólo habla de la histórica fusión de la multitienda con D&S, que convirtió a este nuevo bloque empresarial en un gigante sudamericano. Por primera vez se refiere a sus penas y alegrías, a su amor por el mundo ecuestre y, de paso, hace una aguda autocrítica del sector privado.

 I mpecable. Traje en tonos marrón de Casale Monferrato, marca de sastrería top de Falabella, y corbata de seda italiana al tono. La mirada atenta a las preguntas y las enérgicas respuestas que dejan ver de inmediato a un patriarca que inspira el respeto de todo el clan Cuneo-Solari-Falabella. No cabe duda: el “Nonno” es amado por toda su parentela.


Su acento pausado y reflexivo y su porte de hombre amante de los deportes, lo convierten en un personaje que en ningún momento pasa inadvertido, que no da espacio a vacilaciones, que parece estar siempre abierto al desafío. ¿Quién hubiera imaginado que ese niño rubicundo que trepaba por los escaparates de un almacén en Iquique llamado “La Confianza”, se convertiría con el paso de los años en el gran delfín del retail nacional?
En su familia, varios depositaron su confianza en “Juanito”. Uno de ellos fue su tío Alberto Solari, el mismo que cuando tenía 6 años lo llevó de urgencia al hospital luego de que cayera desde el alto de una bodega, lo que le produjo una severa fractura en un brazo. Ese acto, premonitorio en su vida, marcó el inicio de un largo camino dedicado al comercio. “Ahí me di cuenta de que mi tío Alberto Solari iba a ser importante en mi desarrollo. Lo mismo que mi padre, que me dio el valor para seguir adelante. El era un italiano modesto, que llegó como inmigrante desde La Liguria, que fue voluntario en la guerra y que me enseñó que en la vida hay que hacer frente a lo que venga”. De esta saga de personajes, todos ilustres comerciantes, se mantuvo el apellido materno de una de las abuelas: Falabella, cuya traducción es “¡hazla bella!”, una expresión italianísima que habla –como explica el mismo Cuneo–, “del amor por hacer bien las cosas”.
La entrevista se inicia cuando se prepara para firmar la exitosa alianza con el Grupo D&S, a cargo del empresario Nicolás Ibáñez. No demuestra ni un asomo de preocupación. Es más, cuando llega y saluda al equipo de “Cosas”, cuenta a modo de humorada que debe reanudar su plan de ejercicios y elongaciones. Y aunque toda su vida fue un deportista destacado en varias ramas, desde el fútbol hasta la caza submarina, reconoce que la larga cabalgata del fin de semana con sus nietos le produjo un leve dolor de espalda. “Ya sabes: parece que con la edad van disminuyendo las habilidades deportivas”, comenta. Y se ríe de sí mismo: “Ahora, más que correr los caballos, uno los mira de lejos”.
–Se ha dicho que usted tiene un tremendo estilo para los negocios, ¿cómo lo definiría?
–Creo que suena algo presuntuoso hablar de un estilo y mucho más que yo mismo lo califique. Tengo mi forma de hacer las cosas y es la que aprendí de mis padres, de mis profesores, de mi familia, de nuestros clientes y de muchas otras personas. Eso no significa que uno no tenga un estilo más informal para relacionarse socialmente. Pero, a la hora de hacer negocios, soy de una formalidad terrible (explica medio en broma, medio en serio). Para mí, la palabra empeñada vale más que cinco escrituras firmadas. Aunque eso no quita que uno pueda conversar o reír. En la vida siempre hay cosas que no funcionan para bien; por lo mismo, no soy de los que tiende a amargarse por cualquier cosa.
–¿Siente que alguna vez se equivocó en un negocio?
–El que diga que nunca en la vida se ha equivocado, quiere decir que en realidad es un tonto. Todos nos hemos equivocado. La diferencia es que algunos nos equivocamos menos que otros (y suelta una carcajada). Además, soy de los que piensa que los malos negocios se echan al olvido y no se vive con ese lastre. En un caso así, de inmediato pienso en los nuevos negocios.

Con Joanna Queirolo suma más de 40 años de matrimonio. De esta unión nacieron Paula y Georgianna. Entre ambas le han dado ocho nietos. A la derecha, “Juanito”, a los 14 años, celebrando su primera comunión.

–¿Cuál fue el ejemplo que le dejó su padre, Ernesto Cuneo?
–Fue un hombre excepcional, que se fue de voluntario a la Primera Guerra para defender su patria y sus principios. Después se vino a Chile a trabajar y luego volvió a Italia a buscar una señora, como era la costumbre de esa época. Y se casó con Marietta Solari, mi madre. Juntos formaron una familia de una integridad a toda prueba. Todo eso me enseñó muchas cosas, como, por ejemplo, a hablar lo menos posible, a tener un bajo perfil. Imagínate que mi padre nos contó que había sido condecorado cuatro veces por sus servicios en la guerra sólo días antes de morir. ¿Por qué? Simplemente porque pensaba que esas condecoraciones no significaban nada, ya que el verdadero mérito lo tenían los que habían caído a su lado. De él también aprendí que una derrota debe ser aceptada como una lección y no como un fracaso.
–Si pudiera hacer un balance, ¿cuál es su gran orgullo como empresario?
–Pienso que haber hecho realidad lo que tantas personas soñamos es un orgullo. Yo he dedicado prácticamente toda mi vida a Falabella. Cuando nos hicimos cargo de este negocio, como familia, soñábamos con un negocio grande, que abarcara a todo el país, que después tuviera presencia internacional. Poco a poco, los sueños empezaron a ser realidad. Y creo que si hemos sido pioneros, ha sido porque siempre hemos entendido que el servicio al cliente es la clave.
–¿Y cómo explica la internacionalización de estos negocios? ¿Como una señal de estos tiempos?
–Lo que sucede es que este país, como mercado, es muy chico. Y al sentir el tenor de cómo avanza el mundo, decidimos partir primero por Argentina, después Perú, luego Colombia y así sucesivamente. Somos de la idea de que cuando una empresa no crece, muere. Por lo tanto, necesitamos crecer, para que nuestros clientes, nuestros trabajadores y nuestros ejecutivos estén contentos.

Cambió el consumidor

–Usted ha estado al frente de una empresa que ha trabajado muy cerca el tema del consumo, ¿cómo siente que ha evolucionado el gusto de los chilenos?
–Creo que el gran cambio comienza con la apertura de Chile hacia el exterior. Si bien Falabella siempre estuvo dedicada al tema de la moda, una vez que se abre al exterior aumentó la competencia, ya que no sólo era interna. Además, se dio el fenómeno de que llegaban más cosas de afuera y eso obligó a tener nuevos productos y mejores servicios. Sin duda, el cambio más importante en el consumidor chileno es que ahora es más dueño de la verdad, debido fundamentalmente a que está mejor informado y a que tiene mayor acceso a muchas ofertas. Es decir, el consumidor actual tiene una personalidad muy distinta a la que tenía hace 15 años, cuando en lugar de comprar, la gente parecía conseguir las cosas. Ahora es muy diferente: tenemos que esforzarnos cada vez más para que el cliente nos compre.
–¿Qué rol cumple su familia en la toma decisiones?
–Un rol importantísimo. En ese sentido, conservamos orgullosamente nuestro origen italiano... Creo que con eso lo digo todo, ¿no?
–Si pudiera establecer las fortalezas de Chile para atraer inversionistas, ¿qué cosas se le ocurren?
Tla calidad de los profesionales y la responsabilidad de nuestros trabajadores... eso es bastante.
–Y por el contrario, ¿cuáles serían las debilidades?
–El país requiere atraer inversiones. La verdad es que no se me ocurre una razón para que alguien, pudiendo, no quiera hacerlo. De todas formas, creo que con menos burocracia seríamos aún más atractivos.
–¿Hay algo que le moleste del gobierno en estos días?
–El gobierno no me molesta. Creo que hace su trabajo como nosotros hacemos el nuestro. Y el objetivo de uno y otro es brindar satisfacción a su clientela. El gobierno y el comercio viven del mismo cliente. Uno para atraer votos y el otro para que compren. ¿Entonces? Yo soy optimista. Ojalá que a todos nos vaya bien.
–De un modo casi autocrítico, ¿tiene algún reparo para el sector privado?
–Sí. Creo que no hemos asumido el problema de la distribución del ingreso en Chile, aunque pienso que todavía es tiempo. Tenemos que enfrentarlo. No podemos esperar que los encantadores de serpientes propongan la fórmula agotada de mayores regulaciones y más impuestos.
–Usted mantiene un bajo perfil, ¿por qué?
–Pienso que el bajo perfil le hace bien a los negocios. Las preguntas no son las complicadas, sino las respuestas. Uno en esto muchas veces puede omitir o mentir. Y, como a mí no me gusta ni uno ni lo otro, prefiero casi no dar entrevistas. Hablo menos y actúo más.
A sus 75 años, reconoce que el campo ha sido otra de sus fuentes de inspiración. “Creo que allí se puede establecer esa íntima conexión que tienen todas las actividades que desarrolla una persona. Por ejemplo, para cosechar antes se debe sembrar. Hay una tierra apropiada para cada cultivo y aceptar que, además, siempre hay un conjunto de variables que no controlamos ni podemos predecir”, dice. Esa misma filosofía es la que aplica a cada uno de los desafíos empresariales que giran en torno a su multifacética personalidad. A la actividad agrícola, que desarrolla a través de la Viña Casas del Bosque, se suma la presidencia del Hipódromo Chile, actividad que desarrolla desde 1997 y que, asegura, le brinda tantos agrados como dolores de cabeza. Pero, sumando y restando, allí siempre es feliz.

Un “Nonno” muy cercano

–¿Cuál era el nombre de su primer caballo?
–Se llamaba “Naucino”, porque era hijo de un caballo que se llamaba “Naucides” y de una yegua de nombre “Quemchina”. Entonces, fue la conjugación de los dos nombres. Fue un caballo que tuvimos en sociedad con un primo que ya falleció, Bernardo Solari. Fue mi tío Alberto quien nos metió a ambos en este mundo de la hípica, fue él quien nos regaló a “Naucino”. Tuvimos la suerte que salió bueno y debutó ganando... Todavía tengo sus fotos en la oficina. Creo que ha sido el mejor que he tenido, es como si fuera el primer amor de la vida.
–¿Cómo evalúa el actual estado de la hípica nacional?
–Creo que se ha mantenido bastante estable. Lo que sí ha cambiado es la forma en que se administra la hípica. Hoy existen más de cien lugares donde uno puede ver las carreras, juntarte con tus amigos, apostar y no necesitas ir al hipódromo. Incluso, uno puede seguir una carrera por Internet, algo que hasta hace una década hubiera sido imposible.
–¿Usted apuesta?
–Sí, por supuesto. Pero no te hablaré de cifras.
–¿Cómo trata de inculcar ese amor por el campo y los caballos a sus nietos?
–Estoy constantemente invitándolos al campo, en Casablanca. Ahí tengo caballos para que todos puedan aprender y cabalgar. Los más grandes, claro, también han hecho modificaciones al paisaje. Hicieron una pista de motocross. Cada loco con su tema. Lo que me gusta es que todos podamos pasarlo bien en familia, que no se pierda esa costumbre. También me gusta que partamos todos juntos fuera de Chile.
–¿Qué tipo de abuelo es usted? ¿Protector, bueno para regalonear o malcriador?
–No lo sé. Creo que mis nietos debieran calificarme. Ellos no me dicen abuelo... Me llaman “Nonno”, bien a la italiana. Sí puedo decir que soy un abuelo muy cercano.
–Si no hubiera sido el hábil empresario que es ahora, ¿qué le habría gustado ser?
–Debería haber sido profesor. De hecho, hice varios años clases en la Escuela de Economía de la Universidad Católica. Ocupaba gran parte de mi vida en eso y sentía una gran satisfacción al darme cuenta de que los alumnos aprendían.
“La verdad es que el tema de los negocios nunca me ha llenado, como muchos podrían imaginar. No es algo que sea una razón de ser. Mucha gente piensa que cuando Falabella llegó al Parque Arauco pudo ser un momento de gran emoción en mi vida. La verdad es que no fue así. Fue importante, pero para mí fue algo tan especial como cuando llegamos a Temuco. Para mí, cada persona es de primera categoría”.
–Dígame, ¿cuál es su cábala? ¿Qué cosas no puede dejar de hacer cada día?
–Hablar con mi familia y agradecer a Dios por tantas cosas, empezando por el simple hecho de estar vivo. Eso es todo.

Alfredo López Jiménez
Fotos: Carlos Ferrer y álbum familiar

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