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miércoles, 24 septiembre 2014
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“LA LITERATURA AL FINAL SE CONVIERTE EN ARENA” GERMÁN MARÍN

El prolífico escritor chileno, a sus 80 años ha vuelto al ruedo con gran presencia.Acaba de publicar “Tierra Amarilla” y Ediciones UDP reeditó “El Palacio de la Risa”, un texto quede cómico no tiene nada.

 Por: Oscar Sepulveda /Fotos: Ronny Belmar

De Germán Marín se podrán decir muchas cosas, pero nunca que es ingenuo o iluso. Si bien varias universidades, casas editoriales y escritores se la jugaron este año apoyando su postulación al Premio Nacional de Literatura, él nunca cifró esperanzas en que le fueran a dar ese reconocimiento, que para muchos tiene más que merecido, por la solidez de su obra literaria y su profunda raigambre con la cultura chilena. “No creo que gane. Estoy acostumbrado a perder”, decía a quien le tocara el tema. Y tenía razón: el galardonado al final fue Antonio Skármeta.

¿De dónde le nacía tanto escepticismo a Germán Marín? De un par de experiencias previas en que fue postulado y de las entretelones de que se enteró tiempo después. Así nos lo explica, en una tarde gris que riñe con la entrante primavera, en el café Villarreal de Providencia, donde nos juntamos para esta entrevista.

A pesar del frío invernal, él prefiere que lo atiendan en una mesa de la terraza que mira hacia la avenida Pedro de Valdivia. Nos explica que así no vamos a tener tanto ruido durante la entrevista, pero evidentemente la razón es otra: no está dispuesto a dejar de fumar ni un minuto, a pesar de que el médico le ha aconsejado dejar el cigarro, hábito que probablemente es el responsable de su voz enronquecida, casi inaudible.

–¿Qué reparos le merece en general la forma en que se entrega el Premio Nacional de Literatura en Chile?

–Hay algo que me molesta particularmente y es que este premio fue reformulado bajo el régimen militar y se le dio otras características. Además de dejarlo cada dos años (antes era anual), se modificó el jurado y se creó uno prácticamente institucional, que se conserva hasta hoy. Tras la restauración democrática, nunca ha habido interés alguno de corregirlo. Las pocas veces que se ha intentado, la respuesta han sido bostezos de los señores parlamentarios, porque el tema de la cultura no les interesa para nada.

–¿Cómo evalúa la composición del jurado?

–Es un tipo de jurado un poquito anacrónico, en el sentido que se elige siempre representaciones institucionales. Lo integra el ministro de Educación, que se supone que es un hombre que ha leído. También se supone que el representante de las universidades es un hombre leído, docto. Después hay un representante de la Universidad de Chile, que ahora es un médico, y también se supone que es un hombre letrado… y así. Excluyo de este comentario a la Academia de la Lengua que supongo que sí tiene gente leída. Pero en general es un jurado que puede dar cualquier tipo de resultado cuando se aboca a esa tarea.

–¿Cree que influyen consideraciones extraliterarias en ese premio?

–Sí, yo creo que influyen factores de amistad, de relaciones políticas, adhesiones, ese tipo de cosas, pero no la literatura como tal o el desarrollo que haya tenido el escritor. Otro reparo más que le hago a ese premio es que se da siempre al final de trayectoria. Si usted se fija en los que postularon este año, salvo Zurita, son todos escritores más o menos de mi edad, 80 años. Encuentro injusto que este premio se conceda al final de una vida, casi como un acto de jubilación, cuando debería concederse cuando la gente está en los 50 años, cuando todavía tienen vida y capacidad para llevar a cabo una nueva producción en otras condiciones económicas.

–¿De qué manera podría influir la política?

–Un día, conversando medio en broma con quienes me apoyaban para el premio, decíamos que cuando el ministro (Nicolás Eyzaguirre) viera el dossier donde estaban las cartas de patrocinio y apareciera ahí Alfredo Jocelyn-Holt, que es muy crítico del actual gobierno; y apareciera el rector Carlos Peña, que le hizo la famosa entrevista al ministro, y apareciera Héctor Soto, quien es crítico del gobierno a través de La Tercera, capaz que él dijera: ¡Pero si éste es un candidato de derecha, qué patudo venir a postular! (se ríe). Pero yo disto de ser de derecha, como consta. Germán Marín está convencido de que incluso el destinatario del premio depende de la mayor o menor aceptación que se tenga en las más altas esferas del gobierno. “Es curioso, pero yo me he enterado ya de dos concursos en que este asunto llega al Presidente de la República, porque el ministro de turno consulta. Con el premio de la Isabel Allende fue así”, asegura.

–Pero si así hubiera ocurrido este año, a usted podrían haberle subido los bonos, porque la Presidenta Bachelet debe haber leído sus libros, entre ellos “El Palacio de la Risa” (sobre Villa Grimaldi), con el que se debe sentir identificada.

–No sé, pero me imagino que la señora Presidenta, que fue “visita” en ese lugar junto a su mamá, puede haber tenido alguna curiosidad por ese libro…

Lo que sí está claro es que yo, si bien voté por ella, no estuve entre quienes participaron directamente en su campaña ni estuve aplaudiendo ahí en la televisión. No me interesaba tampoco. Acallados ya los ruidos que generó la entrega del Premio Nacional, Germán Marín lanza otra afirmación polémica: “Dedicado todavía a escribir, sólo espero ser recordado como un escritor que fracasó. Esta idea del fracaso viene del Golem de Jorge Luis Borges, una especie de fetiche creado en una novela fantástica de Gustav Meirink, a principios de la década del 20, que luego le permitió a Borges recrear una serie de metáforas culturales sobre el significado de la literatura. El Golem es un hombre de arena, que se deshace. Yo pienso que la literatura o las literaturas finalmente se convierten en arena”. Cuesta creer que ése vaya a ser el destino de los textos de Marín. “En la veintena de libros que llevo publicados, he hecho una literatura que ha tenido mucho éxito de crítica, de todos lados, con ventas relativamente buenas”, señala, mientras tose y se ajusta la bufanda. “Uno publicado en 2013, ‘El Guarén’, ya va en tercera edición. La editorial de la Universidad Diego Portales reeditó este año ‘El Palacio de la Risa’, que antes publicó Random, y Fondo de Cultura Económica acaba de sacar ‘Tierra Amarilla’, que ha andado bastante bien. Esos títulos han circulado muy rápido, quizás porque son breves.

Pero hay otros libros, que quizás a mí me significaron mayor esfuerzo, que teniendo éxito también, fueron más lentos, como las novelas de la trilogía ‘Historia de una absolución familiar’ (‘Círculo vicioso’, ‘Cien águilas’ y ‘La ola muerta’), de 500 o 600 páginas cada una. Sin embargo, esos libros fueron pasando de una edición a otra a través de los años, por lo que han acumulado su éxito”.

 

“YO FUI CADETE DE PINOCHET”

 Profundizando en cómo conectan sus libros con todo lo ocurrido el período de la dictadura militar, Marín cita un vínculo bien curioso: “En mi novela ‘Cien águilas’, Pinochet es personaje, aunque un poco lateral. Y él está ahí no por una cosa política, sino porque yo fui cadete de él en la Escuela Militar duranteun año. El era capitán de compañía y yo estaba en la primera sección de su compañía. Me tocó tratarlo durante un año, bajo esta misma distancia en que estamos tú y yo ahora”.

–¿Y con qué impresión se quedó de Pinochet en esa época? ¿Con qué adjetivo lo calificaría?

–Mira, aunque en la Escuela Militar era muy frecuente que todos tuvieran algún sobrenombre, él nunca tuvo. Diría que la gente que lo conoce se divide entre quienes lo encuentran sagaz e inteligente, y quienes lo encuentran limitado intelectualmente.

 

SUS LIBROS

 Trilogía “Historia de una absolución familiar”. Incluye las novelas ‘‘Círculo vicioso”, “Cien águilas” y “La ola muerta” / “Carne de perro”/ “El Palacio de la Risa” / “Idola”/ “Cartago”/ “La segunda mano”/ “Dejar hacer”/ “El Guarén”/ “Notas de un ventrílocuo”/ “Antes de que yo muera”/ “Tierra Amarilla”.

Libros de cuentos: “Conversaciones para solitarios”/ “Lazos de familia”/ “Basuras de Shanghai”/ “Compases al amanecer”/ “Últimos resplandores de una tarde precaria”.

–¿Y entre quiénes se ubica usted?

–Yo creo que era astuto, sabía moverse. Pero con él no había ese acercamiento, esa familiaridad que se daba entre los otros oficiales. Pinochet no creaba eso en torno a él. Y cuando no era obedecido suficientemente, era bastante histérico y duro en el mando.

–¿Cómo se notaba ese rasgo?

–Por un movimiento que tenía en las manos. Movía constantemente los dedos, como ajustándose los guantes. Era muy gritón… chillón, más que nada. Esa voz que le salía cuando era Presidente le venía de joven.

“Quizás no sea yo el mejor para decirlo, pero esperabaque al asumireste gobiernose iban a hacercorrecciones,y veo que nohay tal. Todo sigue igual”, dice el escritor Germán Marín.

–A su edad, usted ya debe estar revisando y haciendo balances. ¿Cómo ve al Chile de hoy?

–Lo miro con escepticismo. Quizás no sea yo el mejor para decirlo, pero esperaba que al asumir este gobierno se iban a hacer correcciones, y veo que no hay tal. Todo sigue igual y puede ser peor este país, porque la tendencia no se ha interrumpido. Ha habido gestos, pero no cambios reales.

–¿A qué atribuye eso?

–Creo que intervienen muchos factores. Hay gente que dejó de estar en el gobierno y llegaron muchos nuevos. Esos nuevos deben decir: ‘Bueno, ahora nos toca a nosotros’. Como ha ocurrido con varios gobiernos de la Concertación. Han pasado cosas terribles que luego se olvidan intencionadamente, porque el otro lado también tiene su hachita que afilar… Yo hasta prefiero despreocuparme de lo que pasa. De las noticias, leo los titulares y poco más.

–¿Y sigue leyendo literatura?

–Leo. Leo mucho. Tengo amigos que gastan bastante dinero en libros o que los reciben de las editoriales, y me los prestan.

–¿A qué escritores chilenos actuales considera interesantes?

–Los dos primeros libros de Zambra no me gustaron, porque eran flojísimos; recién este último (“Mis documentos”) me atrajo. El de Rafael Gumucio (“Mi abuela. Marta Rivas González”) empezó siendo una novela y fracasó en el intento. Terminó convertida en una larga crónica. Me gustó hasta como la página 50 o 60, y después encontré que se empezaba a repetir.

Comenta Marín que un libro que lo dejó muy disgustado fue “Los nenes”, de Patricio Fernández, que hablaba sobre su vida y la admiración que sentían porél varios escritores jóvenes. “Pero era un falso elogio porque lo que se hizo ahí fue caso un acto de destrucción de mí. Contó cosas personales que afectaron mi matrimonio. Estuve a punto de tener que separarme de mi mujer, con quien estamos casados de toda una vida. Después de eso, la relación entre ella y yo nunca ha mejorado totalmente. Hasta hoy. Fue algo muy grave”.

–Es complicado cuando la literatura interviene en la realidad. En este caso, usted se siente víctima, pero en otros pueden haber quedado víctimas de libros suyos.

–Siempre me he preocupado mucho, incluso en cuanto a los nombres. Ahora le estoy dando vueltas a un proyecto que tengo, en que hay un jardinero al que le puse Manuelito, y me acabo de dar cuenta que no puedo hacerlo, porque tengo un amigo al que a veces le digo Manuelito, que es José Manuel Vial, que ahora vive en Washington. Soy amigo de su familia, del papá, de su hermano… Y el tal Manuelito de mi proyecto tiene un enredo con su patrona, así que no lo voy a poder llamar así.

 

 

 

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