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lunes, 14 mayo 2018
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La nueva vida de Jordi Castell

El fotógrafo y conductor está cumpliendo un sueño. Hace poco inauguró “Eloísa”, su nueva pastelería y panadería en Las Condes. Ahora le toca trabajar junto a su pareja, con quien también convive. Pareciera ser que Jordi, finalmente, lo logró.

Por: Jonathan Reyes / Fotos: Bárbara San Martín

De lejos se divisa a Jordi. Ahí está con delantal, coordinando todo junto a Juan Pablo, su pareja. El olor que emana desde el interior despierta nuestro apetito. Se trata de pan recién horneado. Al interior de “Eloísa”, la nueva pastelería y panadería de uno de los rostros más queridos de la televisión, el ritmo es incesante. Las señoras del barrio entran y salen en busca de pan, empanadas, tortas, membrillos en conserva, pasteles y café. Jordi saluda a cada uno de sus clientes y se da el tiempo para conversar con ellos. A muchos los conoce desde hace años. Es que “Eloísa” está ubicada a media cuadra de su casa. Un sueño hecho realidad después de muchos años.

Nos sentamos a conversar en una de las mesas que están afuera del local, todo muy acogedor y con un importante sentido de vida barrio. Ha pasado un año desde la última entrevista de Jordi con “Cosas”. Meses intensos para él y para los que lo rodean. Hace unas semanas enfrentó la partida de su abuelo Salvador, quien lo crió y lo formó en el hombre resuelto, feliz, comprometido y libre en que se ha convertido hoy. También volvió a la televisión en un rol que le acomoda. Hace unos meses reemplazó a Juan Carlos Valdivia en la conducción del late show “Algo Personal” en UCV Televisión.

El nombre de este nuevo emprendimiento es un homenaje a una de esas amigas que falleció hace un tiempo. “Ella me enseñó a distinguir un buen postre, a comer dulces, y lo principal es que me enseñó a disfrutar sin ningún nivel de culpa al comer algo rico. A Eloísa la recuerdo cada vez que me como un rica torta”, cuenta.

–¿Cómo estás con este nuevo trabajo? Es un proyecto de vida porque también trabajas junto a tu pareja.

–Me pilla como desenlace de un proceso que duró siete años. Hace mucho rato tenía ganas de hacer un emporio de barrio que fuera poco pretencioso, que no implicara mucho desgaste y que tuviera que ver con estar detrás de un mostrador. Eso tampoco es tan ajeno a mis orígenes, porque mi familia siempre fue de comerciantes; yo me crié y me eduqué gracias al trabajo de mis abuelos en el mostrador del “Baratillo”, que era la tienda que tenían en San Fernando, entonces esto no es tan nuevo y tampoco es un capricho. No me quería cambiar de casa ni de barrio, conozco a todo el vecindario, tengo muy buena relación con todos y es ideal porque el local me queda a media cuadra de mi casa. Muchos vecinos tienen mascotas y acá los perros están permitidos.

–Se hace mucha vida de barrio. ¿Cuál es el peak de horario?

–Hay dos momentos en el día en que llegan muchos clientes. De una a tres de la tarde, cuando se bajan todas las empanadas y los quiches, y de 6 a 8 de la tarde es cuando llega más gente. Abrimos de lunes a domingo y estamos en plena marcha blanca. Puedo decir muy orgulloso que en seis días vendimos lo que teníamos presupuestado para un mes. Sobre la marcha tuvimos que empezar a pedir más y más. Estamos felices. Mi abuelo me preparó para esto entregándome muchas herramientas. En el stock quise ser discreto para poder proveer el primer mes. No quise encargar más productos que lo debido y ha resultado.

–¿Este negocio es lo que siempre quisiste hacer en tu vida?

–Tengo un grave defecto: no creo en el futuro. Sé que eso puede ser un poco contradictorio, porque me gusta proyectarme en términos emocionales o afectivos, pero en el formato laboral nunca he creído que uno va a estar toda la vida haciendo lo mismo. Siempre supe que no iba a ser fotógrafo hasta el final y siempre ha tenido claro que no voy a trabajar en televisión toda mi vida.

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