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viernes, 27 julio 2018
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León Cohen: "Estamos navegando entre la angustia y la persecución"

Sostiene que el gran cambio cultural que vivimos se debe a que se han desdibujado las fronteras. Ya nadie tiene un muro que lo proteja. “Todos estamos expuestos”, dice este psicoanalista y remata: “Somos ciudadanos perplejos”.

Por: Claudia Alamo / Fotos: Bárbara San Mart

Que vivimos en tiempos revueltos, es casi un lugar común. La caída de los poderosos, la rabia que se respira, las denuncias por abusos, el rol e intensidad de las redes sociales, los estados emocionales en juego, todo junto, arman un cuadro interesante para analizar.

El psicoanalista León Cohen sostiene que el tema de fondo es que se han desdibujado las fronteras. Ya no hay barreras de contención ni espacios certeros desde donde agarrarse. ¿Eso es bueno o es malo? ¿Estamos preparados para surfear la rapidez de los cambios?

“El desdibujamiento de las fronteras es un hecho clave para entender la revolución cultural que estamos viviendo”, dice Cohen y añade que para cruzar este momento es muy importante estar atentos. Eso significa observar, escuchar, leer los movimientos que se van produciendo, lo cual no es nada fácil. ¿Por qué? El analista lo explica así: “Porque estamos en pleno proceso y viviendo en un mundo de ansiedad donde la figura materna tiene un solo nombre. Se llama Ravotril”.

–Bueno, es un medicamento que se consume mucho...

–Claro, porque se necesitan muchas mamás.

–¿Por qué? ¿Cuál vendría siendo el rol de la madre?

–Es la contención emocional. Lo que se busca es la función materna, que puede ser un hombre también. Y eso sucede porque ya no hay líderes políticos como Churchill que nos digan: “Tenemos que hacer esto y lo vamos a hacer de tal manera”. Eso se acabó.

–Pero otra parte, aquellas figuras o instituciones que jugaban un rol, han caído. Se ha corrido el velo de los abusos en la Iglesia, en la industria del cine…

–Desde una mirada psicoanalítica, aquí se han desatado procesos que llevan décadas. Probablemente, vienen desde los años 60 en que el mundo estaba más definido. Teníamos la Guerra Fría y cada uno se estructuraba en torno a una ideología definida. La gente tenía muy claro en qué lugar estaba. Y eso daba cierta una estabilidad.

–En el fondo, ¿había un anclaje?

–Claro. Los hombres eran hombres. Las mujeres eran mujeres y la gente pensaba que los homosexuales tenían una especie de enfermedad. Los transexuales no existían. Todo el tema de las minorías no existía.

–Pero esto es reciente. Hasta hace muy poco las autoridades, la Iglesia, eran intocables...

–Es cierto, pero los procesos son subterráneos y demoran décadas en cristalizarse.

–¿Y qué marca este proceso?

–Esta nueva etapa está marcada por el desdibujamiento de las fronteras y de los límites. El fin de las fronteras se ve claramente a través de los procesos de inmigración en Europa, Norteamérica y ahora en Chile. Nunca había habido tanto movimiento de gente desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Hoy las fronteras son más permeables.

–¿Qué provoca eso?

–Que aumente la ansiedad, las fantasías paranoides, los temores y las angustias. Por ejemplo, la Iglesia perdió sus fronteras. Trataban de mantenerlas a través de una especie de autoridad divina. Y ellos funcionaban negando todos estos hechos, minimizándolos, pero al caer las fronteras, las personas sienten que pueden denunciar. Ya es imposible mantener esa idealización.

–¿Por eso todos caen?

–Claro. Hoy todos estamos expuestos. Aquellos que estaban idealizados, que tenían un cierto poder, hoy son invadidos, ya sea a través de la palabra, de la investigación, de la denuncia. Se caen las idealizaciones y aparece la realidad.

–¿Cuál sería el riesgo de estar todos expuestos? Hay filósofos que se preguntan cuánta transparencia es capaz de tolerar el ser humano…

–Bueno, estamos en una transparencia total y las denuncias pueden caer sobre cualquiera, incluso falsamente. Ya sea porque alguien tiene un resentimiento, una envidia, una venganza… Y si eso tiene eco en las redes sociales, se puede transformar en una especie de falsa realidad, pero que queda flotando como si fuese una verdad.

–¿Peligroso? Quizá es más sano, ¿o no?

–Es una situación sumamente peligrosa. La transparencia total es un resultado de lo que ocurre a través de la cultura global y de los medios de comunicación. En el fondo, es el predominio de la comunicación evacuativa.

–¿A qué le llamas “comunicación evacuativa”?

–A todo lo que uno ve en las redes sociales. La falta de fronteras, de límites, genera una disminución de los sentimientos de temor, de vergüenza y una motivación a la evacuación. La comunicación evacuativa significa, en realidad, que sin ningún problema, la gente ya no considere que el baño es el lugar donde se defeca, sino que puede hacerlo en cualquier lugar. Hoy puedes decir cualquier cosa en cualquier lugar.

–¿Estamos involucionando como sociedad?

–El pensamiento evacuativo es un pensamiento primitivo; infantil. Los niños dicen y hacen los que se les ocurre, pero muy tempranamente aprenden que se defeca en el baño, y no en otro lugar. Eso significa que antes de hablar hay que pensar. Eso se ha perdido.

–También puede ser visto como algo liberador…

–Cuando se produce una revolución cultural como esta, se instalan la ansiedad, el temor, y eso genera regresión. Y esa regresión se manifiesta, por ejemplo, en estados emocionales intensos. La conducta de la gente es mucho más violenta. La conducta de los delincuentes es más violenta. Las cosas que se ven en televisión son más violentas.

LA RABIA COMO MOTOR

–¿Se fue incubando rabia? Uno ve rabia con la Iglesia, con los políticos. Y, quizá, las imágenes de mujeres jóvenes mostrando su torso desnudo en señal de protesta dice algo más…

–Tomando en cuenta que son procesos antiguos que se venían incubando, sucede que de repente hay circunstancias en que las cosas se hacen visibles y tienen efectos exponenciales. Cuando hay un ánimo violento y hostil, eso es lo esperable para un proceso de estas características. Las revoluciones no se pueden hacer de una manera delicada, racional. Menos esta que es una revolución cultural. No es ideológica ni política. Se está redefiniendo la forma en cómo se manejan las relaciones entre los sujetos. Se están reconsiderando los límites, los espacios de la privacidad y lo público.

–En este cambio de relaciones, ¿se rompen las fronteras entre quién es víctima y victimario?

–Claro, por lo que te decía antes. Estamos en esta cosa evacuativa. Los que antes eran personajes idealizados se transforman ahora en los victimarios, en gente mala. La Iglesia pasó de ser una institución respetada a ser un lugar diabólico, lleno de gente siniestra, perversa. Todo se generaliza. Entonces, claro, empiezan a aumentar los victimarios, y las víctimas quedan en un segundo plano. La verdadera división está entre los victimarios y los persecutores.

–¿Cómo es eso?

–Estamos en una época en que unos de los personajes pop del momento son los fiscales. Hay muchos fiscales, que son los persecutores, que son pop, y quieren notoriedad y se creen el cuento.

–Si esto fuera un estado interior, pareciera que estamos lejos de la placidez…

–Es que la placidez requiere una cierta elaboración y pensar las cosas. Aquí está todo en movimiento. El tema feminista está en curso y, por supuesto, se manifiesta de una manera extrema, como corresponde a una revolución cultural. El tema de los curas también. La gente quiere ver la cabeza del arzobispo Ezzati cortada en la Plaza de Armas. Lo quieren a él y a todos sus secuaces. Para qué hablar de los políticos…

–¿Qué rol crees que juega el gobierno?

–El gobierno está funcionando. Piñera está más estable, más callado, más anónimo. Ni siquiera nos encanta con sus “piñericosas” como antes. En el fondo, Piñera está administrando el país.

–O sea, a tu juicio, ¿Piñera lo está haciendo bien?

–Piñera lo está haciendo mejor que antes. Se ha estabilizado...

–¿Anímicamente, dices tú?

–De todas maneras. Anímicamente está mucho más estable, lo cual es un mérito porque quiere decir que ha aceptado los consejos y que ha atinado. Su gobierno está funcionando más como un gobierno demócrata cristiano de derecha. Y eso es interesante. En Europa, la derecha se está moviendo hacia el nacionalismo. Preocupante. Porque el desdibujamiento de las fronteras permite las reaparición de los fascismos; de la idea de reinstalar las fronteras. Eso es el Brexit.

–Y eso es Donald Trump…

–Donald Trump es lo mismo. Y para qué decir de Rusia. Entonces, efectivamente, uno de los peligros de esta situación, es el renacimiento de las intolerancias. Los nacionalismos crecen en la idea de que sirven para enfrentar la angustia, el caos. Es la paranoia que significa el hecho de que ya no hay fronteras.

–Describes un panorama bastante negro.

–Era más negro antes. Este nuevo panorama genera temor, ansiedad, por otro lado, nos sentimos como más vivos, con más posturas. La gente puede decir: “¡Pero mira esas mujeres! ¡Se ven como putas en la calle con los pechos abiertos! ¡Son cochinas!”. Y otros dicen: “No, no. Esas mujeres son valientes. Están defendiéndose de los abusadores”. Hace 10 años no habría habido ninguna reacción. Hoy la gente habla, opina. Es otro Chile.

–¿En qué aguas navega este nuevo Chile?

–En este momento, estamos navegando entre la angustia y la persecución. Somos adultos perplejos. El mundo camina demasiado rápido y la revolución cultural nos está obligando a cambiar también. Por ejemplo, las empresas que hasta hace muy poco trabajaban con mentalidad latifundista, hoy tienen que pensarlo bien. El autoritarismo paternalista ya no va. Todos hemos sido increpados a repensarnos seriamente. Aquí ya no se puede hacer cualquier cosa. //@revistacosas

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