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viernes, 13 julio 2018
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Leonard Bernstein: Genial, insufrible, pansexual

En el centenario del nacimiento del famoso compositor y conductor estadounidense, su hija lanza un libro de memorias donde revela cómo fue crecer a la sombra de un genio brillante y atormentado, sexualmente voraz, irrevocablemente enamorado y, hasta el final, decidido a crear su propio camino.

Por: Manuel Santelices / Fotos: Getty Images • Harper Collins

En 1970, con la mejor de las intenciones, el compositor y conductor de orquesta Leonard Bernstein y su elegante mujer, Felicia Montealegre, organizaron un cocktail a beneficio de los Black Panthers en su penthouse de Park Avenue. Entre los invitados estaba Tom Wolfe, que decidió relatar con delicioso sarcasmo y gran talento lo ocurrido esa noche y publicarlo en New York Magazine bajo el titulo “La izquierda exquisita”, convirtiendo su texto en pieza clave del llamado “nuevo periodismo” y, a punta de palabras, destrozando el pedestal social en el que hasta entonces estaban elevados los Bernstein en Nueva York. En su nuevo libro, “Famous Father Girl: A Memoir of Growing Up Bernstein”, Jamie Bernstein, la mayor de los tres hijos de la pareja, asegura que su padre se recuperó al poco tiempo de la humillación, pero que su madre nunca volvió a ser la misma.

El libro ha creado gran interés en Estados Unidos porque revela aspectos hasta ahora desconocidos de un hombre que, a pesar de toda su fama –y su fama fue comparable a la de cualquier estadista o estrella de cine–, supo rodearse siempre de misterio, manteniendo importantes aspectos de su vida en secreto incluso para sus más cercanos. Pero a diferencia de otras biografías de hijos de famosos, esta no pierde nunca su tono referencial. Jamie adoraba a su padre y, a pesar de todo, siente que crecer junto a él fue sin dudas un privilegio.

Eso queda claro desde los primeros capítulos, cuando su niñez es descrita como un cuento de hadas que trascurre entre glamorosas casas de campo y un amplio departamento en el edificio Dakota, en el Upper West Side, hasta donde llegaban Lauren Bacall, Mike Nichols, Jackie Kennedy, Richard Avedon y un muy joven Stephen Sondheim, entre muchos otros. Pero la vida familiar estaba lejos de ser perfecta. Para cuando Jamie cumplió 10 años, en 1962, su padre ya era un icono en gran parte gracias a un exitoso programa de televisión que durante años acercó a los niños a la música clásica. También estaban, por supuesto, sus cuatro musicales, incluyendo el más famoso de todos, “West Side Story”, y, con el tiempo, un enorme y variado número de sinfonías, conciertos y piezas musicales en los más variados estilos que, aunque no siempre fueron aplaudidos por la crítica, permitieron cimentar su reputación como genio creativo incansable.

L.B, como lo llama Jamie en su libro, era también un seductor de marca mayor. Siempre lo fue. Desde su juventud tuvo conciencia de su atractivo físico, lo que sumado a su magnética personalidad y obvio talento, le permitieron conquistar a hombres y mujeres por igual. El sexo fue parte importantísima de su vida y su trabajo. Sobre el escenario, con la batuta en mano, sus movimientos rozaban el erotismo, como un Elvis de la música docta, subiendo y bajando los brazos, lanzando su cabeza de melena aleonada hacia atrás como en un éxtasis, y agitando sus caderas en una manera tan sensual, tan provocativa, que más de un crítico lo consideró inapropiado y hasta indecente.
Felicia, recuerda su hija, aceptó desde un comienzo la bisexualidad de su marido. Chilena (ella y Bernstein se conocieron en una fiesta organizada por Claudio Arrau), hija de un empresario norteamericano y una bellísima costarricense radicados en Santiago, la actriz puso su carrera entre paréntesis para apoyar a Bernstein, pero su entrega llegó con un ultimátum: “Eres homosexual y eso quizás nunca cambie. No admites la posibilidad de una doble vida, pero si la paz de tu mente, tu salud, tu sistema nervioso completo depende de cierto patrón sexual, ¿qué vas a hacer? Estoy dispuesta a aceptarte como eres, pero sin convertirme en una mártir ni sacrificarme a mí misma en el altar de L.B”.

Pero fue ahí, en el altar de L.B., donde Felicia encontró su rol perfecto, ofreciendo las mejores fiestas, asistiendo a las mejores galas, ingresando a los salones más empingorotados y compartiendo el filtro dorado que su matrimonio con el músico vivo más admirado y célebre del mundo le otorgaba. En la intimidad, revela su hija, el acuerdo no siempre tuvo buenos resultados, porque, a pesar de su promesa, su padre llevó siempre una doble vida que se convirtió en un secreto a voces en Nueva York y que, al menos frente a la sociedad de la ciudad, puso a Felicia en el incómodo papel de la mujer engañada. Aun así, la relación entre ambos fue verdadera, y Jamie, igual que todos quienes conocieron de cerca a la pareja, asegura que ambos vivieron enamorados; y más que enamorados, encantados el uno con el otro, cómplices en una vida imperfecta pero feliz.

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