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viernes, 29 diciembre 2017
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#LosTreinta: ¿Feliz Año Nuevo?

Por: Jonathan Reyes

Editora Web: “Jon, aprovechando que estamos en los días previos al Año Nuevo, cosa que nos encanta, ¿por qué no escribes tu columna sobre este tema?

Cresta, tenía una columna pensada muy entretenida para cerrar el año pero no relacionada con Año Nuevo. De repente me bajó la ansiedad porque pensé que no tenía ninguna historia que contar… Momento, tengo una, y obvio que mis amigos tienen muchas…

Típico de estas fechas son los propósitos que uno se autoimpone como si se fuera a acabar el mundo con el fin de cumplirlos el año que se acerca. Son variados, desde empezar a hacer ejercicios y hacer una nueva y revolucionaria dieta que te puede dejar desmayado en plena calle, porque claro…no comes. En mi caso, siempre he dicho que dejaré de fumar a medida que el Nuevo Año se acerca (en esta oportunidad el del perro en el horóscopo chino, por si usted es de los místicos que se lee todas las predicciones para el próximo año en un día). Fumo desde los quince y tengo treinta y cuatro años. Recuerdo que en esa época le robaba los cigarros Hilton a mi abuela y en el quiosco que estaba al frente del colegio compraba dos Life por cien pesos (obvio que esas marcas ya no existen, porque básicamente estamos “adultos”). Esta semana nuevamente me propuse meterme al gimnasio el próximo año y obviamente dejar de fumar porque, claro, uno se empieza a sentir cansado cuando sube las escaleras, camina o simplemente respira (gran parte se lo inventa uno en esa cabecita de hipondriaco que todos tenemos en menor o mayor grado). La cosa es que mientras comía –solo- en mi departamento en un acto heroico me armé de valor y boté a la basura sin pensarlo una cajetilla nueva de cigarros exquisitos, sí exquisitos, que me había traído de mi último viaje a Estados Unidos donde obviamente una cajetilla cuesta hasta tres o cuatro veces más que en Chile. Nada importaba, se acercaba el nuevo año y yo debía estar empoderado de mis decisiones, así que ahí, encima de un envase de yogurt light (porque, claro, otro propósito es bajar la guata de liquid paper que algunos ectomorfos tenemos) y al lado de un queso fresco –que de fresco no tenía nada porque había vencido hace tres semanas– mi glamorosa y cara cajetilla de cigarros gringos había encontrado su lecho de muerte. Al otro día, desperté sintiéndome fresco, nuevo, con ganas de iniciar el día y agradeciendo mi nueva vida libre de nicotina y alquitrán… En la revista, Letizia con “z”, como la Reina, me invitó a fumar el típico cigarro de las dos de la tarde, porque antes de eso ella no fuma hace un año por una manda que le hizo a la Virgen. “¿Cómo se te ocurre que te voy a acompañar? “Ya no fumo, lo dejé”. “¿Cuándo lo dejaste, si hasta ayer fumabas más que puta celosa?”. “Ayer, justamente”, le contesté. Hasta ahí todo bien, hasta que en la tarde llegué a mi departamento y la ansiedad me empezó a agobiar. ¿Qué iba a hacer?, no tenía cerca a Letizia para que me pusiera bajo la lengua una mitad de ravotril como lo hacemos en casos extremos… (no vaya a creer usted que trabajamos drogados en algunas oportunidades). Empecé a dar vueltas por todo mi hogar, el que no es muy grande, así que a la tercera ya estaba sudando y pensando en esa cajetilla que había botado a la basura. “Piénsalo, Jon, te gastaste la misma cantidad de dinero que podrías haber gastado en una camisa o en un pantalón por esa maldita cajetilla. No vale la pena que la pobre siga ahí al lado de las cáscaras de huevo y los tomates podridos…”, me decía el diablito de mi lado izquierdo. El ángel del lado derecho simplemente no apareció. Literalmente corrí a la basura de la cocina y busqué entre los desechos la cajetilla de puchos. Ahí estaba, mirándome y pidiendo ser salvada. La saqué, la limpié saqué un cigarro y lo prendí, sepultando para siempre mi nuevo propósito de fin de año. Ya estoy listo para recibir el 2018, el que puede traer un enfisema pulmonar como regalo…

Mientras tanto, al otro día en la oficina, Amelia estaba desesperada porque su grupo de amigas estaba organizando una fiesta de Año Nuevo y a última hora se dieron cuenta que no habían hombres invitados. “Estoy mal, somos seis en el grupo. Todas mujeres solteras y dijimos que cada una podía invitar hasta cinco personas para armar un buen carrete. ¡Y todas invitaron mujeres!”. Como si fuera poco, a la extinción de hombres heterosexuales que se enfrentan las solteras de este país iban a recibir el año sin el beso del amor eterno y tomando cola de mono con champagne, con más de alguna borracha y tirándose a la piscina. Uno de los pocos hombres que iban era el que mi amiga y colega llamó el “hippie come flores”. Ese espécimen de hombre heterosexual muy místico y alegre a la vez, vegano, obvio, que no toma alcohol , que viste de túnicas, que no baila reggaetón y al que su religión le impide tener sexo. Un invitado ideal para una fiesta de año nuevo… Amelia enfrentó la situación y les exigió a sus amigas que de los cinco invitados que podía llevar cada una, tres fueran mujeres y dos hombres. A las horas, el tema se había solucionado y la cuota de género masculino había subido considerablemente para el evento. Habrá que ver el lunes si la fiesta fue un éxito y Amelia logró dar más que un beso de amor eterno aquella noche. ¿Y ustedes qué harán para recibir el nuevo año?

 

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