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sábado, 26 agosto 2017
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Se inventa: Un nuevo país

Mirella Granucci

Nací en una ciudad chica llamada Mogi Mirim, en el interior del estado de Sao Paulo, Brasil. Estudié en un colegio de monjas y siempre tuve la misma mejor amiga. Nunca fui la chica bonita del colegio, ni la buena. (Sacaba buenas notas, pero era insoportablemente irreverente, a veces). Viví siempre en el mismo barrio. Aprendí a hacer panqueques con la señora que cuidaba de la casa y de mí. Siempre tuvimos perros Dobermann con nombres de dioses griegos (Gaia era mi favorita). Había tres edificios y un recién inaugurado McDonald’s (solo de helados) cuando dejé la ciudad, a los 15 años.

Y hoy, escribo esta columna de la ciudad que no siempre tiene su nombre en los mapas, pero posee el cielo más lindo de todo Brasil. Camino por calles que no reconozco y la tienda de VHS ahora es una peluquería. Mi mejor amiga se casa mañana con un novio de la juventud.

¡Me agarra una nostalgia!, y me siento tan extranjera como cuando estoy en Chile. 

No sé reconocerme aquí. 

Me acuerdo de que, cuando me cambié de ahí a una ciudad con playa, no tenía amigos en el nuevo colegio y pasaba los intervalos leyendo libros en un banco cerca del baño. Me cargaba tomar sol y era tan blanca (y tan invisible) como un fantasma. De nuevo era una extranjera.

Años más tarde, cambié de idioma, recibí un nuevo carnet y entendí que, junto con mi nombre, me presentarían como: “la brasileña”. Y hoy entiendo que siempre me sentiré así, extranjera. Incluso ahora, en la ciudad misma que me vio nacer.

Duele la sensación de no pertenecer y la fricción constante con el exterior para intentar encajar. Y creo que yo, como todo el mundo, ¡solo quiero sentir que pertenezco a algo!

Así que, después de entender que no soy ni totalmente la niña del campo ni la chica de la playa ni la chilena-no-chilena, decreto: A partir de hoy se crea “Los Estados Unidos de Mí Misma”. En mi nación, elijo pertenecer solamente a quien amo, acojo todas las culturas y hábitos que me hagan sentido y voto por poder cambiar siempre de opinión y creencia. Acepto que todo lo que vi, escuché y viví son parte de mí. Elijo las relaciones honestas, la fe en el futuro y el eterno don de maravillarme con lo cotidiano.

¿Cuál es la nacionalidad de tu corazón?

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