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martes, 31 julio 2018
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Patricio Fernández: "El que diga que Fidel Castro fue un asesino como Pinochet, miente"

Acaba de lanzar el libro “Cuba. Viaje al fin de la Revolución”, en el que a través de un acucioso reporteo en la isla y distintas voces relata el final decadente de una “fe” que suponía que la comunidad estaba por sobre el individuo. Una revolución que debería haber sido la gran epopeya de un pueblo, pero que más bien terminó siendo la oda a la fuerza de un hombre, cuyo gran pecado fue el orgullo.

Por: Francisca Olivares / Fotos: Bárbara San Martín

“La apuesta comunista no funcionó en ninguno de los lugares donde se impuso. Durante los años 90, el capitalismo terminó por expandirse en todo el planeta. Cuba persistió como un capricho. Su ‘salvador’ cayó en la trampa del orgullo. Creyó que él era su pueblo y hasta el día de su muerte se enfrentó a los Estados Unidos como si se tratara de un enemigo personal. Por eso cuando en diciembre de 2014 su hermano Raúl y Barack Obama aparecieron en televisión, uno en La Habana y otro en Washington, comprometiéndose a reanudar relaciones diplomáticas, entendí que comenzaba a escribirse el último capítulo de una larga historia. Fue entonces que partí a Cuba para ser testigo del fin de la Revolución”. Así, el escritor, director de The Clinic y columnista habitual de varios programas de televisión y radio, Patricio Fernández (48), relata en el prólogo de su nuevo y cuarto libro –“Cuba. Viaje al fin de la Revolución”– el largo proceso en el que se embarcó para vivir la caída de la Cuba de Fidel Castro. Un libro editado por el sello Debate de la editorial Penguin Random House y que fue presentado por el ex Presidente Ricardo Lagos, la escritora Diamela Eltit y el rector de la UDP, Carlos Peña.

Lo de Fernández (“Ferrantes”, “Los nenes”, “La calle me distrajo”) es una crónica de sus viajes a La Habana para oler allí mismo lo que caía y lo que surgía. El título no fue inmediato. Llegó tras varias conversaciones con una de sus grandes amigas, la actriz Patricia Rivadeneira. Primero había pensado en “Las ruinas de la revolución” y explica que “ese tenía la radicalidad de las cosas arruinadas, que no es lo mismo que recorrer las ruinas”. Y es que “Cuba. Viaje al fin de la Revolución” es de emociones distintas e intensas, al igual como considera a esta isla que le fascina no porque quiera que el mundo sea así, sino por la situación histórica. Además, el libro se lee como una novela que comienza con su primera visita en 1992, cuando era un joven mochilero que llegó convidado por José Antonio Viera-Gallo, casado con María Teresa Chadwick, hermana de su madre. Ellos estaban de vacaciones familiares invitados por Fidel Castro. En esa ocasión le pudo dar la mano al líder histórico de la Revolución, y se quedó algo más allá de lo previsto. Después, en febrero de 2009, partía de regreso, pero esta vez, sin mochila. Fue parte de la comitiva cultural que acompañó a la Presidenta Michelle Bachelet a la primera visita de Estado de un mandatario chileno a la isla desde Allende. Fernández recuerda que en una comida bailó con ella, sin imaginar que después se sabría que en el Granma, Fidel Castro promovería que Chile le diera salida al mar a Bolivia, tensando el ambiente y la despedida.

Eso es parte de la antesala al 2 de febrero de 2015, cuando volvió a pisar La Habana para iniciar el primero de muchos viajes con los que terminaría narrando el final decadente de esa “fe” que suponía que la comunidad estaba por sobre el individuo. Para lograrlo hizo un acucioso reporteo, con entrevistas a hombres y mujeres que aparecieron en momentos tan cotidianos como emblemáticos. La visita del Papa Francisco y el apretón de manos del entonces Presidente de Colombia Juan Manuel Santos con el máximo líder de las FARC, el comandante Timochenko, en 2015, y la muerte del mismísimo Fidel o el concierto de The Rolling Stones en 2016, son algunos. A ellos se suman las conversaciones con personajes ligados a Cuba como el empresario y ex GAP de Salvador Allende, Max Marambio; el periodista de The New Yorker y biógrafo de Fidel Castro, Jon Lee Anderson; el cubano Rafael Grillo y Graziella Espino –madre de Mario Lobo, uno de los fundadores de Celfin y que, en su momento, compró la casa Vicente Huidobro en Cartagena–. Para la Revolución ella tenía 24 años y era parte de la elite de Cuba, esa que vivía en una capital donde “los autos de lujo se estrenaban antes que en Nueva York”, mientras en los campos, con sus ingenios azucareros, estaba la pobreza extrema de los campesinos, los famosos guajiros.

“Las voces se vuelven literatura de una manera muy bonita cuando se las atiende”, dice este escritor que además sostiene que Cuba sigue siendo el mejor lugar de Centroamérica para que vivan los pobres, pero cuando se deja de serlo es el peor.

En su relato de 400 páginas, Fernández alcanzó a presenciar el momento en que el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cerró la embajada de ese país en La Habana a fines de 2017. Hoy Raúl Castro está retirado, pero en la dirección del Partido Comunista. Y, desde abril de este año, el sucesor es Miguel Díaz Canel. Él fue elegido para presidir el Consejo de Estado y de ministros de Cuba. ¿Qué aires llegaron con estos cambios? Según Fernández, en la isla se está viviendo un estado de desesperanza, sin desesperación. “Una rara temperatura que han aprendido a habitar los cubanos”, agrega.

“No soporto que se compare Venezuela con Cuba”

En un café del Barrio Lastarria, Fernández hace hincapié en que hay que entender cada uno de los períodos que se han vivido en Cuba tras enero de 1959: “En los años 60 todo el mundo del arte, de redención cristiana, admiraba el esfuerzo cubano de ayudar a los pobres. En los 70, es el período que se conoce como la sovietización en que buena parte de la intelectualidad se retira porque se da cuenta de los controles y se vive lo que se llama el quinquenio gris. Sin embargo, al mismo tiempo es el lugar de amparo de quienes tienen que huir de las dictaduras de derecha latinoamericanas. A fines de los 80, con la Causa Número 1 y la ejecución del general Ochoa (fusilado con otros tres militares tras ser acusados de narcotráfico y traición) y el derrumbe soviético se entra en la miseria absoluta. Ahí viene la gran fuga migratoria que no tiene nada que ver con la de años anteriores. Se van porque no tenían qué comer y se tiran al mar arriba de una balsa, a riesgo de morir comidos por los tiburones para llegar a Miami. Después de ese llamado ‘Período Especial’, que recuerdan como una cosa espantosa, viene Chávez y les da un respiro revolucionario de mentira. Y lo digo porque no soporto que se compare Venezuela con Cuba. La revolución venezolana es de cartón piedra y no tiene nada que ver. Está llena de corruptos. Ahí no existió el ánimo de refundar el mundo de verdad”.

–¿Con qué sensación te quedas de Fidel Castro? En el libro cuentas que le preguntaste al periodista Jon Lee Anderson si Fidel fue un patrón de fundo y él te respondió “quizás” para luego dar un rápido giro a la conversación.

–Porque no estaba para contestar esa pregunta alguien que le ha dedicado demasiados años a buscar detalle a detalle la biografía de ese personaje. Fidel Castro es hijo de un gallego español ignorante que hace fortuna y en segundas nupcias se casa con su cocinera, la mamá de Fidel y de Raúl. Fidel es un tipo que crece al interior de Birán, que no es un pueblo sino que es como el feudo de los Castro, porque adentro del campo hay colegios, correo, un lugar de pelea de gallos… Alrededor estaba la United Fruit, que son los Estados Unidos, y por eso digo que de alguna manera Fidel expandió su campo. Ahora, él tiene preocupación social, es un personaje bien novelesco y, en mi parecer, bien decimonónico, porque lo primero que quiere es terminar la independencia inconclusa de Cuba.

“En gran medida”, continúa, “la revolución cubana es la odisea de un hombre y ahí hay una cosa paradojal, porque lo que debería ser la gran epopeya de un pueblo, en realidad puede ser la oda a la fuerza de un individuo. Fidel es una persona impresionante, puso a Cuba en un lugar en el mundo y para qué vamos a repetir lo sabido. ¿Son individuos de esa potencia los mejores para gobernar un país? Tengo serias dudas porque todo el pueblo está en una categoría distinta a la de él. Entonces, cuando se dice, ya pues que diga que es dictador, es que eso es poco todavía. Por supuesto que lo fue, si las decisiones del pueblo cubano las tomaba esta especie de titán que todos los cubanos admiran, incluso hasta el último cubano de Miami. Yo creo que el orgullo fue el gran pecado de ese titán. Confundir a un país con su persona”.

–¿Cuál sería la diferencia entre la dictadura de Fidel y la que vivimos en Chile? En Cuba se han violado derechos humanos como la libertad expresión, pero ¿se ha dado la crueldad de los tiempos de Pinochet?

–Creo que no. Hubo un primer momento bastante duro y cruel, pero no en tanto ideología, sino en una situación de guerra por la conquista del poder, y donde hubo mucho fusilamiento. Voy a decir esto para poner las cosas en su balanza. Allá no he sabido que existan escuadrones de la muerte…

–Ni lugares como la Venda Sexy.

–Ni como otros centros de tortura, porque se supone que lo que motiva a la revolución son buenos sentimientos. Otra cosa es cómo termina. Pero, Cuba, como los regímenes comunistas, es totalitaria. El asunto no se resuelve bien diciendo si es o no una dictadura. La de Pinochet, como la del resto de los dictadores de derecha latinoamericanos, es bastante personalista y combatía a un enemigo, el comunismo. La de Cuba es un sistema de gobierno y dominio que hace que se neutralice toda oposición. Pero el que diga que Fidel Castro fue un asesino o un torturador como Pinochet, miente. Hasta hoy la información no lo dice, tanto así que cuando se habla de los crímenes del castrismo se suelen repetir unos cuantos nombres que no están del todo claros. Por lo tanto, ¿la dictadura castrista es una dictadura criminal? No. ¿Significa que es buena? No, porque millones han emigrado. ¿Absolutista, autoritaria y controladora? A rabiar. ¿Quisiera yo vivir en un régimen así? No.

–¿Qué aporta en tu vida este libro que parte contigo muy joven y termina con el sueño de un hombre nuevo que al final no existió?

–Todo lo que voy decir tiene el “pero” de que es como extranjero y con una cantidad de plata que allá no tienen, pero en Cuba vivir con lo que hay en vez que con lo que se aspira o desea es algo posible. No siempre la riqueza es admirable y no siempre la pobreza es horrorosa. La miseria y la marginalidad lo son. Pero la lucha permanente para tener más no necesariamente es donde radica la felicidad y en Cuba hay ese tipo de situaciones. O sea, no es necesario andar en autos de lujo para pasarlo mejor que en autos modestos. Da lo mismo. El tiempo… Hay un algo con el tiempo, que tiene que ver con esa ansia productiva que se llama no perder el tiempo, y que es la mejor manera de perderlo. También hay un recordatorio de la importancia de la comunidad, fracasada, insisto. Pero, quizás en el fracaso de esa Revolución se ha conservado involuntariamente una pobreza que permite la existencia de una comunidad. ¿Puede alguien proponer pobreza para un mundo mejor? No, es ridículo. ¿Puede un político prometer pobreza para vivir más juntos unos con los otros? Ridículo. Pero, no solo la riqueza es admirable. //@revistacosas

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