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Pompa y circunstancia: El esperado encuentro de Letizia y Juliana

Por: Manuel Santelices / Fotos: Getty Images • Casa Rosada

Sábado, 18 Marzo 2017

La visita de Mauricio Macri y Juliana Awada a España creó la oportunidad perfecta para ver a la Primera Dama Argentina y la reina de España enfrentadas en un duelo de estilo, elegancia y carisma. Las revistas de moda y del corazón en Buenos Aires y Madrid lo consideraron un momento histórico.

Puede que el Presidente Mauricio Macri tenga problemas de popularidad en Argentina, pero en España sin duda fue un hit. En su visita oficial de cuatro días a ese país, fue recibido con honores recién establecidos por el protocolo de la Casa Real, incluyendo un desfile militar a la entrada del Palacio Real y una calurosa recepción en el Congreso de los Diputados. La visita fue fundamental para el gobierno de Macri, que llegó a España a buscar nuevas inversiones para Argentina y dar así el primer gran paso en su programa económico internacional. El Presidente argentino fue recibido por el rey Felipe VI y se reunió con el Presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, su gran amigo desde los tiempos en que ambos eran parte de la oposición, el que le dio un gran espaldarazo diciendo que “Argentina es ahora un país en marcha”. Y aunque todo eso es muy serio e importante, lo que realmente cautivó a la prensa y el público fue el muy anticipado encuentro entre la Primera Dama argentina, Juliana Awada, y la reina Letizia. En ese sentido, nadie quedó desilusionado.

Ambas jóvenes, atractivas e iconos del estilo en sus respectivos países,Letizia y Juliana tienen más en común que lo que podría pensarse. De hecho, en su primera aparición oficial a la llegada de los Macri a Madrid, se veían como gemelas: las dos vestidas de rosa pálido; la reina con un tailleur y cartera de Felipe Varela, Juliana en un abrigo con cuello de piel de Valentino y un top con brillos, y las dos peinadas con moños similares, el de Letizia más tirante que el de Juliana. En este primer tiempo no hubo ganadoras, señalaron las columnistas de moda y sociedad.

Aunque a primera vista Letizia tendría una obvia ventaja, jugando de local en su propio reino y acarreando una corona, Juliana es una rival considerable. A diferencia de su marido, la Primera Dama argentina es adorada por su pueblo, un sitio que se ha ganado mostrando una gran simpatía, calidez y naturalidad, y evitando dar opiniones de tipo político. Lo suyo, ha dejado claro en numerosas ocasiones, es su familia y el bienestar del pueblo argentino. En el resto no se mete.

Su vida ha sido motivo de curiosidad y comentarios desde un principio, considerando no solo que proviene de una importantísima familia de empresarios textiles de origen sirio libanés y que fue una exitosa mujer de negocios antes de casarse con Macri en noviembre de 2010, sino también por su anterior matrimonio y la larga relación que mantuvo con el conde belga Bruno Laurent Barbier, al que, como en una novela, conoció sentada en la primera clase de un avión de París a Buenos Aires. La Primera Dama tiene una hija con Barbier, Valentina, y una segunda con Macri, la muy popular Antonia.

En comparación, la vida de Letizia, con su pasado de lectora de noticias, sus parientes taxistas y un primer matrimonio con el escritor y profesor Alonso Guerrero, parece ramplona, aburrida y hasta común. Quizás por lo mismo disfruta con tanto gusto su rol de monarca, lo que ha caído sobre sus delicados hombros como una responsabilidad, por supuesto, pero también como una revancha a lo que hasta hace poco más de una década parecía una existencia gris y sin mayor brillo.

Hablando de brillos, la reina sin duda lució los suyos en la cena oficial ofrecida para el mandatario argentino y su esposa en el Palacio Real la noche del 22 de febrero pasado. ¡Oh, là, là! Con su delgado y atractivo cuerpo enfundado en terciopelo azul medianoche, cruzada por una cinta celeste, cubierta de medallas, con los pendientes de boda de su cuñada la infanta Cristina y la corona más grande que encontró en su armario, Letizia fue la encarnación de la realeza hispana, salvo por un pequeño detalle: las sandalias que dejaban al descubierto los dedos de sus pies, un no, no, no, como se apresuraron a aclarar los observadores reales, que delató su desdén frente a las tradiciones, en el mejor de los casos, o su ignorancia de ellas, en el peor. Aun así, Letizia se veía espléndida, y a su lado Juliana no tuvo más que aceptar una derrota, aunque fuera solo por una noche. No nos malentienda, su vestido de encaje color lavanda y la cinta amarilla cruzada en su pecho fueron perfectamente aceptables y en cualquier otra ocasión serían ideales, pero no cuando se posa al lado de la reina de España.

Al día siguiente, los reyes y la pareja presidencial transandina se dirigieron a Arco, la feria de arte contemporáneo de Madrid, que este año tiene como país invitado a Argentina. Ahí, rodeados de niños –¡hay que ver cómo los abrazaba Letizia, con un gesto tan maternal!–, la reina y Juliana posaron para los fotógrafos en looks diametralmente opuestos. La monarca iba de blanco, simplísima y elegantísima al mismo tiempo, en un vestido de manga tres cuartos,cuello Peter Pan y falda amplia que ni Felipe Varela ni Carolina Herrera, sus diseñadores favoritos, reconocieron como suyo. Lo que sí fue inmediatamente identificable fueron sus aros colgantes de perlas, los mismos que su otra cuñada, la infanta Elena, usó para su matrimonio con Jaime de Marichalar.

La Primera Dama argentina apareció de pies a cabeza en Gucci, quizás la marca más “hip” del momento. Su vestido estampado en rojo, blanco y negro con cuello enjoyado y mini cinturón negro, fue acompañado por zapatos también de Gucci (650 euros, informó rápidamente la prensa española) y un clutch.

Esa tarde, en la Casa América, Macri y Juliana se reunieron, cómo no, con Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa, la pareja inevitable de la vida social española. El Presidente y el escritor participaron en una charla llamando a la unidad de Latinoamérica, mientras sus respectivas parejas compartían una conversación informal y aparentemente divertida sin dar mayor importancia a la lluvia de flashes que caía sobre ellas.

Luego otra noche y otra recepción. Los Macri ofrecieron una cena de agradecimiento a los reyes en el Palacio El Pardo, y aunque no tuvo el despliegue ni la solemnidad de la gala en el Palacio Real, fue una noche memorable. La pequeña Antonia Macri –en pijama, emulando al príncipe George en su encuentro con Barack Obama– corrió a saludar a la reina, que se arrodilló para darle un beso y conversar por unos momentos con la niña, haciendo esfuerzos para no arruinar su espectacular vestido de bijouterie a rayas negro y blanco, que lució acompañado con un clutch de Burberry y joyas de De Grisgono. Juliana, en un vestido de cocktail blanco con un largo tapado de gasa de seda estampada en el mismo tono, se veía tan relajada como si acabara de subir de la playa en Punta del Este, bronceadísima, con el pelo suelto y sensual, y con un impresionante par de aros chandelier que podrían fácilmente competir con cualquier joya de la reina.


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