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viernes, 3 noviembre 2017
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Raúl Zurita: "Somos una sociedad aterrada"

Enamorado como “nunca lo he estado en mi vida”, el poeta habla aquí del desgarro que le provoca vivir en un mundo donde “los que lo pasan mal, lo pasan demasiado mal”. Declaradamente “bacheletista”, y en su tono más político, Zurita mira con dolor al país que ha emergido.

Por: Claudia Alamo / Fotos: Bárbara San Martín

Si los seres humanos nos definiéramos por los ojos, por ese reflejo interior que se asoma y que va cambiando con los años, entonces la mirada de Raúl Zurita sería una mirada de colección. Salió rabia de sus ojos en los años 80, cuando se agredió a sí mismo. Salió rebeldía en esos años en que al frente tenía una dictadura a la que combatía desde el arte y la protesta. En esos ojos negros grandes hay rincones de pena. También zonas de miedo y mucha, mucha sensibilidad. “He tratado de trabajar con mi vida, pero no para que ella sea un paraíso, sino para tratar de entender”, dice en algún momento de esta entrevista.

A sus 67 años, el poeta vive un momento de plenitud, aunque hay un mundo entero que le duele.

Intensamente intenso, Zurita confiesa que hubo momentos en que “le tuve miedo a la locura”. Hoy, emparejado desde hace más de una década con Paulina Wendt, confiesa que nunca, nunca había sentido un amor así. Con ella comparte una acogedora casa en el barrio Pedro de Valdivia Norte, donde hay un perro cariñoso y un gato que deambula. Pero, además, Zurita viaja mucho. Recibe invitaciones de lugares recónditos y sus libros han sido traducidos a casi todos los idiomas.

Tocar el éxito, sentirlo así de incorporado en su vida, no tener el fantasma de la pobreza encima, son como litros de calma en la vida del poeta. De un poeta que a los 50 años supo que tenía el Mal de Parkinson y que esa enfermedad lo acompañará de por vida.

Pero todo ese bienestar, como de luz que le cayó encima, también tiene sombras, espacios oscuros, porque Zurita sufre por lo que ve en las calles, por lo que lee en los diarios.

–Da la impresión que vives todo tan intensamente. ¿No te agotas?

–Sí. Vivo con intensidad. Es que sentir poquito es más difícil que sentir mucho. Sentir poquito es como irse diluyendo.

–¿Esa intensidad es intrínsecamente tuya, o la vida te ha ido llevando por esos caminos?

–Es que siempre hay cosas que me dan vueltas. Por ejemplo, a propósito del debate que hay ahora sobre el derecho que tienen los violadores de los derechos humanos cuando están viejos, empecé a pensar cómo será el último segundo de esa vida. Pienso en toda la gente que murió bajo tortura, en condiciones del espanto máximo, y pienso si ese último minuto, ese último segundo, habrá sido una experiencia de horror o de paz.

–Y no hay respuesta...

–No, pero sí hay preguntas. Porque si es una experiencia de horror, entonces el mal existe como ente metafísico. Dios no existe. Pero el mal sí existe. Nadie le preguntó a esas personas si querían vivir. Por lo tanto, de una cosa son inocentes todos los torturadores, y es de que no pidieron vivir. De todo lo demás son culpables. Por eso, creo que el último minuto de sus vidas tendría que ser en paz.

–¿Piensas recurrentemente en cómo será ese último minuto de vida en ti, también?

–Bueno, a partir de una cierta edad, la muerte es concreta, y te despierta una gran curiosidad.

–¿Y no miedo?

–No... Con esto no quiero presumir que soy un tipo valiente, para nada, pero no siento miedo, quizá porque no tengo idea de cómo será mi último minuto. ¿Será un segundo, un aleteo? Lo otro que también me tiene absolutamente obsesionado son las cosas evidentes.

–¿Por ejemplo?

–Creo que el mundo no se puede medir por los que están bien, sino por lo mal que están los que están mal. Esa es la verdadera medida. Piensa en el espectáculo de los sirios ahogándose. De una mujer que tiene a su lado a su hijo destrozado. ¿Y qué hacemos? Nada. Eso me desgarra: que seamos tan absolutamente indiferentes, tan ciegos. No sé si la historia humana es digna de este instante.

¡Revisa la entrevista completa en nuestra edición impresa!

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