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martes, 29 mayo 2018
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¿El regreso del fascismo?

Por: Manuel Santelices / Fotos: Getty Images

La ex secretaria de Estado de Estados Unidos, Madeleine Albright, conoce el totalitarismo de cerca. Cuando apenas había aprendido a caminar, sus padres, judíos luego convertidos al catolicismo, abandonaron Checoeslovaquia dos veces, la primera poco después de la invasión nazi en 1939, y la segunda, luego del golpe de Estado comunista de 1948. Instalada finalmente en Norteamérica, Madeleine contrajo matrimonio con uno de los herederos del Chicago Tribune y se lanzó a una distinguida carrera política, académica y diplomática que continúa hasta hoy, cuando a los 80 años ya ha escrito cinco best sellers sobre política internacional y es una de las profesoras más conocidas de la prestigiosa Universidad de Georgetown, en Washington.

Los fantasmas de su pasado, sin embargo, nunca la han abandonado realmente, y hoy han vuelto con inusitada fuerza, como lo revela en su nuevo libro titulado “Fascismo: una advertencia”. Según ella, hay claros indicios de que la democracia liberal que ha regido a buena parte del mundo occidental desde la segunda mitad del siglo XX está en peligro. En sus páginas, la antelación al fascismo es el autoritarismo, una doctrina que parece ir en alza en Rusia, bajo el brutal mandato de Vladimir Putin, pero también en Venezuela con Hugo Chávez y ahora Nicolás Maduro, en Corea del Norte con Kim Jong-un, en Turquía con Tayyip Erdogan, y en Hungría, donde el Primer Ministro Viktor Orban acaba de ganar un tercer período consecutivo que le deja las puertas abiertas para erosionar, de una vez por todas, la frágil democracia de ese país.

La crisis, evidentemente, va más allá de estos déspotas. En Italia, Gran Bretaña, Francia y Alemania, movimientos populistas o abiertamente nacionalistas han ido adquiriendo preocupante fuerza. Y a eso hay que agregar, por supuesto, el Estados Unidos de Donald Trump.

La Albraight no acusa a Trump de fascista, pero sí lo llama “el primer Presidente antidemocrático en la historia moderna de Estados Unidos”.

“Desde los inicios de su campaña hasta su llegada al Salón Oval, Trump ha criticado duramente las instituciones y principios que forman la fundación de un gobierno abierto”, escribe. “En el proceso, ha degradado sistemáticamente el discurso político en Estados Unidos, mostrado un asombroso desdén por los hechos concretos, difamado a su predecesor, amenazado con encarcelar a sus rivales políticos, acosando a miembros de su propia administración, refiriéndose a la prensa como ‘la enemiga del pueblo estadounidense’, esparciendo falsedades respecto a la integridad del proceso electoral norteamericano, presentando programas económicos y políticas de intercambio nacionalista, y alimentado un prejuicio paranoico hacia los seguidores de una de las religiones más importantes del mundo”.

No importa si son periodistas, judíos, homosexuales, musulmanes, inmigrantes o mujeres, todo aspirante a dictador necesita un enemigo, un chivo expiatorio a quien acusar de todos los males del país. En “Fascismo…”, la Albraight, haciendo veladas comparaciones con la Norteamérica de hoy, recuerda que Benito Mussolini, Il Duce –que gobernó con mano de hierro a Italia entre 1922 y 1933–, inició su autoritaria carrera prometiendo “quebrar la espalda de los demócratas” y, como Trump, “vaciar el pantano” donde a su juicio se llevaba a cabo toda la corrupción política. Teatral, narcisista, egomaníaco y con tintes sicopáticos, Mussolini detestaba escuchar la opinión del resto.

Confiando, más que nada, en sus propios instintos políticos. Su filosofía de gobierno estaba basada en el nacionalismo patriotero, la autosuficiencia de la República, y la teoría de que respeto y temor son la misma cosa.
La ex diplomática recuerda que, incluso en Estados Unidos, el fascismo ha tenido un rol permanente en la vida cívica, mencionando, entre otros, a Joe McCarthy y su caza de brujas anticomunista (“un hombre que, como todo demagogo, creía que si uno repetía una mentira lo suficiente, comenzaba a sonar como verdad”), o el Comité América Primero, que incluyó simpatizantes nazi y que 1940 llegó a tener mas de 800 mil miembros.

 

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