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lunes, 2 octubre 2017
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Se busca: sentir más que pensar

Mirella Granucci

Según mi padre: Los pequeños escuchan la voz del mundo. Los grandes, la voz de dentro.

Por: Mirella Granucci / Ilustración: Tomás Cisternas (@shumeikers)

Estoy sentada en un sillón morado. Hago un relato acalorado sobre el último hombre que me hizo sentir infeliz. Pamela me escucha. Tal vez esté llorando,porque ella me mira con pena.

Pamela es mi psicóloga. Y me pregunta: “¿Y cómo te sentiste?”. Entonces, me vienen los puntos suspensivos... Estaba tan metida en la historia, en los personajes y en las acciones de estos, que no me detuve en lo que, de verdad, sentí. No es la primera vez que esa pregunta se me presenta en la sala 906. No es la primera vez que Pamela espera pacientemente mi respuesta que viene después de que mi mirada camine por todos sus cuadros y repisas, y yo grite en mi cabeza: ¿QUÉ SENTÍ?

¿Lo que quiero decirte con todo eso?
De una manera que puede sonar contradictoria, hay más posibilidades de entender una situación cuando se pone más atención a lo que se está sintiendo que a la narrativa de los hechos. Cuántas veces vemos y juzgamos actitudes, superficialmente, sin volvernos hacia dentro y pensar: ¿Por qué eso me pareció injusto? ¿Por qué tal persona me cayó
fatal? ¿Por qué, a pesar de no llorar, tuve ganas de hacerlo, cuando alguien me dijo tal cosa? De nuevo: ¿QUÉ SENTÍ?
En nuestra contemporaneidad, el tiempo parece muy limitado, y muchas veces es difícil conseguir buenos amigos que presten sus hombros y oídos y nos acompañen en
esa búsqueda interior. Y si no podemos contar con estos buenos oídos, ¿por qué no hacer el mismo ejercicio en nuestro propio silencio? (Dicen que la meditación ayuda, pero no podría decirlo,pese que cada tres meses alguien me dice: “Mirella, creo que la meditación te haría bien”. A lo que yo contesto. “Estoy segura que sí”, sabiendo que no seguiré adelante con el plan).

Lo que he empezado a hacer –además de toda la ayuda de Pamela, y de juntarme con amigos con los cuales puedo hablar de cosas más “importantes”– es regalarme lo que yo llamo “tiempos vacíos”. Sentarme en un banco del Parque Forestal y solo estar ahí... Mirar sin detenerme y dejar que las sensaciones guardadas me inunden. Dejo que las preguntas me alcancen: ¿Qué tanto me asusta publicar mi libro? ¿Aún tiene sentido seguir en Chile? ¿Verdaderamente me sien- to feliz aquí? ¿Por qué en mi último cumpleaños, pese a que todo va bien en mi vida, la pena me acompañó por un rato? ¿Por qué siento que, no importando lo que haga, siempre estaré sola?

Te advierto: hacer el ejercicio de “hacer nada” no es tan placentero al inicio, porque estamos constantemente expuestos a estímulos externos y superficiales, pero te aseguro que, pasado ese período de angustia, viene un placer silencioso... el tiempo se dilata y nos acercamos a nosotros mismos. Termino esta columna, imaginando estar sentada en la poltrona de Pamela, mirándote con una sola pregunta: ¿Qué estás sintiendo?

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