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Jueves, 11 Mayo 2017
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Se encuentra: La belleza en los momentos difíciles

Mirella Granucci

Tomo un vuelo y atraso el envío de esta columna. Dejo de pensar en mi trabajo por una semana. No voy a mi cita médica. No veo a un amigo que viaja a Chile. Falto al psicólogo. Llamo para postergar la lectura de mi carta astral. No voy a la depilación. Pierdo un cumpleaños y tres reuniones. En tiempos difíciles, todos estos compromisos se tornan minúsculos y solo quiero tomar un avión y ver a quien amo. Hay una belleza que siempre aparece en los tiempos difíciles. Una belleza que resumo en este lema: “Nada importa más que lo que importa de verdad”. Dejo de matar la sed en mis mini-problemas y situaciones cotidianas adversas para ver la vida en perspectiva, para ver que lo que realmente importa. Explico: Es viernes y mi madre me llama para contar que necesita hacerse una cirugía. Una cirugía de 8 horas de duración, al día siguiente. (No entraré en detalles de cómo ella tuvo que consolarme a mí y no al revés, como debería ser si mi madre tuviera una hija más madura). No escribo para hablar de mi madre, de su cirugía o de su hija cobarde. Escribo para hablar de la belleza que hay en los tiempos difíciles. Después de la llamada, caminé de vuelta a mi casa llorando por la calle.

Grité sola. Pasé un sábado asustada, pero busqué a aquellos con quienes quería –y sabía que podría– hablar en momentos así. Hablé todo lo que sentía. No pensé en mis reclamos o temas tontos del trabajo. No pensé en que tenía que ponerme a dieta o en esas cosas que ocupan más espacio de lo que deberían en la vida. Solo pensé en cómo amaba a mi madre y en cómo la vida es –de verdad– incierta y efímera. La belleza de estos momentos está en ver la vida con verdad plena, en recordar que uno es libre y en no escatimar en declaraciones de amor ni en nada que te haga sentir más cercano a la propia esencia. Desde las cosas más simples, como decir que no a una invitación a la cual no tienes ganas de ir o bien no ahorrar en halagos por vergüenza a exponerse. Fortalecer el amor propio para dejar ir una relación que no te hace feliz o la libertad de decir a una persona que la amas no solamente en los momentos “especiales”. La libertad de bailar cuando una música que te encanta empieza a sonar, o de llorar en la calle sin culpa si algo te ha afectado. (Yo desconfío más de la gente que no llora nunca, que de aquella que llora siempre. Al contrario de lo que muchos piensan, para mí,una persona que llora está entera y abierta). Finalmente, no quisiera vivir los momentos difíciles –esa es la verdad–y creo que no soy la única..., pero si hay que vivirlos, que sea de la manera más bella y valiente que se pueda.

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