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martes, 3 julio 2018
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Sofía Correa: “Esta ola feminista tiene rasgos totalitarios”

Desde la academia, esta destacada historiadora habla fuerte y claro: “No quiero que me impongan el feminismo”, sostiene al asegurar que los petitorios universitarios ponen en riesgo la libertad de cátedra de los profesores y vulnera la presunción de inocencia. “Hoy, el que acusa, condena”, advierte.

Por: Claudia Alamo / Fotos: Matías Bonizzoni

En la marea feminista, no todas las olas son iguales. Primero, porque desde la academia se pueden visualizar varios tipos de feminismo. Y segundo, porque no todas las mujeres se enrolan incondicionalmente en la misma línea. Es el caso de la destacada historiadora, profesora de la Universidad de Chile, Sofía Correa.

Hace unas semanas, después de pensarlo y decantar sus ideas, decidió publicar una columna en el diario La Tercera. Se titulaba “Resistiré” y planteaba que, aunque ella también ha vivido agravios, no se siente interpretada por el actual movimiento desplegado en el país. “Comprendo el enojo de las mujeres, y para qué decir las situaciones dramáticas que viven muchas, pero eso no me lleva a sumarme al feminismo radical que tiene paralizadas las universidades. Por el contrario, lo resistiré”, escribió.

Las reacciones no se hicieron esperar. Algunas la apoyaban en su valentía por poner un punto disonante mientras otras la calificaban casi de traidora por no empatizar con demandas largamente anheladas por las mujeres. Ella defiende su postura, y sus análisis son tan agudos y ácidos como los que muchas veces hace su marido, el también historiador, Alfredo Jocelyn-Holt.

–Fue una columna dura contra la ola feminista. Es como medio impopular hacerlo, ¿o no?

–Sí, es difícil, porque es ir contracorriente. Pero mirado desde la universidad, tengo la impresión de que es una ola feminista muy monolítica. No hay alternativa. Oponerse es como quedar en el lado del abusador. Los malos no apoyan el feminismo. Yo también soy mujer. Empatizo con todas las situaciones de discriminación, de falta de respeto, pero eso no me hace una feminista ni soy parte de esta demanda radical.

–¿Y no teme que su postura tenga costos en su vida académica?

–Puedo tenerlos, pero uno no puede callar cuando tiene la certeza de que tiene que hablar. Yo tenía la necesidad de decir: “Ya no más”. La lógica que se está imponiendo en la Universidad de Chile, reflejada en el petitorio de las estudiantes, es una lógica que nos va a coartar la libertad de cátedra y las relaciones con los estudiantes.

–¿En qué sentido?

–En que va a condicionar las relaciones, y especialmente a los hombres. Algunos colegas me han dicho: “Pero tú eres mujer, no te va a afectar”. Pero claro que me va afectar también. La relación con los alumnos ya no es fluida, sencilla. Se introdujo una tensión. Si te reúnes con un alumno le pides: “Deje la puerta abierta”. Ya no es fácil conversar a solas para ver un proyecto de tesis.

–¿Se instaló la desconfianza?

–Obviamente. Y en el caso de los profesores hombres, más aún. He sabido de acusaciones en otras universidades diciendo: “Me miró el escote”. Es tanto lo que se ha sobredimensionado el tema del abuso y del acoso que cuando efectivamente ha habido abuso, se pone en el mismo lugar. ¿Me entiendes? Se ha considerado que es tan abusador el que le miró el escote como el que intentó violar. Se pierden las proporciones.

–Cuando dice que se va a coartar su libertad de cátedra. ¿Es por la petición de equiparar la bibliografía?

–Claro, se pide tener tantas lecturas de hombres como de mujeres. ¿Por qué forzar? Hay temas en que las mujeres han escrito mucho y otros en que no tanto. Además, el petitorio agrega que si hay autores que han sido sexistas –no alcanzan a decir que hay que censurarlos–, pero se tiene que dar una explicación. Ahí tenemos casi toda la filosofía griega clásica.

–Aristóteles, por lo pronto.

–¡Platón, Aristóteles, todos! Y hay muchos otros autores en literatura que se podría decir que son sexistas. Vladimir Nabokov, por de pronto. Pero si no has leído “Lolita”, te pierdes algo muy importante de la literatura occidental.

–¿Y eso la rebela?

–Por supuesto. No quiero que me impongan el feminismo. Discutamos temas puntuales, pero no me censuren. Si el petitorio señala que en las bibliografías hay que advertir si los autores son sexistas y poner bibliografía paralela, se está censurando nuestra posibilidad de elegir ampliamente.

–¿Lo ve como algo medio dictatorial?

–Lo que veo es que esta ola feminista tiene rasgos totalitarios. Me preocupa, porque se quiere imponer esta mirada, a ultranza, como la única verdad. Eso tiene, claramente, rasgos totalitarios. Al creer que solo tú portas la verdad y el bien, no puedes aceptar que la otra persona decida o tenga un espacio para la defensa.

–¿A qué se refiere con tener “un espacio para la defensa”?

–Que se está poniendo en riesgo la presunción de inocencia. Y ese es un criterio fundamental para la convivencia democrática. En dictadura, se eliminó la presunción de inocencia. En la misma Universidad de Chile, a muchos profesores se les acusó de marxistas y se los expulsó sin que tuvieran derecho a defensa. Al presumir la inocencia, yo puedo defenderme; hay un tercero imparcial que es el juez. De lo contrario, sucede que al acusar, yo condeno.

–Digamos que no ve algo virtuoso en este movimiento. ¿Por qué? ¿Qué riesgos ve?

–Un riesgo es que se condene acusando. Y ese es un paso dramático en vulneración de los derechos de las personas. Lo otro es que veo muy riesgoso que se introduzca un control de censura muy profundo en el mundo intelectual y universitario. Por lo tanto, este movimiento no lo veo virtuoso.

NI EN BLANCO NI EN NEGRO

–Como historiadora, ¿el feminismo es un grito de protesta o es una revolución más cultural?

–Estamos en una revolución cultural muy grande y profunda. Este es un cambio de época mundial y se da en un contexto en el cual han cambiado todas las relaciones humanas.

–La antropóloga Sonia Montecinos dice que las mujeres llevamos más de cien años procesando las relaciones de poder. Y muchas coinciden en que aquí se gatilla una memoria histórica de abusos...

–Esa es una visión estática de lo que ha sido la historia de las mujeres. Hoy no estamos igual que hace cien años. Todas lo sabemos. Sin embargo, veo que no se valora lo que hemos ido ganando con mucho esfuerzo, voluntad y fortaleza. Nuestro desarrollo personal es muy distinto al que pudieron tener nuestras madres y abuelas.

–Es verdad que hoy existe menos sometimiento, pero aún queda muchísimo por equilibrar en relación a los hombres…

–No lo veo así. Y me preocupa esta visión en blanco y negro. Es parte de una ideología, de una cosmovisión del conflicto entre hombres y mujeres. No considera la posibilidad de una relación de complementariedad, de entendimiento y armonía con los hombres. Pero, además, esa visión estática de que la mujer ha sido aplastada y dominada desde tiempo inmemoriales, a mi juicio no es verdad.

¿IDEOLOGÍA FEMINISTA?

–En la columna dice que el feminismo “no es un sentimiento. Es una ideología”. ¿Cuál es el punto que quiere marcar?

–Que una cosa es defender la dignidad y los derechos de la mujer. Y otra cosa muy distinta es sumarse a un movimiento que tiene una profunda connotación ideológica.

–¿Cuál es esa ideología?

–Una mirada unívoca de que las relaciones están ancladas, necesariamente, en el conflicto y en la dominación. No estoy de acuerdo. Al construir así la visión feminista, se invisibiliza a las mujeres que hemos tenido una participación en la sociedad. No se permite mirar el cambio que sí hemos vivido.

–El motor de este movimiento es reconfigurar las relaciones de poder y desterrar los abusos, que los hay de todo tipo...

–Sí, pero el énfasis está puesto en los abusos y no en la multiplicidad de relaciones que se establece entre hombres y mujeres. Esa es mi crítica fundamental. Las relaciones también son lúdicas, divertidas, complementarias.

–Pero esta ola abarca muchos otros temas: brecha salarial, inequidad de oportunidades, educación sexista, violencia física, abusos sexuales, femicidio. No son demandas unívocas…

–Hay otro elemento que tiene que ver con la conjunción entre lo público y lo privado. Hay ciertos feminismos que descalifican el mundo de lo privado y solo subrayan los indicadores de participación de mujeres en cargos de altos nivel. Y hay otro feminismo que está mirando con más preocupación la violencia intrafamiliar.

–¿Son reivindicaciones distintas?

–No. Es una diferenciación analítica solamente. Y la hago porque puede haber mujeres que quieren, genuina y libremente, optar por quedarse en el mundo doméstico y no entrar al mundo de lo público.

–¿Y el feminismo no legitima ese derecho?

–Hay algo de eso. Y yo creo que, pensando en Mafalda, “Susanitas” van a haber siempre y que está muy bien que las haya. La pluralidad de opciones es lo más rico de la humanidad. Hay mujeres que quieren tener muchos hijos, otras que quieren pocos y otras que simplemente no quieren ser madres. Hay algunas para las cuales es muy importante triunfar en el mundo de la empresa y de la política, y a otras a las que no las motiva.

–¿Cree que las feministas son una élite?

–Quizás sea algo más generacional que de élite. Esta ola feminista está encarnada, fundamentalmente, en las estudiantes y profesoras universitarias más jóvenes. Ahí veo una cosa generacional. Pero también veo contraste. La reacción de las actrices de Hollywood fue contestada por las actrices francesas. Entonces, el feminismo no es unívoco. Me molesta esta visión de que si tú no estás con el feminismo, entonces estás viviendo totalmente enajenada.

–Pero convengamos que los espacios de la mujer no son parejos con los de los hombres. Que Michelle Bachelet llegara a La Moneda, fue una excepción…

–Es que la pregunta ahí es: ¿ella llegó a la Presidencia porque es mujer o porque fue hábil políticamente?

–También la pregunta podría ser por qué la gente puso a una mujer en la escena...

–La ciudadanía no pone a los políticos. Son los políticos los que se ponen. Bachelet fue muy hábil. Manejó imágenes que causaron impacto. Su clásica imagen arriba del tanque, entrando en las poblaciones justo en una inundación, fueron muy potentes. Ella fue generando circunstancias.

–¿Y Bachelet no fue una semilla en esta ola feminista?

–No, para nada. Esto responde a un movimiento internacional, donde además hay una izquierda que está un poco huérfana de causas.

–¿Pero será un movimiento de izquierda?

–El que está en las universidades, en las tomas, sí. Se habla de desterrar el modelo también...

–Las demandas no son solo los petitorios universitarios. Esto ha permeando otras discusiones…

–De acuerdo, pero a partir de la imagen de las jóvenes universitarias en las marchas, vemos que hay un desprecio a otras opciones que han tomado las mujeres. Fue bien violento ver a estudiantes vestidas de monja, como riéndose de ellas. Las monjas merecen más respeto.

–De las otras imágenes de las marchas, ¿le chocó las de las chicas mostrando sus pechugas?

–No. Me hizo pensar que ahí hay un mensaje por deserotizar el cuerpo. O sea, “usted me va a ver desnuda, pero no puede tener mirada erótica hacia mí. Tiene prohibición de mirar mi cuerpo”. Ese es el mensaje…

–¿Y por qué se querría deserotizar el cuerpo?

–Probablemente, ellas no lo han pensado así, pero ese es el mensaje que le están dando a los hombres. “No mires. Mi cuerpo no es erótico”. Y como yo creo que la mente manda al cuerpo, el qué es lo erótico en el cuerpo del otro, es algo cultural también.

–Y desde el lado masculino, ¿qué ve?

–En general, creo que hay temor y enojo en algunos hombres. Yo ando mucho en taxi y me doy cuenta de que hay un freno en la relación. Si le dices: “Qué lindo está el día”. Te responden: “Mmm”. Existe un temor de que cualquier cosa se puede malinterpretar. No puedes mirar porque te pueden decir que estas acosando. No puedes decir un piropo porque te pueden acusar y multar. Se instala el temor y la desconfianza en las relaciones mutuas. Eso me parece sumamente riesgoso.//@revistacosas

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