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jueves, 13 septiembre 2018
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The Four Seasons: La cuna del "power lunch"

Después de dos años de construcción y una inversión de 30 millones de dólares, el que un día fue el restaurante más famoso y prestigioso de Nueva York, abre nuevamente sus puertas. Sus dueños son los mismos y el menú mantiene sus platos más clásicos, pero todo el resto ha cambiado.

Por: Manuel Santelices / Fotos: Getty Images

Graydon Carter, el ex editor de Vanity Fair, todavía recuerda la primera vez que visitó The Four Seasons. “Llegué a Nueva York en septiembre de 1978 y fui al Four Seasons en diciembre. Había leído respecto al restaurante durante toda mi vida, pero no fue lo que esperaba. Su rígido modernismo me sorprendió, pensé que iba a ser más como The Oak Room, el bar del Plaza. La segunda vez que lo visité, lo aprecié. Y para cuando fui por quinta vez, me di cuenta de que era el restaurante más hermoso del mundo. Era épico, cálido y elegante al mismo tiempo. Observando alrededor del comedor, aprendí quién era quién en Nueva York a cierto nivel. Uno preguntaba quién era tal persona, y te explicaban que era John Loeb, el famoso banquero. Una de las primeras veces que vi a Barry Diller fue en el Four Seasons. Había leído sobre estas personas innumerables veces, y ahí estaban ahora, comiendo a solo unas mesas de distancia. Adoraba ir ahí y ver a Brooke Astor almorzando con Phillip Johnson, o a Brooke Astor con Nelson Rockefeller. S.I. Newhouse, el CEO de Condé Nast, mantenía una chaqueta y una corbata en su oficina solo por si tenía que ir a almorzar al Four Seasons. Incluso él le rendía respeto”.

Los recuerdos de Carter no son únicos. Cualquiera que haya pisado alguna vez este magnífico restaurante habrá comprendido de inmediato por qué se convirtió desde un principio en el escenario favorito para el “power lunch” de algunos de los personajes más poderosos, influyentes y célebres de Nueva York.

Inaugurado en 1959 en el primer piso del edificio Seagrams en Park Avenue y la calle 52 y diseñado, igual que el edificio, por Mies van der Rohe y Philip Johnson, el Four Seasons fue uno de los iconos de la naciente arquitectura modernista en Nueva York. La simpleza de sus líneas contrastaba con la riqueza de sus texturas –maderas, metales, cristales– y, por supuesto, con el drama de sus dos elementos más llamativos: un espejo de agua en la “pool room” rodeado de cuatro enormes arboles.

En los muros colgaban cuatro pinturas de Ronnie Landfield (que reemplazaron a cuatro de Mark Rothko, que no tuvo corazón para terminar una comisión para un restaurante que le molestaba profundamente por su elitismo), un mural de James Rosenquist, y una cortina de Picasso pintada originalmente para Les Ballet Russes y que desde 2014 está siendo exhibida en la Sociedad Histórica de Nueva York.
El tema de las cuatro estaciones que sugería su nombre fue siempre cuidado hasta el fanatismo. Cuatro veces al año todo cambiaba, desde los arreglos florales en el comedor, a la tapicería en las banquetas o el uniformes de los mozos.

A pesar de todo su esplendor y un menú que elevó platos clásicos de la New American Cuisine como lenguado meuniere, steak tartar o cesar salad a su máxima expresión, la mayor atracción del restaurante fue siempre el público sentado en sus mesas, un circo de ambición y poder liderado por el legendario Julian Niccolini, uno de los propietarios del lugar, que con una mezcla de jovialidad, cortesía y sang froid controló lo que por muchos años fue el comedor más exclusivo y jerárquico del mundo. “Los poderosos van a comer ahí para ser vistos con otros poderosos”, escribió en 1977 Michael Korda, el ex director de la editorial Simon & Schuster.

En 2016, el propio Niccolini dibujó para The New York Times un diagrama con el sitio que casi diariamente ocupaban sus mejores clientes, con Barbara Walters, Steve Florio y Vernon Jordan a un costado, Graydon Carter, Anna Wintour y Henry Kissinger al otro, y Gwyneth Paltrow, Harvey Weinstein, Joan Collins, Lou Dobbs, Ron Perelman, Barry Diller y Heidi Klum en mesas del centro.

En julio de 2016, luego de perder el lease de su arriendo, The Four Seasons cerró sus puertas después de 57 años de operación. Unos meses más tarde, todo en su interior fue rematado, desde los ceniceros a los portapapeles del baño, incluyendo servilletas, porcelanas y cubiertos, en una subasta que creó una ola de nostalgia en Manhattan.

Desde entonces, un nuevo grupo gastronómico, el Major Food Group, ocupó el espacio, abriendo primero The Grill y hace poco The Pool, un segundo restaurante, con resultados mixtos.

Niccolini y su socio, Alex von Bidder, comenzaron de inmediato la búsqueda de una nueva locación, escogiendo finalmente una nueva torre en la calle 49, a solo tres cuadras de distancia de su restaurante original.
Diseñado en dos pisos a un costo de 30 millones de dólares por el arquitecto brasilero Isay Weinfeld, el nuevo Four Seasons refleja la estética y la gastronomía de su concepto original, pero el espacio es más pequeño, lo que hará, según Niccolini, que conseguir reservaciones se haga más difícil.

Lo que sí será imposible de replicar es la sensibilidad de un lugar que a estas alturas parece tan lejano como los martinis a mediodía de la era “Mad Men”. Nueva York ha cambiado en las últimas décadas, y los hábitos –sin siquiera hablar de los nombres– de los poderosos de la ciudad también. Otro aspecto que ha quedado atrás gracias a la ola cultural desatada por el movimiento #MeToo es la evidente masculinidad y ligera misoginia de la que el restaurante en alguna oportunidad alardeó. El mismo Niccolini reconoció en una ocasión que “el plato más popular en el menú son las chicas jóvenes”.
La cuenta por favor.//@revistacosas

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