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miércoles, 9 agosto 2017
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El CíRCULO PERFECTO: THE NATIONAL EN HUDSON

Conversamos con esta, una de las más duraderas y exitosas bandas de indie rock en Nueva York, y asistimos a un íntimo concierto donde presentaron su más reciente producción, “Sleep Well Beast”. “Este álbum es un nuevo capítulo. Un nuevo comienzo”, nos dijeron.

Por: José Manuel Simián / Fotos: Getty Images, Francisca Reyes y José Manuel Simián

La escena tiene la textura de un sueño, un sueño indie rock. En medio del campo del norte del estado de Nueva York, entre árboles y arbustos, junto a una laguna quieta y al final de un parque de césped inmaculadamente verde, se alza una casita que parece dibujada por un niño: dos líneas verticales que salen del suelo y se quiebran en 45º para juntarse en el vértice del techo. La casita es de madera sin pintar y por su ventana rectangular se ven guitarras, una batería, unos teclados y una mesa de grabación. La música que la banda The National grabó en ese idílico espacio será a contar del 8 de septiembre su séptimo álbum, “Sleep Well Beast”, mientras que la silueta de la casa-estudio ocupa la portada del mismo, y es por eso que estamos aquí esta mañana de sábado cuando un tipo de gafas de marco grueso y jockey –que calzaría mejor en un café de Nueva York, Austin o Seattle en vez de este ambiente pastoril– sale a recibirnos al camino con una sonrisa amable y preguntarnos qué nos trae por aquí, como si hubiera la posibilidad de que fuéramos pasando por ese rincón verde y solitario por casualidad.

Pero poco tienen que ver los accidentes o las casualidades con The National, una banda fundada en 1999 en Cincinnati, Ohio, y que tras fijar residencia en Brooklyn un par de años después, se transformó improbablemente, a punta de resiliencia y un profesionalismo casi obsesivo, en la más exitosa y duradera de las bandas neoyorquinas de rock independiente de la década pasada. Improbable, también, porque The National forjó su identidad a través de las letras sobriamente sórdidas, sentimentalmente cerebrales del cantante Matt Berninger, y haciendo medianamente populares unos arreglos musicales que van desde el pop de cámara al rock de guitarras y los terrenos más electrónicos y experimentales que definen a “Sleep Well Beast”.

La casita-estudio (que en rigor, tiene nombre: Long Pond) tiene también un significado más profundo: es el lugar donde The National –una banda formada que incluye dos pares de hermanos, los Dessner y los Devendorf, más el cantante– ha vuelto a ser familia tras haber comenzado a desperdigarse desde Brooklyn a todo el planeta: Berninger a Los Angeles, Bryce Dessner a París y su gemelo Aaron a Copenhaguen y la casa anexa al estudio, y uno de los Devendorf a Long Island.

“Es algo que ocurrió poco a poco, sobre el curso de un par de años. Creo que ahora estamos más separados geográficamente que nunca antes”, dice el bajista Scott Devendorf sentado en un sofá de la casita con voz amable tras sus anteojos vintage de cristal naranjo. “Tener a Aaron viviendo aquí en Hudson y con su estudio, y permitir que pudiéramos reunirnos aquí es como un hogar lejos de tu hogar, especialmente porque esta banda siempre ha sido como una familia”.

“Creo que Brooklyn nos quedó chico”, dice Bryce Dessner, guitarrista que también ha desarrollado una carrera como compositor de música orquestal de vanguardia. “Nueva York fue clave en nuestro desarrollo artístico. Es un ambiente tan envolvente y creativo, que te permite conectar con tantos músicos de todo tipo: es fácil encontrar un saxofonista que te guste, o un compositor avant-garde o un músico africano. Es mucho más fácil en Brooklyn que en París, por ejemplo. Eso fue muy interesante a medida que aprendíamos a tocar música y nos consolidábamos. Pero a medida que nos comenzamos a poner más viejos y a pasar mucho tiempo de gira, comenzamos a crear lugares en los que teníamos menos distracciones, como este lugar”.

“Y al mismo tiempo, todos hemos sido muy curiosos acerca de otros lugares, y de las oportunidades que eso nos ofrece”, sigue Dessner, mencionando los muchos proyectos que cada miembro de The National ha desarrollado en paralelo una vez se consolidaron. “De alguna forma, estamos separados geográficamente, pero también creativamente, y logramos volver a juntarnos trayendo los elementos que juntamos en esas experiencias”.

“Creo que este álbum es un nuevo capítulo. Un nuevo comienzo. Creo que los cuatro álbumes anteriores fueron en cierta forma un ‘período’ de la banda. Estaban relacionados a pesar de ser distintos, y creo que estábamos perfeccionando algo. Pero, al mismo tiempo, estábamos desgastándonos y aislándonos entre nosotros, y creo que este álbum nos muestra mucho más juntos. Creo que logramos volver a juntarnos para producir algo que, a la vez, es más vasto que los discos anteriores”.

La leyenda de la banda que encuentra su identidad refugiándose en una casita de upstate Nueva York no es nueva: ya lo hizo The Band en 1968 a poca distancia de aquí, en una casita de Saugerties que produjo los clásicos “Music from Big Pink” y “The Basement Tapes” (junto a Bob Dylan). Devendorf y Dessner dicen no haberlo pensado en ese paralelo (que se hizo aún más evidente con una foto de publicidad en blanco y negro casi idéntica a la imagen icónica de The Band), pero sonríen ante la mención. La vastedad musical de la que habla Dessner es evidente desde la percusión mínima, como chasquidos, que dan la partida al disco y a “Nobody Else Will Be There”, una canción que suena experimental a pesar de ser en esencia una canción con bastantes aires R&B y pop, y sigue por todo el álbum explorando distintos rincones y texturas musicales.

En el pasado, The National documentó su a veces tortuoso proceso de composición y grabación, que se extendió por meses, y que en cada etapa y a medida que crecían como banda –tanto musicalmente como en el firmamento del rock indie– lidiaban con sus propias inseguridades y obsesiones. Para “Sleep Well Beast”, dicen haber cambiado “drásticamente” el proceso creativo que habían establecido.

“En el pasado grabábamos poniendo capas de sonidos y luego eliminando”, dice Dessner, “pero aquí me dije no voy a escribir el tipo de canciones que ya hemos hecho 80 veces, y mi hermano [Aaron] dijo lo mismo, y luego vino Scott y dijo ‘voy a tocar el piano’, y en otro momento yo dije que no iba a tocar la guitarra, que es la razón por la cual mi hermano tiene un solo de guitarra”.

“Fue un disco divertido de hacer, y es divertido de tocar”, agrega Devendorf.

“Hay más espacio en él. En vez de hacerlo agregando capas y capas de sonidos, que es este proceso precioso parecido a tirar capas de pintura sobre un lienzo y luego quitarlas (ése era nuestro sonido antes), este tiene más arquitectura en él, lo que es una cosa que antes nos había eludido: puedes escuchar el aire en la habitación”, dice Dessner.

Esa idea de pintar el aire de sonidos se hace palpable horas más tarde, cuando The National toca “Sleep Well Beast” íntegro a pocos kilómetros del estudio, en Hudson Basilica, una fábrica del siglo XIX convertida en centro de artes que está junto a la estación de trenes del pueblo y el río con el que comparte el nombre.

Sobre un escenario circular y ante una audiencia de unas 800 personas, los cinco integrantes de la banda más los músicos de viento que los acompañan regularmente, interpretan las 12 canciones del álbum con iguales dosis de pasión y precisión, en un complejo espectáculo que a ratos incorpora a colaboradores habituales y músicos que los ayudaron a grabar el disco –Mouse on Mars, So Percussion, Buke and Gase– repartidos en pequeños escenarios por las esquinas de la vieja fábrica. Pero más allá de las proyecciones sobre las paredes de ladrillos desnudos y las luces y los cables y los circuitos necesarios para lograr la ilusión de que los asistentes estamos flotando entre las canciones que escuchamos en vivo por primera vez, al centro de todo, dentro del círculo del escenario, los cinco parecen estar tocando el uno para el otro, como si estuvieran viajando juntos a algún otro lugar y eso fuera lo único que importara.//@revistacosas

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