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Jueves, 3 Mayo 2007
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Thomas Daskam: “Las entrevistas son siniestras”.

El realista más puro que pisa suelo chileno no entiende a los artistas que hacen una exposición una vez al año. “La última mía fue hace más de dos décadas”, dice. Esta, la primera entrevista que concede desde aquella época, contiene imágenes inéditas de este pintor con visos de ermitaño, retratos realizados por su mujer, la fotógrafa Paz Errázuriz.

Por Alfredo López J.

Mientras responde a esta entrevista bajo el parrón de su casa en Ñuñoa, su mujer, la fotógrafa Paz Errázuriz, aparece sigilosa entre los corredores campestres de esta tradicional construcción chilena, una suerte de mamut arquitectónico extinguido entre los edificios de departamentos que enmarañan lo que alguna vez fue un discreto barrio de casas quinta y de potreros aledaños. Repentinamente recuerdo que alguna vez leí que Paz Errázuriz era una gran fotógrafa porque lograba hacerse invisible. Desaparece nuevamente entre los corredores y se percibe en el ambiente que todo es calmo, que todo fluye lento. Thomas Daskam escucha las preguntas, se concentra y responde con parsimonia y cierta severidad.

Thomas Daskam junto a su esposa, Paz Errázuriz; sus hijos Daniela y Tomás, y su nieta, Amalia.

Duro a veces, gringo de nacimiento y chileno hasta la muerte, amante de los confines de este país que lo recibió cuando tenía 25 años recién cumplidos, después de estar algunos dentro de un submarino, Daskam es un artista nato. Aprendió a pintar cuando, sumergido en aguas oceánicas, en pleno conflicto entre Estados Unidos y Corea del Norte, pasaba la mayor parte del tiempo dibujando con extrema fidelidad toda suerte de perillas, botones y fierros maltrechos de ese submarino que le enseñó sobre todo una experticia única a la hora de observar y reproducir la realidad.

Nada en ese tiempo, ni siquiera su incipiente juventud, su inmadurez ni menos su inestabilidad profesional, fueron impedimentos tan fuertes como para que, una vez terminada su misión en la Marina de Guerra, aceptara una beca del gobierno de Estados Unidos que le permitía seguir la carrera que se le ocurriera. Su misión submarina, a fin de cuentas, tenía un premio. Y ese premio se tradujo para Daskam en la posibilidad de estudiar diseño comercial, o lo que hoy entendemos como diseño gráfico, sin pagar un peso.

Muy joven realiza un viaje relámpago a esta parte del mundo, en 1957, luego de que sus padres fueran enviados en misión diplomática a Chile. Vino sencillamente de visita. Pero Daskam, además de reencontrarse con su familia, siente que este territorio le brinda una libertad absoluta, tanto que después de tres meses decide quedarse por un buen tiempo más, quizás para siempre.

Arriba, “El sillón rojo”. 1.14 x 88 cms. (1969) . Abajo, “Espejos” 1.30 x 1.10 cms., de su última etapa.

Sin embargo, su familia debía regresar a Estados Unidos. Sin amigos ni parientes y lidiando con un idioma extraño, este gringo de apellido poco habitual –cuyos orígenes anglosajones son desconocidos– se convirtió rápidamente en genio y figura en las esferas de la plástica nacional de esos años. No sólo por su talento abismante, sino además por su porte y su particular estilo. “No había hombre más guapo en todo Santiago”, recuerda una alumna del Bellas Artes, en la época en que funcionaba en las dependencias de la Quinta Normal.

Hoy, cuando su vida de chileno le ha dado familia, hijos, reconocimiento y, sobre todo, tranquilidad para desarrollar lo que más le gusta, Daskam divide su tiempo entre Santiago y Magallanes. Dos veces al año, en especial en primavera, se instala en esa casa taller que acondicionó en un rincón de la gran estancia de Río Verde, al norte de Punta Arenas, y cuya población apenas llega a los 10 habitantes.

–¿Se quedó en Chile por ese anhelo de estar lejos de todo?

–¡No! ¡Para nada! El problema es que las chilenas no me dejan ir (libera una carcajada y anuncia con gestos que ahora hablará en serio)... En realidad vine por esas cosas de la vida, llegué de visita y eso de estar tan lejos de todo, tan desconectado, me brindó las fuerzas para entender que aquí podría dedicarme a esa gran tarea que sentía tan propia: hacer pintura, cosa que descubrí siendo muy joven. Mi vida en un submarino, de los 16 a los 21 años, fue parte de ese inicio. Tomaba un papel suelto y ahí dibujaba cualquier cosa, no había mucho qué hacer ahí.

–¿Recuerda su primer dibujo?
–Sí, fue un zorro y un águila... Eran unos animales disecados que estaban en un escaparate de una bomba de bencina cerca de mi casa en Texas, mucho antes de mi misión en ese submarino. Pero cuando llegué a Chile, creo que empecé un trabajo con más rigor.

“Pintar es como una enfermedad. Uno puede hacerlo, pero siente que nunca llega a lograrlo realmente
bien. rara vez se esta conforme y feliz”.

Con los años, Daskam sólo volvió a Estados Unidos dos veces. Una invitado por la Universidad de San Francisco y la segunda, convidado por la Universidad de Nueva York para desarrollar una pasantía de intercambio.

–Después de tanto trabajo de observación y de pintura, ¿siente que ha logrado hacer la obra de su vida?
–Claro que no. Supuestamente Tiziano vivió cien años y habría dicho que le hubiera gustado tener una vida más para aprender a pintar. Yo pienso que a mí me faltan como ocho vidas más.

–Después de más de 40 años en Chile, usted aparece muy inmerso en la historia reciente de la pintura nacional, incluso algunos hablan de que su trabajo pertenece a la denominada Generación del 60.
–De eso hay una sola cosa cierta: que soy un pintor chileno. Del resto, no comparto casi nada. La verdad es que mi relación con el circuito plástico nacional es prácticamente nulo. Claro, soy amigo de algunos artistas, pero entre nosotros no hablamos de arte. Cuando nos juntamos, conversamos de otras cosas, de la familia, de la vida. Eso se respeta.

“Para mucha gente,
el arte es vida social”

–¿Cómo espera esta exposición junto al galerista Jorge Carroza después de tantos años, una muestra que, además, tendrá un libro catálogo y que incluye gran parte de su obra en un solo volumen?
–Pienso que exponer es un mal necesario. Es que he estado tanto tiempo sin presentar mis trabajos en una sala, que me parece muy extraño en mi oficio. A veces veo que algunos artistas han expuesto 20, 30 o 40 veces en su vida, lo que considero una locura. Pienso que para mucha gente, el arte es vida social. Es una lástima. Para mí es al revés. Cuando yo estoy en una sala de exposiciones, siento que se acaba la vida social que a mí me importa. Prefiero estar en mi taller, eso es todo.

–¿Ese mundo demasiado personal puede llegar a ser peligroso en el sentido que se pierdan de vista algunos referentes?
–No creo. Pintar es como una enfermedad. Uno puede hacerlo, pero siente que nunca llega a lograrlo realmente bien. Rara vez se está conforme y feliz.

“No existe la mujer más bonita”

Han sido 35 años de matrimonio con Paz Errázuriz, la misma mujer que ha retratado en sus cuadros. Thomas, cada vez que puede, escribe su nombre camuflado en medio de los paisajes pintados, como una marca indeleble de su permanencia. “Paz” simplemente, palabra que él ocupa como una extensión de lo que le ha brindado este territorio para fundar una vida mirando la australidad y la lejanía. La palabra “Paz” entre los juncos, disimuladamente escrita en los decorados de mampostería de un viejo edificio santiaguino, o bien, etéreamente en los rayos de sol que se posan sobre un lago patagónico. De todo eso, sin embargo, no hablaremos. Es una condición que él pidió antes de conceder esta entrevista.

–Reinventar, copiar o recrear el paisaje. ¿Con cuál de los tres verbos se siente más cómodo?
–Me gustan los tres verbos. Creo que mi trabajo tiene de las tres cosas. Cuando uno pinta algo, el modelo nunca manda. Uno hace lo que quiere y, en definitiva, es el pintor quien decide. No tengo por qué colocar, por ejemplo, algo que me estorba. E incluso, puedo poner algo que no está a la vista.

–En su obra siempre aparece cierto sentimiento por la Escuela Flamenca, sobre todo de la Escuela de Vermeer.
–Tengo una gran admiración por la Escuela Flamenca, pero no sé si es la que más me gusta. Eso es como decidir cuál es la mujer más bonita del mundo y eso no se puede hacer, porque hay muchas.

–El suelo austral es una constante en su obra, ¿por qué esa regularidad de visitar una y mil veces el mismo paisaje?
–Magallanes me parece uno de los paisajes más interesantes del mundo, por las limitaciones que implica vivir allá, por las historias, por el clima severo. Todo eso es lo que me tiene agarrado a ese lugar. Para mí, todo eso es muy romántico. Por otra parte, es curioso que siempre me fijara en cosas de la naturaleza, en detalles que para mí eran fundamentales. En mi trabajo como observador de las aves, por ejemplo, aprendí las fechas de anidación, cuándo empollaban o cuándo emigraban. Hay muchas aves que arriban al Estrecho de Magallanes en primavera.

En la década del 80, Daskam estuvo durante 10 años a cargo de la sección “Chile: cosa de mirar” de la “Revista del Domingo” de “El Mercurio”, donde cada semana junto a Jürgen Rottmann explicaba –como si se tratara de una ficha técnica coleccionable– la vida, reproducción y hábitat de cada una de las aves chilenas. Sus fotografías, dibujos y estudios se transformaron en una completa bitácora animal y vegetal de Chile.

–¿Cómo nace esa gran fascinación suya por las aves?
–No sé si existe esa palabra en castellano, pero a la gente que le gusta mucho el mundo de las aves dice sentir una suerte de enfermedad o “birdfever”. Como siempre he sido un viajero, me di cuenta muy tempranamente de que me encantaba ver las especies en su propio hábitat. Después, dispuse en mi casa varias jaulas por el patio y una gran pajarera a un costado, tan grande que todos los pájaros que iba coleccionando sintieran que estaban en su propio ambiente. Con el tiempo, los solté y descubrí que muchos volvieron y se quedaron por mucho tiempo alrededor de la casa. Era 1972 y tomé mi cámara... De ahí no paré de andar detrás de todas las aves de Chile a lo largo del país y de ahí también mi afición por la fotografía, es curioso ¿no?

“Avenida Matucana” 1.80 x 1.40 cms. (1980). En el detalle de mampostería del edificio, camuflada la palabra Paz, el nombre de su mujer.

Realista sin adjetivos

–¿Cuál es su rutina de trabajo? ¿Cuál es su momento favorito a la hora de pintar?
–No lo sé. Depende. Cuando uno está ensimismado en una obra, no hay horarios ni rutinas. Se puede estar día y noche frente a una tela. A veces, por supuesto, no pasa eso.

–Ahora que estamos a punto de conocer un libro y una exposición que reunirá su obra fundamental, es muy posible que la crítica haga, en junio próximo, una de las siguientes aseveraciones: Daskam, el realista mágico. Daskam, el hiperrealista; o Daskam, el realista fotográfico. ¿En cuál de las tres categorías prefiere que lo inscriban?
–Creo que sólo soy capaz de expresarme a través de mi propia obra, eso es suficiente. Eso podría sonar a una excusa que, a estas alturas, me acomoda. Pero bien, vamos con la respuesta. No soy hiperrealista, creo que no es un camino adecuado. Por otra parte, no sé qué es el realismo mágico. Realismo fotográfico, tampoco. Entonces dejémoslo así: realismo, así de sencillo. Realismo a secas y sin adjetivos, por favor.

–Una pregunta más, ¿por qué nunca concede entrevistas?
–¿Prefieres que sea duro o blando?

–Prefiero que sea duro.
–Hablar de uno mismo es algo muy extraño. Esto me cuesta mucho. La última fue hace más de dos décadas y la verdad es que considero que las entrevistas son siniestras.

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