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domingo, 5 febrero 2017
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Trump: El jamón del medio

Por: José Manuel Simián

A pocos días de jurar como Presidente de Estados Unidos, Donald Trump aseguró al canal de cable conservador Fox News que usar Twitter no estaba entre sus actividades favoritas. “Mira, a mí no me gusta tuitear”, afirmó muy suelto de cuerpo el magnate inmobiliario devenido en político a la reportera de un programa que –sin una gota de ironía– se llama Fox and Friends. “Podría estar haciendo otras cosas, pero la cobertura de medios y prensa que recibo es muy poco honesta”. “Es la única forma que tengo de contrarrestarlos”, agregó el hombre que se disponía a dirigir el gobierno más poderoso del planeta.

La declaración era, por cierto, otra de las innumerables mentiras y bravatas que Trump ha convertido en su marca registrada desde que comenzó a importunar en la vida pública estadounidense. Puede que la pregunta de la reportera aludiera a si seguiría tuiteando una vez sea investido como Presidente, pero la adicción de Trump a Twitter va mucho más allá de su cargo, porque su narcisismo se nutre de la atención amplificada de los medios de comunicación y de la adrenalina que le produce la reacción inmediata que genera en todo el país cada cosa que se le cruza por la cabeza. Para bien y para mal, Twitter parece inventado para él: poderoso, impulsivo y –cómo no, cuando estamos hablando de un multimillonario que piensa que el color dorado es elegante– gratis. La negación de su adicción a esa red social (y a los medios, por extensión), no es en nada distinta de la de un adicto a cualquier sustancia que afirma que “la deja cuando quiere”. De hecho, queda en evidencia con un par de datos: Trump no abrió su bochornosa cuenta de Twitter para “defenderse” de la prensa una vez que era candidato presidencial, sino que lo hizo mucho antes, en marzo de 2009, cuando su experiencia en política se remitía a lo que sucedía en el set de “The Apprentice”, el reality show donde patentó su frase más famosa hasta el momento: “You’re fired!”. El impulso de Trump no era defenderse, sino todo lo contrario. Desde 2009 a la fecha, Trump ha publicado la friolera de 34.300 tuits, en los que ha insultado y atacado a personajes públicos, se ha quejado de no recibir Emmys por “The Apprentice” y ha impulsado la teoría de que Barack Obama no nació en Estados Unidos. Dicho de otra forma: Trump no llegó a Twitter para defenderse de la prensa, sino todo lo contrario: lo usó para ganar su cobertura, para moldear el ciclo noticioso y –cómo no– masajear su propio ego. Pero esta relación simbiótica de Trump con los medios no nació con Twitter. Su alza en el mundo de los negocios neoyorquinos siempre ha estado acompañada de su capacidad para manipular los medios. Así fue, por ejemplo, lo que sucedió con el célebre titular de 1990 en que su entonces amante y luego segunda mujer, Marla Maples, declaraba que sus encuentros sexuales con Donald eran los mejores que había tenido en su vida. En realidad, el explosivo titular era una confidencia de Maples a algunos amigos puesta en letras de molde, una noticia inflada que, según la misma Maples, Trump pudo detener gracias a sus conexiones pero no quiso. Salto al pasado cercano: en agosto de 2015, cuando ya era precandidato a la presidencia, Trump expulsó de una conferencia de prensa al periodista de Univisión Jorge Ramos por hacer preguntas sobre su plan de inmigración. “Vuélvete a Univisión”, le dijo con disgusto y claros tonos xenófobos. Antes de eso, en un acto de matonaje absolutamente gratuito, el precandidato no había encontrado nada mejor que publicar en Instagram la carta en que Ramos le solicitaba una entrevista, divulgando así el número de teléfono privado del reportero que se había convertido en un feroz crítico de sus declaraciones contra los mexicanos.

Salto al pasado más reciente: el 11 de enero, Trump dio su primera conferencia de prensa como Presidente electo (y primera en seis meses), en la que atacó a CNN y Buzzfeed por haber cubierto –de distintas formas– un dossier de inteligencia no verificado sobre él y que contenía explosivas afirmaciones. Al periodista de CNN presente en el lugar le dijo que su organización reportaba sobre “noticias falsas”, y al de Buzzfeed, que el medio digital era “un pedazo de basura fracasada”. Todo esto y el hecho de que Trump esté pensando en restringir el acceso de los medios a la Casa Blanca y el Presidente hacen, por supuesto, que a los estadounidenses nos preocupe el futuro de los medios de comunicación y de la democracia bajo su impredecible mandato. El hombre que más necesita a los medios les ha declarado la guerra abierta, en momentos en que hay fundadas sospechas de que se esté instalando en Washington un gobierno abiertamente plutocrático y –a la luz de su primer gabinete– posiblemente incompetente. Pero no todo está perdido ni para la democracia ni para los medios de comunicación. De hecho, la era Trump abre un potencial enorme para la investigación periodística y la defensa de la libertad de expresión, y los ataques de Trump a los medios de comunicación podrían terminar explotándole en la cara.

En diciembre, Trump reavivó su larga guerra contra el editor de Vanity Fair, Graydon Carter, que data de cuando este lo ridiculizaba en la revista satírica Spy. El incidente se inició cuando Vanity Fair publicó una ácida reseña del restaurante de la Trump Tower, lo que motivó al hombre del emparronado más famoso del mundo a tuitear que la revista estaba fracasando. Sin embargo, su ataque a la publicación terminó inspirando a 80 mil personas a suscribirse a ella. Otros fenómenos similares han ocurrido con periódicos de todo el país, que han llamado a sus lectores a donarles dinero o suscribirse a ellos para hacerle frente al gobierno de Trump. Después de todo, si Trump no logra hacer realidad su lema de “hacer a Estados Unidos grande de nuevo”, quizás consiga algo mucho más concreto e insospechado: generar una nueva era de oro de la prensa.

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