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viernes, 5 octubre 2018
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El viceversa de los Gumucio

Los hermanos Rafael e Ignacio se han ganado un lugar en los mundos que habitan: la literatura y el arte. Pero ninguno ha hecho un camino realmente propio. Van indefectiblemente unidos en una relación cómplice y asimétrica. Uno es el jefe. El otro aprovecha la libertad. Vea usted quién es quién y que hay detrás de estos artistas marcados por el exilio y el mandato de ser distintos.

Por: Claudia Álamo / Fotos: Bárbara San Martín

La madre de estos muchachos cuenta que cuando vivían en Francia y ella los sacaba a pasear, la paraban en la calle. “Eran realmente preciosos”, comenta Isabel Araya, quien como casi todas las madres ve en sus hijos la encarnación del sol en la tierra. Y la verdad es que los suyos tienen algo especial. Rafael es el escritor y se acerca a cumplir los 50 años. Ignacio es el pintor y acaba de cumplir 49. Cada uno ha puesto un sello en lo que hace y juntos son una dupla excéntrica, acelerada en el pensar y bastante mordaz en el hablar.

El mayor acaba de publicar su nuevo libro: “Nicanor Parra, Rey y Mendigo”, pero no es el primero ni el último. Es un escritor prolífico; un tipo tan trabajador como polémico. No usa agenda, pero su día a día lo supera. Vive sobrevendido. Se levanta al alba para hacer un programa de radio, hace clases en la Universidad Diego Portales y dos noches por semana tiene un taller literario junto a Matías Rivas donde congregan a mujeres inteligentes y exitosas. En su esencia más profunda, Rafael está formateado para disentir, discutir y diferenciarse. El mundo de los iguales no es un territorio que le interese visitar.

Ignacio, el hermano menor, estudió arte, pinta en un caótico taller en el Barrio Italia y ejerce como profesor universitario. Hoy por hoy, es uno de los más importantes pintores nacionales, aunque le da pudor que se lo digan. Pero, según comenta Irene Abujatum (una de las creadoras de Ch.ACO y representante de varios artistas chilenos), Ignacio es dueño de una capacidad, de un lenguaje artístico sobresaliente. Y en el último tiempo le ha dado por ser productor, guionista y actor de una miniserie en Instagram que se llama “Las Aulas”.

La pregunta entonces es: ¿Qué comieron estos niños para haber desarrollado un sello tan propio como genial? Pudo ser el exilio precoz. Pudo ser la separación de sus padres casi recién llegados a París, donde la vida fue precaria y difícil al comienzo. Pudo ser también –y lo fue sin duda– la influencia de su abuela paterna, Marta Rivas. Y también fue la fuerza protectora de la madre.

Rafael (como lo ha dicho y escrito tantas veces) fue el favorito de su abuela. Creció siendo un viejo chico que nunca pisó una cancha de baby fútbol y no aprendió tampoco a andar en bicicleta. “Desde que Rafa tiene tres años, dejó de ser un niño. Y mi papel en el mundo fue ser el niño que lo acompañaba”, cuenta Ignacio. El hermano lo interrumpe de inmediato: “Es que yo siempre he sido el único pragmático de mi familia. El más político, el más adulto. El que dice que las cosas se hacen así o asá”, sostiene Rafael.

Los Gumucio mantienen una relación cercana y compleja. Es Rafael el que marca los ritmos, el que dictamina, el que elige a qué altura pone la vara. Es como un gurú familiar y, quizás, hasta un poco tirano al ejercer su rol de jefe del clan.

De niños planeaban comerse al mundo y, de hecho, lo tenían repartido. Rafael se quedaría con el amplio horizonte de las letras; Ignacio, con el del arte.

–¿Es verdad que se creían gemelos?

“No, no. La gente creía eso”, responde Rafael.

–Pero tenían el plan de dividirse el mundo.

“No, no”, vuelve a responder Rafael. “Yo no tenía ningún plan. Lo que yo tenía era a alguien que me servía y ese era mi hermano”.
“Digamos que yo era como su sirviente”, acota Ignacio.

–Rafa, ¿y para qué te servía tu hermano?

–Para todo. Para cocinar, para entretenerme. Después él se rebeló y empezó a hacer sus cosas.

–Ignacio, ¿tu hermano siempre te ha tenido como una extensión de sí mismo?

–Soy yo el que siempre ha fomentado la idea de que no hay diferencias entre los dos. Era un trato ventajoso para mí...

Da la impresión que, en el juego de hermanos, Ignacio no pone resistencia porque sabe que Rafa lo necesita. Es el primero que lee sus textos; es con él con quien pimponea sus ideas y divaga. Actúa como un espejo, pero es un espejo de ambos: les devuelve la imagen que necesitan ver y viceversa.

Parte del juego es que Ignacio juega a mostrarse como el más gris de los Gumucio, como el que no tiene brillo. Y Rafael, que trabaja arduamente para tener todos los focos sobre sí mismo, confiesa que envidia un poco el arrojo y libertad del pintor. Por ejemplo, le mira sus zapatillas deportivas y dice: “Jamás podría usarlas. Yo soy más formal que Ignacio. Más burocrático quizás”.

La mañana en que nos juntamos para hacer esta suerte de entrevista, caminamos por el Barrio Italia hacia un estudio cercano para filmar un nuevo capítulo de la serie “Las Aulas”, que Ignacio sube a las redes sociales.

La idea, la producción, es de Ignacio. Y lo hace porque encontró una manera de hablar sobre el difícil momento que cruzan los profesores universitarios. El núcleo de la serie es la asimetría del poder con los alumnos.

Ignacio es el protagonista. Rafael participa como actor invitado. “Yo jamás podría haber hecho algo así”, precisa Rafa. “Soy más temeroso en la vida. Me gustan las cosas concretas. Si me invitan a hacer un proyecto, lo primero que pregunto es con qué plata, cómo está organizado, cuánto voy a ganar. Pero Ignacio ni lo piensa y se lanza”, comenta el escritor.

Y, claro, Ignacio parece ser más libre, no tener tanto miedo y arriesga más. “Ignacio es más artista. Yo soy más funcionario”, insiste Rafael.

“Es verdad”, acota el menor, “ni el riesgo ni las aventuras ni menos las fantasías son para Rafael”.

LO GUMUCIANO

Los hermanos Gumucio cultivan un aire común. Vienen configurados con un cierto estilo. Una desprolija y tupida barba. Un caminar medio encorvado. Ropa desaliñada. Un negro sentido del humor.

–¿Existirá algo así como un sello “gumuciano”?

Rafael responde: “Según la Carola Delpiano, sí. Hay un estilo gumuciano en un cierto tipo de ropa; en una cierta cultura por lo feo, por lo banal y lo que está lleno de accidentes…”.

–Y tú, Ignacio, ¿te sientes parte de esa estética?

–Sí, pero no se me da tan naturalmente. Creo que sigo un cierto canon más por militancia. Me pasa algo raro con eso del “estilo gumuciano”. Por un lado, no quiero hacer demasiado aspavientos, pero, por otro, tampoco quiero permitirme ser completamente cobarde.

–¿Por qué no te gusta hacer aspavientos, Ignacio?

–Tiene que ver con cuánto exponerse, mostrarse. Sé que el arte tiene que ser mostrado. No se puede hacer un arte ensimismado. Y, claro, eso te impone un sentido del deber que a veces te obsesiona y otras te ahoga. Esa es una ética que yo le he copiado a Rafael: es la idea de que uno no tiene derecho a estar encerrado pintando en el taller si es que no te expones a un cierto ridículo.

–En esta dupla, ¿la doctrina la dicta Rafael?

“Sí, claro”, responde Ignacio.

–Ustedes tuvieron una infancia difícil, según ha contado Rafael...

Ignacio interrumpe y comenta irónico: “Bueno, él ha escrito tres novelas con el tema de su infancia. Pero, fuera de broma, yo siempre he considerado que nuestras infancias no se comparan. Rafael tuvo una niñez mucho más difícil que la mía. Le tocó un papel más complicado. A mí me tocó ser un niño. Y él ha estado bajo el mandato de ser un adulto; un adulto potencialmente famoso. Eso fue un poco ridículo hasta que ocurrió. Porque hasta los 30 años era muy triste...”.

“Claro”, interrumpe Rafa, “yo era una persona muy famosa, pero no me conocía nadie. Imagínate lo patético que es dar entrevistas, sin que nadie te esté entrevistando. Durante mucho tiempo yo ensayaba las entrevistas. Caminaba solo e iba respondiendo. Era un poco absurdo”.

“Por mi parte”, acota Ignacio, “durante mucho tiempo estuve aguardando a ver qué pasa con él. Porque si Rafael fracasaba, el plan no habría resultado y en vez de ser un genio, sería un pobre tipo”.

–¿Ser exitoso es un mandato para ustedes?

“Es que la otra alternativa era mucho peor”, responde Ignacio. “Porque Rafael, como una persona famosa o excéntrica, es un tipo normal, pero sin la fama sería un tipo muy, muy triste”.

–¿Qué dices Rafael?

–Es que no hay nada peor que el excéntrico de oficina. Antes yo decía que quería ser famoso, pero ahora hasta un chico de un reality lo puede ser. No quiero ser parte de ese grupo. Hoy me reivindico más a mí mismo. Si soy famoso es porque tengo algo que decir y porque hago la pega: leo, escribo, tengo opiniones interesantes.

–¿Los dos comparten tanta seguridad en sí mismos?

“No. A mí me carga”, opina Ignacio peleando un turno para hablar. “Quizá ese podría ser un rasgo de esa moral gumuciana que tú dices. Pero me choca esa onda medio norteamericana de ser tú mismo, de ir por la vida defendiendo lo que eres. Me choca que la gente esté tan segura de lo que es”.

–Pero tu hermano se ve bastante seguro. ¿O no, Rafa?

“Yo tengo mucho miedo y mucha timidez”, responde el mayor de los Gumucio. “Me cuesta mucho, pero sé que si me dejo hundir, si no me sobrepongo, no pasa nada. Hay gente que no necesita ser nadie para que lo quieran. Son felices con pequeñas cosas. Yo encuentro que estar un domingo en la casa o paseando al perro es lo más terrible que te puede pasar. A mí me gusta hacer cosas valiosas e interesantes”.

–Ignacio, mirando hacia atrás, ¿tu hermano ha hecho el camino que pensabas o se salió de la pista?

–Yo siempre supe que Rafael iba a ser como es. No es sorpresa. Porque, además, él lo ha explicado muchas veces y con mucho detalle. Es bastante aburridor en eso.

Y Rafael indaga: “¿Muy repetitivo, dices tú?”.

“Un poco”, responde Ignacio.

–O sea, tú asumes que Rafael es el jefe. ¿No te ha condicionado un poco la vida?

–Bastante, pero no encuentro que eso sea tan malo. Te da la ilusión del diálogo, de la cercanía. Es muy triste pensar la vida, el arte, sin alguna fantasía de aprobación de otros. //@revistacosas

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